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La izquierda interrumpida


Una propuesta para recuperar y consolidar la izquierda

Ante el fin de ciclo de Podemos y la decisión de contribuir a un frente amplio para recuperar y consolidar la izquierda, no se trata de responder con el manido 'ya os lo dijimos' ni mucho menos cobrarnos viejas facturas pendientes, por parte de aquellos que no hemos compartido la vía populista, pero tampoco de asumir ingenuamente las hipotecas heredadas del populismo como pies forzados, ni mucho menos de servir de plataforma para su refundación, sino de participar desde un análisis crítico y autocrítico, en el que nos incluimos también nosotros, para recuperar la izquierda existente a la izquierda del PSOE, y en consecuencia para corregir el rumbo que nos ha llevado hasta aquí, pero no para volver a cometer los mismos errores. Ni soberbios ni tampoco ingenuos.

La convención del PP y el Congreso del partido socialista recientes han definido los proyectos políticos y el espacio social y electoral en que ambas fuerzas pretenden moverse en este próximo futuro, con la voluntad cada una de ellas de volver a hegemonizar su respectivo bloque para recuperar la dinámica bipartidista y sobre todo para ganar las próximas elecciones. Así, el PP ha decidido eludir de nuevo su siempre aplazada catarsis regeneradora, asumiendo sin avergonzarse el estigma de la corrupción y redefiniendo un proyecto de orientación trumpista para, después de haberse deshecho de Ciudadanos, ocupar el espacio de la derecha radical, competir desde éste con la ultraderecha y preparar un gobierno con su apoyo, en el sentido contrario a la derecha europeista. Parece contradictorio pero no lo es en absoluto, al menos desde las proyecciones de las encuestas. En cuanto al PSOE, no cabe duda que ha logrado reconciliar sus dos almas, la liberal y la de izquierdas, bajo la hegemonía del sanchismo tanto en el gobierno de España como en uno de los partidos, el PSOE, que es de nuevo una de las principales referencias del espacio socialdemócrata europeo, hoy ya en una fase de franca recuperación.

Todo ello emplaza a nuestras izquierdas, hoy divididas sino enfrentadas, de orientación mayoritariamente populista y sin referencia europea definida, a recuperar la senda interrumpida por el giro populista a raíz de la constitución de Podemos, para la construcción de una izquierda democrática y transformadora, avanzando en un proyecto de cambio social, de igualdad de género y ecologista con base en el pluralismo interno y la apertura para así dirigirse a sectores sociales más amplios.

En este sentido, no se trata de construir precipitadamente un nuevo un señuelo electoral como el último de UP, para así superar el actual momento de debilidad política, orgánica y de subordinación en el gobierno de coalición, y a continuación volver a reproducir los mismos esquemas. Tampoco puede ser otra opa hostil a aquellos componentes de la izquierda, que en su momento decidieron escindirse e intentar su propio proyecto y que hoy tienen su propio espacio y representatividad. Ni se trata de volver a la estrategia fracasada del sorpasso ni al antagonismo del programa de máximos izquierdista con el proyecto socialdemócrata del PSOE, pero tampoco de mantener un modelo de gobierno como adosado ni subordinado en un gobierno más compartido que de coalición, cuando la necesidad urgente es un verdadero gobierno de coalición, sin redundancias ni compartimentos estancos como las actuales. Y mucho menos de mantener, aunque con otro nombre, la nueva palataforma dentro de la esfera populista, continuando de hecho con la polarización y la confrontación políticas en las instituciones democráticas, en la política y en la vida interna de la izquierda, convertidas todas ellas en un campo de batalla frente a los adversarios, tratados solo como unos enemigos irreconciliables a batir.

En todas las ocasiones anteriores, la izquierda transformadora, o partidaria de un reformismo fuerte, se ha quedado por detrás de las necesidades y las expectativas de los sectores progresistas. En definitiva, no hemos estado a la altura de las aspiraciones de nuestra base social y ni siquiera de la electoral. En nuestra memoria está la política de reconciliación y el pacto por la libertad que contribuyeron a precipitar el fin de la dictadura y el avance de la Transición democrática, desde la inequívoca vinculación de socialismo y democracia, como vía, pero también como contenido esencial del proyecto socialista, pero que luego no se tradujo en un funcionamiento interno más democrático del PCE ni en la ampliación de sus alianzas sociales y políticas ni en la apuesta por la incorporación de las nuevas generaciones, de manera que hicieran visible toda nuestra potencialidad en la etapa democrática, nuestra particular ruptura con la guerra civil. Tampoco el proyecto de Izquierda Unida nos sirvió, entre otras cosas, por su intento de convertirse en un "movimiento" - una teorización sobre la construcción de un punto de fuga en el que convergieran todos los descontentos sociales- para generar una identidad más allá de la socialdemocracia . La naturaleza mítica de ese concepto aún sigue lastrando la capaciad analítica y política de todo este espacio político. De otra parte, por el antagonismo hacia el PSOE y la estrategia del sorpasso, provocando con ello la polarización en la izquierda y la división interna primero, y luego la contraposición y el bloqueo interno entre las direcciones del PCE y de IU, y más tarde el rechazo al giro ecopacifista del proyecto a raíz de la experiencia de la movilización contra la guerra de Irak. Éstos fueron entre otros los factores determinantes de que IU estuviera mucho antes de la aparición del fenómeno podemos como un proyecto en situación de estancamiento y, el algunas de sus manifestaciones políticas, en abierto retroceso hacia un izquierdismo predemocrático.

En la tercera ocasión y al calor de la movilización de los indignados del 15M y la situación de parálisis de IU, se puso en marcha el proyecto populista de Podemos, basado en la superación de la perspectiva de clase, la negación de la vinculación entre democracia y socialismo y con la reconsideración de la Transición como componenda de las élites, en definitiva la antipolítica frente al sistema democrático representativo, además de un funcionamiento interno personalista y excluyente, e incluso con la pretensión de constituir movimientos sociales propios como alternativa a los sindicatos de clase y al resto del movimiento social existente, y en consecuencia con una política de alianzas basada en un programa constituyente de máximos y en un confederalismo conscientemente confuso para evitar delimitar un proyecto de Estado.

Por todo ello, el nuevo proyecto a desarrollar debiera ser esencialmente democrático, tanto en su identificación sin ambigüedades con la democracia representativa, complementada por la muy republicana participación y responsabilidad de los ciudadanos, como en una organización interna democrática, pluralista y federalista en cuanto al futuro frente o plataforma a constituir, así como en la participación y los derechos de sus componentes, bien sean orgánicos o militantes. En consecuencia, sus alianzas sociales y políticas deben orientarse al conjunto de los sectores políticos y sociales progresistas y regeneracionistas, sin exclusiones ni maximalismos. En este sentido, el programa social, de libertades, ecologista, feminista y federal es imprescindible que se atenga a las limitaciones de la realidad, sin perder por ello el horizonte transformador. Con el diálogo pluralista como el principal instrumento del nuevo proyecto, en particular para las necesarias reformas constitucionales.

Por último, el nuevo partido a construir tiene que evolucionar de acuerdo con una sociedad democrática. Descartando el " partido-movimiento" que no encaja con la multidimensionalidad rica y contradictoria de la sociedad plural, autónoma y contradictoria de la política y del individuo democrático. El partido movimiento permite la existencia de zonas discursivas nebulosas sobre el Estado democrático que es lo que hay que delimitar en sus múltiples dimensiones: territorial, extensión de derechos, autonomía de la sociedad civil, etc. Por otra parte, el partido tradicional ya está claro que crea lógicas propias distintas a las de la sociedad. Se trata, en definitiva, de construir el nuevo Partido de pensamiento que huya del participacionismo pero que incorpore la ciudadanía activa y la conjugue con los simpatizantes y la militancia. Ni egos personalistas ni vetos personales ni un movimiento magmático sobre un punto fijo.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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