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Facebook


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Definitivamente, son malos tiempos para Facebook. El apagón de hace unas semanas con el que se dejó sin servicio a miles de millones de usuarios no sólo de esta red social sino también de Instagram, WhatsApp, Messenger y la plataforma de realidad virtual Occulus de la que es propietaria, puso en evidencia la fragilidad tecnológica tan de las plataformas de las que dependemos y entregamos una parte importante de nuestras vidas. Lo absurdo de una sumisión que se ha convertido además de insensata en absolutamente adictiva.

La paralización de la actividad provocó que ingentes cantidades de personas, especialmente los jóvenes más apegados, entraran en pánico y se sintieran totalmente perdidos e incomunicados. Si lo que daba gran parte del sentido y proporcionaba el entretenimiento en sus vidas dejaba de funcionar, sólo quedaba lugar para la histeria y el colapso mental. Lo curioso del caso, es que la compañía no dio ninguna explicación de lo que pasaba de forma inmediata ni aclaró unos porqués que los avezados a la tecnología tuvieron que deducir. Aclaraciones que habría hecho rápidamente cualquier proveedor de servicios en el mundo analógico. En el mundo digital, sin embargo, todo es diferente, todo se desarrolla como si fuera un juego. La aparente gratuidad del aplicativo hace que no se adopte el papel convencional del prestador de servicios, sino que, de manera arrogante, se nos hace un generoso regalo que no nos da derecho a la queja si temporalmente se nos priva del acceso. Que la inmediata caída de la cotización en bolsa de Facebook le hiciera perder a su propietario Mark Zuckerberg cinco mil millones de dólares de patrimonio en una tarde, no deja de ser anecdótico: para él, además de que los recuperó rápidamente, no deja de ser poco más que el chocolate del loro.

A Facebook hace tiempo que le acompaña el escándalo y se ha convertido en la representación del peor de las plataformas que dominan la red. En 2016 se reveló el tema de Cambridge Analytica por el que Zuckerberg tuvo que dar explicaciones en el Senado de Estados Unidos, ya que los datos de los usuarios se habían vendido y utilizado sin control durante la campaña que, en 2016, llevó a Donald Trump en convertirse en presidente de Estados Unidos. Ahora, y coincidido con el apagón de servicio, esta empresa que usan 3.600 millones de consumidores en el mundo tiene que hacer frente a las acusaciones públicas de una empleada que ha decidido dar a conocer las prácticas poco éticas y peligrosas de la compañía, consistentes en dotar a sus algoritmos de connotaciones propiciadoras de la adicción y de estímulo a la creación de polaridad social y política. Incitación al odio, a la polaridad y a la violencis. Esta "garganta profunda" ha explicado y ha aportado documentos que evidencian la falta de moralidad y principios de la compañía, su peligrosidad y la falta de autocontrol ante la Subcomisión de Protección del Consumidor y la Seguridad de Datos, poniendo de manifiesto unas malas prácticas de la tecnológica que sabía que sus aplicaciones empujaban a los adolescentes hacia el abismo de los comportamientos suicidas y los trastornos alimentarios, no haciendo nada para evitarlo. Asimismo, ha detallado los sistemas de amplificación de la división, el extremismo y la polarización, fomentando la violencia y poniendo en cuestión el propio sistema democrático. Poco ha importado que las informaciones internas de la compañía hayan alertado reiteradamente sobre los efectos perversos de algoritmos pensados ​​y imaginados para ampliar el espectáculo de la confrontación y de los sentimientos extremos. Ningún sentido de la responsabilidad: el dinero es el dinero.

Frances Haugen, que es el nombre de la ingeniera denunciante, explicó el círculo vicioso y extraordinariamente perverso de una tecnológica dispuesta crear reacciones de dependencia del usuario lo que obtiene mejor con contenidos que inciten al odio y levanten pasiones, es decir, teledirigiendo nuestros pensamientos y emociones con informaciones falsas o tergiversadas para llevarnos a la expresión de lo peor de nosotros mismos. No es extraño, pues, que la denunciante pida a los legisladores que actúen y regulen como se hizo con la industria del tabaco, la obligatoriedad de los cinturones de seguridad en los coches o el actuar contra las farmacéuticas responsables de la epidemia del consumo de opiáceos. Que pongan normas y frenos, a una actividad que es notoriamente nociva y practicada desde la más completa y absoluta mala fe.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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