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EL PERIÓDICO
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De la guerra al virus al control de la pandemia


Prácticamente desde su comienzo, el gobierno español ha combinado el parte de guerra y el argumento de autoridad de los expertos como principal discurso para hacer frente a la pandemia. Otros, se han dedicado a recrear sus relatos, que van desde la teoría conspiración y el control social del negacionismo de la extrema derecha, al oportunismo populista de la derecha y al dogma tecnocrático del cerocovid. Así, desde las declaraciones de guerra y el parte de guerra en los medios contra el virus, el objetivo de la derrota del virus o más recientemente la afirmación de que hemos acorralado al virus..estas proclamas no han dejado de estar en boca de los máximos responsables políticos y en primer término de nuestro gobierno hasta la actualidad. El problema es que el discurso de la guerra al virus nos confunda hoy sobre el qué hacer ante el cumplimiento del objetivo del control funcional de la pandemia.

Por otra parte, los componentes y la propia existencia de la comisión de expertos ha provocado una serie de preguntas parlamentarias y de malentendidos que han llegado incluso al Consejo de Transparencia, todo para reconocer al final el papel fundamental de nuestras comisiones de alertas y de salud pública y la asesoría de sus expertos, imprescindible para la toma de decisiones que, lo reconozcamos o no, han sido y siguen siendo eminentemente políticas. Porque de política con mayúsculas se trata cuando hay que conciliar valores e intereses ante una situación de emergencia como la actual pandemia.

Sin embargo, este discurso de guerra hasta la erradicación total del virus es sobre todo coincidente con el dogma del cerocovid, más que con un objetivo viable en la gestión de salud pública en el marco europeo, que desde un principio se resume en el control funcional de la pandemia, para con ello reducir al mínimo las consecuencias más graves y letales de la covid y evitar finalmente el tensionamiento y el colapso del sistema sanitario. Porque en las últimas semanas en España y Portugal se ha logrado o estamos a punto de lograr, sino la tan famosa como inalcanzable inmunidad de grupo, al menos el control funcional de la pandemia, gracias a la vacunación masiva de prácticamente el noventa por ciento de la población diana. La mejor demostración de esto es que frente al duro rebrote de la cuarta ola de la pandemia en Europa, hasta el momento tan solo sea un repunte en la península ibérica. Una diferencia no solo cuantitativa, sino ante todo cualitativa.

Es por eso que los países más afectados del este y del centro de Europa vuelven a las medidas restrictivas generalizadas del pasado, junto a la adopción de medidas particularmente duras con el todavía importante colectivo de los no vacunados, ya que entre ellos se mantiene entre el treinta y el sesenta por ciento de la población adulta, todavía muy lejos de cualquier control funcional de la enfermedad.

Como consecuencia aumenta de nuevo la incidencia, la saturación hospitalaria y la mortalidad en una cuarta ola de la pandemia, y con ello se recuperan las restricciones generales como los confinamientos, la reducción de la movilidad, la distancia de seguridad y las mascarillas, al tiempo que se endurecen las medidas disuasorias frente al abultado colectivo de los no vacunados como la exigencia del certificado covid, los test e incluso la obligatoriedad de la vacuna. Algunos de estos países incluso se plantean medidas especialmente duras sino discriminatorias que van desde los confinamientos masivos, hasta la denegación de la asistencia sanitaria pública a los que aún hoy se niegan a vacunarse. Sin embargo, en este contexto europeo de ola pandémica, en España la Comisión de Alertas ha propuesto un nuevo semáforo adaptado a nuestra situación específica de alta vacunación en que se reduce la importancia de los indicadores de incidencia y se incide fundamentalmente sobre la evolución de la ocupación hospitalaria, precisamente porque entre nosotros la pandemia ha cambiado de naturaleza a una epidemia de no vacunados e inmunodeprimidos, restringiendose la mayoría de los casos de enfermedad grave en hospitales y en sus UCIs sobre todo a los no vacunados. Por otra parte, la ministra anuncia la próxima vacunación de los niños menores de doce años, una vez lo autorice la EMA, y la comisión de vacunas, sin siquiera dar tiempo a culminar la vacunación a los más vulnerables como los inmunodeprimidos, los mayores de setenta años y los residentes en centros de ancianos, propone al Consejo Interterritorial convertir la dosis de recuerdo en una tercera dosis, continuando con los mayores de sesenta años y entre los sanitarios. en definitiva, una serie de medidas que pueden trasmitir a la ciudadanía la sensación de una vuelta atrás, algo que contrasta con la alta tasa de vacunación y la conciencia ciudadana de normalidad, y como consecuencia han provocado la polémica reabriendo el debate sobre cuál debe ser la estrategia a seguir en la etapa final de la pandemia. La cuestión estriba si volver al semáforo general y como consecuencia a las medidas también generales de aislamiento, distanciamiento y terceras dosis, como si estuviéramos de nuevo ante una ola más de la pandemia, no solo en el este y el centro de Europa sino también en España, o por el contrario si en una situación diferenciada de la Europea damos paso definitivamente a una estrategia selectiva centrada principalmente en los no vacunados, tanto los voluntarios como en particular los involuntarios, bien sean inmunodeprimidos o excluidos de la vacunación de muy diverso tipo.

Se trata de si volver atrás a medidas restrictivas de carácter general y seguir revacunando a adultos y niños de forma redundante y sin más garantías de efectividad, con una estrategia continuista que puede provocar un despilfarro de recursos escasos y al tiempo afectar negativamente a la alta credibilidad de la vacunación entre nosotros, o reconocer el cambio que ya hace tiempo se ha producido como consecuencia del control funcional de la pandemia, para a continuación mirar hacia adelante y adoptar sobre todo medidas selectivas para proteger, seducir y disuadir a los no vacunados, y sobre todo en sus relaciones con los más vulnerables, avanzando así definitivamente hacia la normalidad. Y si no es así, hasta cuándo prolongamos el periodo de transición.

Esta estrategia pasaría en las próximas semanas por las medidas de precaución como el pasaporte covid, ya aprobado como proporcional por el Tribunal Supremo, para evitar las consecuencias del encadenamiento de comidas de empresa, fiestas navideñas con niños y abuelos y finalmente del fin de año entre vacunados y no vacunados, que a diferencia de las del año pasado serán inevitablemente de casi normalidad, sin volver otra vez a los maniqueos y la búsqueda de culpables a principios de año.

Hay quien cuestiona esta estrategia selectiva como insuficiente y propone la vuelta a las restricciones generales. En otros se la considera discriminatoria e incluso represiva. Se duda además de su utilidad disuasoria, apostando en exclusiva por la seducción de la vacunación en los sectores resistentes, cuando sin embargo los datos recientes del CIS muestran que solo una cuarta parte mantiene la desconfianza y que más de la mitad del cuatro por ciento que no se ha vacunado tiene decidido no hacerlo en ningún momento. Por otra parte, las medidas selectivas no significan necesariamente la obligatoriedad de la vacunación ni las medias represivas, cuestionables pero sobre todo innecesarias en un contexto de control como el español.

Dado nuestro alto nivel de vacunación, la imposición de la vacunación no aportaría nada sustancial y probablemente tendría efectos contraproducentes como la alarma e incluso generaría desconfianza entre los vacunados. Por eso se trata de combinar seducción y disuasión. Ante todo, se trataría de proteger a inmunodeprimidos, seducir a los que todavía no se han vacunado y disuadir a los que no quieren vacunarse para así no perjudicar a los demás.

Porque más que partes de guerra y estados mayores encaminados a una supuesta guerra de erradicación del virus, lo que necesitamos a la etapa de salida de la pandemia es apoyarnos en lo que mejores resultados nos ha dado a lo largo de la pandemia: una estrategia clara, la confianza en la ciudadanía y la resistencia de nuestro sistema sanitario.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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