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El estado de bienestar: un desafío para la socialdemocracia en América Latina


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

El debate sobre el capitalismo hoy

En una nota reciente1 me permití postular que el “estado de bienestar” continuaba su vigencia y antes de ello su necesidad. El “estado de bienestar” se interpreta como un sistema de protección a todos los ciudadanos por su simple condición de tales, es decir la accesibilidad a servicios básicos esenciales, particularmente salud y educación amén de un sustento mínimo indispensable, de modo de garantizar que todos los habitantes sean igualmente libres para construir su futuro.

Un trabajo de Ludolfio Paramio et al.2 describe con mayor precisión los ideales de la social democracia que se expresan no solo con el “estado de bienestar”, sino también en la vigencia de los principios de libertad, igualdad, solidaridad y participación ciudadana en democracia, con plena vigencia de los derechos civiles políticos y económicos. Siguiendo a los autores el objetivo de política es proporcionar a todos la posibilidad cierta de un futuro próspero y sustentable, pero a través de un logro colectivo democrático y participativo y no de una alternativa totalitaria o populista que proponga una respuesta técnica no consensuada e impuesta en nombre de una utópica “armonía social”.

La extendida y todavía vigente crisis económica y social provocada por la pandemia del Covid-19 obligó a todos los gobiernos a actuar y al hacerlo, a asumir en primer lugar mayores gastos presupuestarios. Más allá de la diversidad de prácticas, el denominador común han sido las políticas fiscales y monetarias expansivas. Con estas necesarias respuestas a la nueva crisis muchos analistas reclaman de modo explícito el regreso de la política del “estado de bienestar”.

Al respecto Francis Fukuyama3 manifiesta en un reciente reportaje esa necesidad del “estado de bienestar” y señala que los Estados Unidos requiere “desesperadamente” entre otros beneficios un sistema de asistencia médica universal. Resalta que las economías de mercado producen desigualdades crecientes que deben ser compensadas por el estado de bienestar. Eso sí, el desafío es hacerlo de manera sustentable y para ello señala como requisito la “prolijidad fiscal”.

Del otro lado, aparece también una corriente escéptica que hasta pone en duda el futuro del capitalismo en cualquiera de sus formas. Destacamos a la búlgara Albena Azmanova4 que caracteriza las distintas etapas del sistema capitalista moderno, las que se inician con el “laissez-faire” de 1850 a 1930, siguiendo luego el “welfare state capitalism”, con aumento del gasto público para impulsar la demanda y alcanzar también una extensión generalizada del progreso social (con guerras en ese interregno) y así hasta los 70s. En ese tiempo se ingresa en el “Neoliberalismo” como respuesta a la estanflación, constituyendo una nueva etapa que correspondería a un período de plena apertura al libre comercio, las desregulaciones y las privatizaciones con austeridad fiscal, recortes impositivos, política de “easy money” y aumento de la desigualdad social. Se llegó así a la implosión de la burbuja financiera en el lapso 2007/09, momento en que se inicia la última etapa, que la autora denomina “de la crisis de la crisis del capitalismo”, es decir crisis recurrentes y la inestabilidad como norma general. Así la crisis del Covid-19 del 2020/21 sería solo un emergente de esa permanente inestabilidad.

Al respecto, James Galbraith5 repone las ideas de su padre sobre la necesidad de un balance de poderes entre capitalistas (empresarios) y la sociedad civil, balance que debe ejercerse desde el estado para asegurar los antiguos pero renovados objetivos de pleno empleo, seguridad, protección ambiental y servicios públicos básicos (salud, educación) con alcance universal, apuntando a la estabilidad a largo plazo. En este aspecto rescata la necesidad de poner en la balanza la igualdad social frente al sistema capitalista tradicional que consagra de modo prioritario el éxito económico (profits) y el valor para los accionistas y demás actores interesados (stakeholders). Y de este modo el estado de bienestar recupera protagonismo como salida a la crisis permanente.

La “crisis de la crisis” comprende a la economía capitalista neoconservadora pero se extiende -ya sea como causal o como fenómeno interactivo- al orden político: las democracias están en crisis también (como lo admite el propio Fukuyama) y su enemigo cierto es el populismo, ya fuera éste adscripto a extremismos de derecha o de izquierda.

Por supuesto, el desafío para los partidos democráticos y para la socialdemocracia en particular es sostener los valores de la democracia participativa y el compromiso intergeneracional y con los sectores más desposeídos, lo que incluye entonces la plena vigencia de las libertades básicas, de la igualdad, del “estado de bienestar”, de la protección ambiental y de la prioridad de los colectivos de mayor riesgo: los mayores, los niños, las mujeres -siguiendo aquí a Paramio- en el sentido de la igualdad de género y los sectores de menores recursos.

El Estado recupera su rol económico en la crisis

Frente a la crisis del Covid-19 y dejando de lado la cuestión sanitaria estricta que tiene su propia entidad, casi todos los gobiernos han terminado reaccionando con un fuerte aumento del gasto público, en principio para compensar los efectos de la recesión generalizada. Así la Unión Europea dispuso un conjunto de ayuda por un total de € 750 millones (subsidios en un 52% y créditos en un 48%); China, primer país de origen de la pandemia reaccionó con un fondo de estímulos y subsidios por más de USD 560 mil millones en 2020 y se estima un monto más importante en este ejercicio; Japón, la tercer potencia económica mundial, dispuso su propio paquete de USD 700 mil millones y finalmente, con la nueva presidencia de Joe Biden en los Estados Unidos el Congreso aprobó un paquete de ayuda por un total de USD 1,9 billones6, junto con el lanzamiento del “Green New Deal”, un programa que va más allá de la coyuntura y que partiendo de la readscripción de su país al acuerdo internacional de París de protección ambiental, propone diversas acciones de promoción y de compensación fiscal para reducir la desigualdad, incluyendo la posible nueva reforma del sistema de salud.

En cambio, en Latinoamérica el panorama es muy incierto. El continente ha sufrido fuertemente con la pandemia con severas caídas del PBI que según estima la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) llegaron en 2020 a mínimos en Venezuela (-30%), Perú (-12%), Argentina (-10%) y México (-9%), en tanto que en Colombia lo habría hecho en -7%, Chile en -6% y la mayor economía del continente al sur del Río Grande –Brasil- tuvo una disminución de algo más de 5 puntos del PBI. Los observadores consideran en la práctica que con la combinación de los problemas sanitarios persistentes y de los económicos, esta región es la de peor comportamiento en el 2021 y eso a pesar de la suba del precio de los commodities de exportación de sus países.

Del otro lado tampoco ha sido uniforme la respuesta fiscal de los gobiernos regionales a la crisis. Brasil, bajo un gobierno de corte populista y conservador, gastó unos 7,5 puntos de PBI para compensaciones por la pandemia, llevando el déficit fiscal de 2020 a casi 12% del PBI, mientras que México y Argentina con una orientación ideológica aparentemente de izquierda, se ubicaron entre los países del mundo que menos gastaron en medidas específicas: no llegaron a los 2 puntos del PBI, con distintos resultados en materia fiscal global, los aztecas déficit inferior a 3% del PBI, los rioplatenses no menos de un 7%.

El progreso es indispensable para la vigencia del “estado de bienestar” en Latinoamérica

Sin duda todos los países de la región -en diversa medida- enfrentan el problema de un insuficiente desarrollo, con altos niveles de marginalidad, desigualdad y carencias de bienestar. Algunos han avanzado más en la creación de instituciones teóricamente aptas para responder a las demandas del “estado de bienestar”, pero al respecto el politólogo inglés Laurence Withaker7 ha caracterizado a los estados latinoamericanos como “mausoleos de modernidades” debido a la adopción de modelos de organización del tipo “más avanzado”, que se implantan de manera desigual e incompleta, quedando sujetos a reformas, cambios y otras veces a la deriva, hasta que son directamente reemplazados. Eso explica, a nuestro criterio, que muchas reformas “avanzadas” propias del estado de bienestar no adquieren en la región ni las metas ni los alcances buscados y/o deseables.

Al más alto nivel encontramos entonces democracias que no están completamente consolidadas en el sentido de la plena estabilidad del modelo democrático liberal de libertades y verdadero estado de bienestar, ni gobiernos sujetos a la rendición de cuentas (“accountability”), con una heterogénea adopción de variantes, que incluyen ráfagas de populismo (de derecha o izquierda) y estilos diferentes, desde el llamado “ALBA electoralista” a otros sin personalismos pero más autoritarios, y en el medio un amplio calidoscopio de variantes, que a su vez se van modificando en el tiempo.

El primer desafío social demócrata en Latinoamérica resulta entonces el logro de una efectiva vigencia de la democracia de partidos políticos, con elecciones libres y amplia participación ciudadana y exigencia de rendición de cuentas y vigencia de la división de poderes y de las libertades, abandonando por siempre las alternativas populistas.

El segundo desafío no menos complejo es la vigencia del “estado de bienestar”, no paternalista ni declarativo, con los mayores alcances dentro de las posibilidades de cada etapa de desarrollo y por ende de optimización de gastos y de adquisición de recursos fiscales, que garanticen la igualdad, dentro de un modelo de desarrollo sustentable, no solo en el sentido de la protección ambiental, sino también de su continuidad para la satisfacción paulatina de las aspiraciones de la población. Se trata entonces de gastar con eficiencia y responsabilidad (“prolijidad” diría Fukuyama), haciendo de ese gasto público una herramienta efectiva de redistribución y búsqueda de la igualdad.

Notas

1Mario Scholz; “El estado de bienestar no perjudica los ideales de la socialdemocracia”, El País, Esp., 3/2021.

2Ludolfio Paramio, Irene Ramos Vielba, José Andrés Tomás Mora e Ignacio Urquiza; “Los Actuales Retos y la Nueva Agenda de la Socialdemocracia”, doc. de trabajo, Fundación Ideas, Madrid, 5/2010.

3Francis Fukuyama, Diario Perfil, Buenos Aires, Arg., 29/5/2021.

4Albena Azmanova, “Crisis or Utopia – Capitalism on Edge”, Columbia Univ. Press, New York, USA, 2020.

5“An Interview with James K. Galbratih”, Project Syndicate, USA, 2021.

6En lengua inglesa usd 1.900 billones.

7Laurence Withaker; “Characterising Latin America”, Palgrave Macmillan, US, 2006.

 

Abogado, analista de Política Internacional y colaborador de la Fundación Alternativas.

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