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EL PERIÓDICO
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Cuestiones clericales heredadas


“La fama de su mucha hermosura se estendió de manera que así por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores dellos, era rogado, solicitado e importunado su tío se la diese por mujer. Mas él, que a las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, así como la vía de edad, no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la ganancia y granjería que le ofrecía el tener la hacienda de la moza dilatando su casamiento. Y a fe que se dijo esto en más de un corrillo en el pueblo, en alabanza del buen sacerdote; que quiero que sepa, señor andante, que en estos lugares cortos de todo se trata y de todo se murmura, y tened para vos, como yo tengo para mí, que debía de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga a sus feligreses a que digan bien dél, especialmente en las aldeas”. Miguel de Cervantes, Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, p. 131.

No es de extrañar en absoluto que España haya tenido que luchar con el tópico de que cada español lleva dentro un clérigo. Es que la cuestión clerical ha sido un largo y agónico inconveniente en nuestro desarrollo a lo largo de la Historia. La costumbre de la Iglesia ha sido la de convencer en contra de la voluntad de la persona que ha acudido por imposición a escuchar. Eso no es una religión. Ser practicante de una religión lleva implícita la libertad de querer estar ahí, de estar convencido de lo que uno cree, de las doctrinas, del espíritu, de la filosofía de aquella y de los ritos de esta. Como sea, uno debe elegir sumergido en su espiritualidad íntima, personal e intrasferible. Pero esto no es así en el caso del catolicismo que en nuestra tierra ha impuesto contra corriente su voluntad y se ha encargado a lo largo de muchos siglos de educar, de confundir de “formar” a la persona. Y claro, como es irreal y antinatura pues se da el caso de que mientras en Europa estaba el pueblo aprendiendo a leer nosotros estábamos bajo el yugo papal. Injusticia inmunda.

Mientras en nuestra vecina Francia las ideas de los filósofos que aquí estaban prohibidos cultivaban las mentes hacia una autodeterminación o hacia una revolución, nosotros seguíamos con el yugo eclesiástico que ha torturado a millones de almas. Célebre ha sido el ejemplo de Lamennais, gran filósofo y teólogo de cuya doctrina hay hoy todavía seguidores de sus preceptos enormemente modernos. Por poner un ejemplo en el siglo XVII de siete millones y medio de españoles, 500.000 eran curas y frailes lo que daba un resultado de un religioso por cada 14 españoles. Aunque el pueblo se ría del Papa, reyes, gobernantes son súbditos del Vaticano y con ello le dan un lugar hasta hoy insólito que tampoco ha cambiado gran cosa al cambiar a un estado laico, porque la amenaza moral y subsconsciente está ahí siempre y son los mismos dirigentes de la clerigaya quienes salen a la palestra para dar sus opiniones con respecto a las decisiones políticas del país. Tienen, incluso, sus programas de tele y radio que muchos siguen y siguen, y mucho autor que ya son vasallos de ellos. Es una institución que se nutre doblemente. No solo tiene sus beneficios con el Estado y el dinero que reciben de él, sino que además han tenido comida la moral a muchos de los practicantes que sin su diezmo estaban sin duda excluídos de la salvación eterna. Por este medio han recabado muchos tesoros.

Ya en el XIX Victor Hugo entre otros había dicho: “España era el primero de los pueblos; pero tuvo la desgracia de vivir a la sombra de dos enemigos: el Rey y el Papa, y ésa fue su muerte...”. Pero el dolor no solo ha estado ahí. Ha estado en cómo la clarigalla ha educado falsamente a las gentes, se entiende, a los que tuvieron la oportunidad de educarse. Una de las técnicas mas frecuentada era la herejía. Todos los pensadores laicos eran herejes y no se estudiaba otra cosa que Santo Tomás de Aquino con su Summa,y solo a ésta se le rendía la devoción absoluta, como han odiado y destruido toda posibilidad de alzar el cuello todos los catedráticos laicos de las universidades, muchos exterminados de diferentes y variopintas maneras. Una eminencia filosófica de la época el padre Albarado que era lo que llamaban entonces “un pozo de ciencia” sentaba esta proposición en una disertación teológica: “Vale más errar con San Agustín y Santo Domingo, que acertar con Descartes”. Ahí estaba todo dicho.

¡Qué felices tiempos eran aquellos –muestra y ejemplo de la mejor convivialidad social moderna- cuando caminaban y convivían musulmanes, judíos y cristianos, compartiendo conocimiento cada quién en sus dominios. Qué gran lección era aquella de nuestros antepasados que lograron un país inigualable, sabio, evolucionado. El genio nacional libre de las trabas de fanatismo marchaba a la cabeza del mundo, industrialmente, con la fabricación de cueros, lanas y sedas; agrícolamente con la pericia del labriego infiel que convertía en jardines las llanuras de Valencia, Murcia y Granada; intelectualmente, con la famosa aljama de Córdoba, adonde acudían cristianos de Europa para recoger de labios de los maestros sarracenos los restos del saber griego, casi perdido bajo la inundación de la barbarie estética.

Jovellanos o nuestro Baltasar Gracián que en la época y en la actualidad francesa hoy también, eran considerados como pensadores de primera línea, fueron sepultados en la tumba del olvido en un país donde la caza del hereje se convirtió en lo primordial de los perseguidores. A partir de ahí, todo absolutamente todo fue condenado y a todos se torturaron. Vergüenza nacional es para todos el tribunal de la Inquisición, único, bestial, satánico, inhumano, pero que torturó a miles de personas con los peores de los recursos que tan solo unas mentes tan “espirituales” podían proponer como exterminio. Ahora igualmente el Papa hace teología del satanismo pedastra practicado por sus secuaces y que ya no pueden en ningún caso ocultar. Pero, lo peor es que el horror está ahí. ¿Quién va a redimir lo hecho?

Termino estos apuntes aseverando con una cita galdosiana como siempre me gusta hacerlo, y escribió en Cánovas: “Fortalecerán su poder educando a las generaciones nuevas, interviniendo la vida doméstica y organizando sus ejércitos de damas necias y santurronas, paulatinamente dotadas con el armamento piadoso que les llevará a una fácil conquista... Cuando salgamos de paseo y nos encontremos con un ignaciano, yo me quitaré el sombrero y tú darás una discretísima cabezada en señal de aparente sumisión, rezongando para nuestro sayo: “Adiós, reverendo; vive y triunfa, que ya te llegará tu hora.” 1. Cita del libro Historia social de la literatura española, pág. 185.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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