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EL PERIÓDICO
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¿Ha habido alguna vez turbas ateas?


"El pecado original", también llamado "pecado ancestral". Fresco de Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina. / Wikipedia "El pecado original", también llamado "pecado ancestral". Fresco de Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina. / Wikipedia

Las energías intelectuales, las agudezas de sentimientos que se ha invertido, en tratar de probar la existencia de un dios, son impresionantes. Los convencidos por ellas son innumerables, e incluyen a muchos de los más cualificados. Generaciones enteras se han sentido tranquilizadas, o aterradas. Millones, cientos de millones de personas, proclaman la evidencia de Alá. “Credo in unum deum”, es la profesión de fe del judeocristianismo.

Y sin embardo me pregunto ¿va algunas de estas demostraciones, más allá de los términos en que está formulada? ¿Pueden acaso – se preguntaba Steiner – saltar al otro lado de su propia sombra? La seductora opinión de Descartes, según la cual el intelecto humano por sí solo, no habría podido concebir la infinitud, es destruida por la sencilla idea, de que nuestra concepción de “lo infinito”, es una extensión de nuestro conocimiento de los tamaños muy grandes, de las series continuas. El miedo a quedarse huérfano en un vacío existencial, a ser aniquilado por la muerte, parece haber resultado más insoportable, que las invenciones de un mundo bajo vigilancia sobrenatural, aunque esté plagado de fuerzas demoníacas.

Pero parece que el hecho, es que las palabras se quedan en palabras. Las imágenes son imágenes. Como demostró Gorgias de Leontinos, el filósofo sofista, el lógico irrefutable, no puede haber una proposición, que no contenga el anverso de su propia negación. O, como nos enseñaron Kant y Wittgenstein, aunque con escrupulosa tristeza, los intentos de demostrar la existencia de Dios, a través de argumentos razonados, a través del discurso humano, están condenados al absurdo. Estrictamente considerada, toda teología, por profunda y elocuente que sea, es pura verborrea.

Mucho antes de Dostoievsky, había quienes exigían saber si la tortura de un solo niño, si la muerte por hambre de un solo niño lisiado, no refutaba en su totalidad, el concepto de un Dios justo y misericordioso ¿Por qué – se preguntaba Sócrates – el déspota, el depravado, el sádico, prosperan mientras que los hombres y mujeres honrados son objeto de burlas, y machacados hasta reducirlos a polvo? ¿Qué honestidad, que repugnancia moral – se preguntaba a su vez Camus – convierten el suicidio en “la única cuestión filosófica seria”?

Estas cuestiones, me parece, son o deberían ser, lugares comunes. Las atrocidades del siglo XX, les dieron un nuevo mordiente. La tortura programada, el asesinato de millones de hombres, mujeres y niños inocentes; la incineración de ciudades enteras, en planificadas tempestades de fuego, el entierro de miles de personas vivas… Una fría repugnancia nos domina a algunos, cuando nos aseguran que el pecado y la desobediencia del hombre a los mandamientos divinos, han provocado el castigo. Ejemplos de esta jerga rabínica, nos recuerda Steiner, se oyeron a las puertas de las cámaras de gas. Palabras, palabras, palabras. Y las reservas sin fondo de odio fanático, que brota del interior de las propias religiones organizadas. Las matanzas sectarias vuelven a estar a la orden del día. ¿Acaso – se pregunta Steiner – ha habido alguna vez turbas ateas?

Ni siquiera los ascéticos circunloquios y abstenciones de la concreción de Spinoza – no las hay más puras – transcienden nuestro balbuceo, ni el “pathos” de la razón. Las hipótesis siguen siendo hipótesis. La maravilla del córtex humano, un instrumento tan pequeño, tan limitado, es que puede plantear preguntas sin respuesta, que puede activar lo indecible y lo irresoluble. Es esta paradoja, este sentido de infinita limitación, lo que me llena de sobrecogimiento, este sentido de las abrumadoras incógnitas de lo cotidiano. Es cada momento de existencia no analizada, no es una inconcebible o imponente divinidad, lo que aguarda nuestra pregunta. Somos la criatura que no cesa de inquirir y de equivocarse.

El gran pensador social Max Horkheimer, describió el concepto del pecado original, como la idea más influyente, jamás promovida por los hombres. Pero sólo los fundamentalistas, sólo los “literalistas” lo tienen por real. La idea de una intrínseca culpa primordial, me parece moralmente repugnante.

La religión organizada puede infectar la razón, puede retorcerla hasta la locura ¡Cuántos pogromos se han llevado a cabo, en nombre de un Cristo amoroso, cuantos peregrinos han muerto aplastados en La Meca, qué infinita ha sido la matanza, por pueriles detalles del ritual o la leyenda! El judío ortodoxo que salmodia y gira, un virtuoso del aborrecimiento; el cristiano con sus genuflexiones, el musulmán con sus salutaciones, atestiguan la lenta y despilfarradora, prehistoria del sentido común.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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