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EL PERIÓDICO
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Los compañeros del metal


Termina no sin sobresaltos la pandemia, y con ello recuperamos la normalidad y también vuelven las necesidades y las reivindicaciones que se han visto aplazadas a lo largo de dos años. Entre ellas destacan en estos últimos días las reivindicaciones del sector agrario e industrial. En el agrario, las del sector lechero y también el cárnico. Las del sector industrial, de nuevo en la bahía de Cádiz, han vuelto con su fuerza y su imaginario de lucha de siempre, en que a las reivindicaciones tradicionales en torno al convenio, se unen las consecuencias de la pandemia y sobre todo la llamada de atención a los poderes públicos ante el abandono de la industria, con un impacto letal en la economía de la comarca, de Cádiz y de Andalucía. Algo que ningún gobierno y menos de izquierdas debería olvidar.

Los polos industriales, como el de la bahía de Cádiz, ya hace tiempo que están en graves dificultades. Sufren desde hace décadas una reconversión continuada, algo que no solo afecta a España sino que es un problema europeo, ya que más que reorientación de la actividad, de su tecnología o diseño, estamos lisa y llanamente asistiendo a una pérdida de capacidad de producción, de tejido industrial y de empleos cualificados permanente, sin que a cambio se vea su sustitución por nuevas alternativas de futuro.

Algo que hemos experimentado de forma dramática con el estrangulamiento de la cadena de suministros de material sanitario al comienzo de la pandemia y que ahora al final volvemo a sufrir en sectores como el automóvil, el naval o el aeronáutico..a lo que se añaden los precios desbocados de la electricidad y las connsiguientes dificultades de nuestra industria electrointensiva. Los anuncios iniciales de la UE de que era imprescindible desarrollar la industria manufacturera europea no deberían olvidarse una vez más. Ahora, con los fondos de recuperación 'new Generation', se anuncia el apoyo a la necesaria transición tecnológica y ambiental y además justa, lo que no es poca cosa, pero para desarrollarse requiere de la consolidación y diversificación de las industrias y de los polos industriales como el de la bahía de Cádiz.

El sector del metal siempre ha sido, junto con el minero, la punta de lanza de las reivindicaciones del movimiento obrero. De hecho son los sectores con mayor grado de afiliación sindical y de mayor participación, en un país con escaso tejido social, participación y afiliación sindical y en general tanto social como política. No en vano sus salarios y condiciones laborales son el oscuro objeto del deseo de las patronales que caracterizan a sus trabajadores como privilegiados, a sabiendas de que son el ejemplo a emular por las luchas y reivindicaciones del resto de los trabajadores.

Durante la pandemia los trabajadores de los sectores productivos se han demostrado esenciales para el mantenimiento de la economía, afrontando el riesgo de contagio en los momentos más duros, cuando estábamos confinados en nuestras casas. Como el sector sanitario se mantuvieron activos y se ha demostrado que siguen siendo imprescindibles, frente al paradigma de la sociedad líquida de consumo digital y de las campañas interesadas que venían hablando del inevitable fin de la clase obrera y que denigraban a sus legítimos representantes sindicales.

Sin embargo, a pesar de los ERTEs puestos en marcha para mantener el tejido industrial y el empleo, y de su contribución indudable a reducir el impacto de la crisis y acelerar la recuperación, la evolución de los precios energéticos y su influencia sobre el consumo ha deteriorado seriamente el poder adquisitivo de los trabajadores. Ahí está la causa de este nuevo ciclo de movilizaciones.

En el otro polo, el de la patronal, resurgen también los aires de cierre patronal para final de año, en coincidencia con los problemas de recuperación de la cadena de suministros y ante la demanda previsible de las fiestas navideñas, aunque con la denominación eufemística de huelga del transporte. Por eso la derecha del PP se ha apresurado a anunciar su presencia en las movilizaciones sociales, empezando por las que rechazan la derogación de la ley mordaza, precisamente para recuperar el derecho de protesta que el ejecutivo de Rajoy buscó recortar y criminalizar ante las protestas sociales a su política de austeridad.

Tampoco es casual que las movilizaciones del metal de la bahía de Cádiz coincidan ahora con el momento decisivo de la negociación de la reforma laboral, en que el gobierno y los sindicatos intentan modificar, en particular los aspectos más regresivos de la contrareforma impuesta por el partido popular con motivo de la crisis financiera, pero también provocar un punto de inflexión en la pérdida de poder de negociación de los trabajadores y como consecuencia en la progresiva precariedad y temporalidad del empleo y en el retroceso permanente del poder adquisitivo de los salarios en relación a los beneficios empresariales.

La pandemia termina y la cuestión social permanece.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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