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Vaya lío con la mascarilla…


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Y no me refiero al modelo, color y tamaño; parece que con el tiempo, cada uno de nosotros nos hemos decantado por la más cómoda, vistosa, promocional, barata, protectora…o la primera que agarramos al salir de casa (eso, si no se nos olvida).

El embrollo de la mascarilla tampoco viene de esas gomas o sistemas más o menos acertados que con el tiempo hemos adoptado: hay quien se la sujeta tras los apéndices auditivos y quienes lo hacen a ras del cerebelo. A muchos también les cuelga, por delante, enredada en el cordoncillo de las gafas…y como lleves collares, cadenas o demás accesorios, date por perdido. El burruño está asegurado.

No. El enredo de la mascarilla hoy tiene que ver con las relaciones sociales. Con el casi 80% de la población vacunada, nos tapamos menos la cara. No está muy claro ni cuánto tiempo, ni dónde llevarla cubierta.

La distancia de seguridad se mantiene, de aquella manera. Es lo que tiene la fiabilidad y la garantía del inyectable. Observamos besos, abrazos, menos codo con codo y menos mano sobre el corazón, o golpe de pecho cordial.

Los mediterráneos somos de achuchar: eso de las cortinas de plástico, las mamparas y cristaleras se avienen con dificultad a nuestra cultural proximidad.

Por eso, me confundo: por la urbanización, sin mascarilla, pero si coincido con alguien en la puerta de salida y entrada, rápidamente hacemos el gesto de incrustárnosla en la faz, o simular el gesto sin engancharla del todo, o nos giramos y nos damos la espalda o nos subimos hasta los ojos el jersey o el cuello de la sudadera…el saludo se resiste, no vaya a ser que el hálito transmita miasmas y bacterias covidianas.

En espacios cerrados, empezamos con la mascarilla pegada y conforme avanza la velada y se ofrece un piscolabis, por ejemplo, ya nos encargamos de desprendernos de ella y a todo aquel que se aproxime le advertimos del número de dosis inoculadas que llevamos: yo me pavoneo muy ufana, asegurando que formo parte de la elite: nada menos que tres pinchazos me han atizado contra la covid. Así que esa cifra la utilizo como salvoconducto para que el otro se sienta seguro en mi presencia. Además, calculamos la edad…y seguro que el del al lado ha obedecido y lleva su vacuna bien enjaretada.

En los aparcamientos semicubiertos, en el garaje de casa o de la universidad o del centro comercial…espacios amplios y más o menos al aire libre, la cosa se complica.

Y estoy segura de que si no la llevamos acomodada facialmente, nos miran mal y que si la lucimos, también: hay para todo. Algunos se mofan y otros se enfadan.

En las aulas, si el docente no interactúa con sus pupilos, puede ir exhibiendo gestos de distinto tipo según momento y ocasión, pero eso sí: quieto parao sin mover el culo de la silla tras su mesa. Con lo cual, se contravienen los consejos y propuestas de la metodología más actual, esa que invita a la participación colaborativa de los agentes educativos.

Cine, teatro, espectáculos y demás eventos culturetas… mascarilla al canto.

Y si no nos gusta, pues de picnic a la orilla de nuestros ríos o en descampados rurales o urbanitas a festejar y celebrar: ahí los metros de lejanía, la burbuja familiar, los convivientes…en fin.

Lo dicho, esto de las relaciones sociales en tiempos de pospandemia supone todo un trajín, un puro ¿“en Roma, haz como los romanos”? o un genuino ¿“Allí donde fueres harás lo que vieres”? Vaya trasiego…Creo que lo mejor es el sentido común aunque sea el menos común de los sentidos. Sobre todo en algunos países de Europa que asisten a un nuevo repunte de contagios. Nunca les gustó ni les gusta el uso de la mascarilla, ni durante los momentos de gran virulencia ni ahora en los estertores de este sufrimiento global. Su actitud demuestra una ignorancia cultural, una falta de solidaridad y un acomodo incívico manifiesto. Sin sorpresas, la verdad… (Y, ¡ojito! que algunas comunidades de nuestro país deberían hacérselo mirar).

Como muchos afirman: la mascarilla ha venido para quedarse: la gracia está en saber “cómo” va a permanecer. Vivir para ver…

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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