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La muerte es el último despertar


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Son muchas las experiencias que se recogen de personas que han estado “muertas” literalmente por un pequeño espacio de tiempo y con ello han tenido la oportunidad de poder traspasar al otro lado de la vida, es decir, a ese lugar desconocido y que tanta incertidumbre crea al individuo.Lo que el hombre necesita saber es si la vida continúa después, quiere ser dueño de la idea de seguir, saber si después continuaremos existiendo, es decir, si seguiremos siendo algo aunque sea en otra manera o estado diferente. Para muchas personas todo se termina aquí, ya lo hemos dicho, el cuerpo muere, y con él todo lo demás, es decir, que en el cuerpo en ese caso no reside lo que consideramos alma ni espíritu, ni Ser Superior por supuesto, el cuerpo, la persona muere y su vida ha terminado y con su muerte su proyecto. Fin.

Si por espíritu entendemos la parte del ser viviente que existe desde antes del nacimiento del cuerpo mortal, que mora dentro de ese cuerpo durante la vida terrenal y que después de la muerte existe como un ser separado hasta la resurrección, entonces no podemos aceptar que el cuerpo es solo una materia que una vez que desaparece lo hace para siempre. El alma tiene cuerpo y espíritu. Todos los seres vivientes –el hombre, los animales y la vegetación- fueron creados espiritualmente antes de que existiesen físicamente sobre la tierra como forma alguna de vida, y si entendemos la imagen y semejanza de un Todo posiblemente el cuerpo de espíritu sea a semejanza del cuerpo físico. Todo espíritu es materia, pero es más refinada y pura que los elementos o la materia terrenales. Toda persona en este sentido es literalmente hijo o hija de Dios, habiendo nacido como espíritu, de Padres Celestiales, antes de nacer de padres terrenales en la carne. Toda persona –por lo tanto- que viva o haya vivido sobre la tierra tiene un cuerpo espiritual inmortal, además de su cuerpo de carne y huesos. Este cuerpo espiritual es el que sobrevive a la muerte. Según podemos escudriñar en las Escrituras, el espíritu y el cuerpo unidos constituyen el alma, de forma que el espíritu puede vivir independiente del cuerpo, pero el cuerpo no puede vivir sin el espíritu. Esta impresión, este golpe duro es el que recibimos cuando estamos con un enfermo de Alzheimer u otro que esté muerto cerebralmente. Sentimos la separación del cuerpo (que todavía vive) pero no el espíritu. La muerte física es la separación del espíritu y el cuerpo. En la resurrección, el espíritu se reúne con el mismo cuerpo de carne y huesos que habitó siendo un ser mortal, con dos diferencias importantes: nunca volverán a separarse, y el cuerpo físico será inmortal y perfecto.

Por lo que sabemos prácticamente ninguno de los que ha traspasado la barrera –es decir personas que han muerto- ha tenido sensaciones desagradables, la mayoría han sentido la luz como algo mucho más grande que ellos mismos e insuperablemente diferente a lo que podemos imaginar. Algunos han confesado que durante los momentos en los que estaban muriéndose eran conscientes de todo y estaban continuamente ahí viendo su propio cuerpo desde fuera, desde otro plano, incluso asistiendo a su entierro. Es decir su cuerpo espiritual veía su cuerpo físico de carne y hueso. En ese sentido han podido ver y sentir los sentimientos y emociones de los seres queridos, la forma y disposición de los médicos...todo, han estado presentes en todas las secuencias hacia la muerte. Algunos han confesado ir a un “mundo de espíritus” donde han encontrado a personas con las que tuvieron una relación, un hijo que no llegó a nacer, familiares, amigos....las otras personas con las que se han encontrado y que están en el otro lado del velo mantienen una imagen en una edad media, aunque estas ni siquiera hayan tenido la oportunidad de nacer, o hayan muerto en la infancia, podemos encontrarlos en su imagen de persona formada no de niño. Otros dicen poder contemplar toda tu vida en perfecto orden secuencial y con toda la intensidad posible, reflexionando sobre nuestras acciones, sobre lo que hemos hecho, sobre cómo hemos crecido en inteligencia...en suma, todo nuestro paso terrenal en un rápido e intensísimo film. Paz, armonía y luz han llenado esos momentos de estar en el otro lado de la mayoría de estas personas que han tenido semejante oportunidad y a la mayoría se les ordena, que regresen a la tierra para terminar su obra, para continuar algo más de tiempo porque todavía no era su momento.

De lo que no cabe duda es de que el otro mundo, la vida eterna debe de ser un lugar de expansión y felicidad mucho mayor que el mundo terrenal. A menudo nos preguntamos por el infierno y en este sentido para la cultura religiosa el infierno la mayoría de las veces, ya está aquí en la tierra. Sabemos que según las religiones el concepto de infierno varía en función de la benevolencia con la que Dios, como Ser Superior y extraordinario que es, admita los errores de sus hijos con mayor o menor magnanimidad. Pero lo cierto es que aún con grados y lugares distintos de ocupación de la nueva vida, hay seres que nunca tendrán un lugar digno. Para muchos ya tienen en la tierra su infierno, ya están aquí condenados, eso se puede ver fácilmente.

La gran miseria que se apodera de los espíritus de los que han muerto, allá en el mundo de los espíritus, en la otra vida, adonde irán después de morir, consistirá en darse cuenta de que no han alcanzado ni alcanzarán la gloria, la felicidad que sí han alcanzado otros quizás haciendo lo correcto, viviendo con ética. No hay sufrimiento mayor que el de la incertidumbre. Ese es el mayor castigo de los inicuos, sus dudas, su ansiedad e incertidumbre a muchos espíritus –teológicamente hablando- les causan llanto y sufrimiento porque el hombre es su propio verdugo y su propio juez. Por eso se dice que irá al lago ardiente de fuego y azufre como se lee en Apocalipsis 21: 8. El tormento de la mente decepcionada es para el hombre tan intenso como un lago ardiente de fuego vivo y de azufre.

Como sea, los que han podido estar allí y volver nos advierten de la importancia de desarrollarnos en la tierra todo lo que podamos, de ser “felices”, de aprovechar las oportunidades de crecer, de amar y de hacer lo posible para que nos amen y de ser agradecidos. La inmortalidad aún sin ser creyente, existe, somos inmortales siempre que dejamos nuestra semilla, sea de la característica que sea, en las vidas de los demás. Esa inmortalidad es tan terrenal como imperecedera, es eterna.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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