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EL PERIÓDICO
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El “shock de la COVID” y las desmesuras políticas


Desde la crisis que arrancó en 2008, la sociedad española, al igual que otras de su entorno, está inmersa en auténticos procesos de centrifugación de sus estructuras y de sus posiciones, a causa de climas de malestar alimentados por los problemas sociales y laborales.

Los retrocesos en los niveles de bienestar social y de integración laboral que habían sido alcanzados durante los años del consenso keynesiano, ha acabado dando lugar a un mal ambiente en el pulso de la calle. Mal ambiente que inevitablemente está produciendo efectos negativos en múltiples esferas de la vida política.

Malestares políticos

Uno de los principales efectos de esta situación es la difusión de sensaciones de desazón política difusa en una parte apreciable de la población. Desazón que, a su vez, está penetrada por componentes de un resentimiento crítico que se nota especialmente entre las nuevas generaciones que, en proporciones notables, entienden que no van a lograr –no están logrando– los niveles de vida y de bienestar que alcanzaron sus propios padres, debido a la quiebra de los procesos generales de movilidad social ascendente que experimentaron sus mayores desde los inicios de la revolución industrial. Movilidad ascendente que en muchos lugares ayudó a consolidar modelos de sociedad y paradigmas políticos sustentados en una conciencia social mayoritaria de pertenencia a las clases medias y de autoubicaciones políticas en un centrismo un tanto inespecífico; pero claramente anclado en posiciones de moderación y de rechazo no solo de los extremos ideológicos, sino también de las “estridencias” y las “desmesuras” políticas. Algo que se había logrado afianzar en las sociedades más avanzadas, bajo el recuerdo aún de las desmesuras de los Hitler, los Mussolini y todos sus imitadores y seguidores. Incluidos los españoles.

De hecho, durante mucho tiempo las desmesuras y extremismos políticos eran calificados por los especialistas y comentaristas como una parte de eso que los anglosajones llamaban “la franja lunática de la política” (lunatic fringe).

El shock del coronavirus

Sobre el poso de los dislocamientos sociales y políticos que siguieron al abandono del consenso keynesiano, y de otros enfoques socio-económicos similares, las posibilidades de impulsar modelos de organización social dinámicos y porosos en oportunidades y posibilidades de prosperidad, quedaron gravemente cuestionados por las políticas neoconservadoras, primero, y por los excesos de los “austericidios”, después. De forma que el shock del coronavirus ha impactado muy críticamente en sociedades que ya habían quedado muy afectadas en sus capacidades para asentar modelos de organización y de vida que una gran parte de la población pudieran considerar –y valorar– como razonables y esperanzadores. Para ellos y para sus descendientes. Con lo cual se cuestionaban muchos de los supuestos y certezas en los que se sustentaban las democracias avanzadas de nuestro tiempo. Al tiempo que se abrían quebraduras sociales sistémicas y no pocas incertidumbres ante el futuro.

Uno de los problemas añadidos a estas derivas regresivas es que las respuestas que se han venido dando desde el plano político no están, en bastantes aspectos, a la altura de lo que realmente requieren en estos momentos los equilibrios mundiales en general y las dinámicas concretas de nuestras sociedades en particular. Sobre todo, en lo que concierne a las necesidades de rectificación de los cursos evolutivos negativos.

Aunque las primeras reacciones ante el shock de la Covid han sido en general acertadas en las democracias asentadas, y se han logrado evitar muchos males mayores, gracias a los estímulos y apoyos económicos y a la intervención sanitaria y de vacunación masiva, lo cierto es que en estos momentos estamos ante varias influencias negativas –sobre todo, políticas– en los escenarios generales.

Descontextualizaciones y patologías políticas

A pesar de que en momentos tan críticos como los actuales han estado presentes discursos políticos positivos y se han tomado medidas concretas que han permitido hacer frente, con éxitos indudables, a de la pandemia, en nuestras sociedades han anidado también reacciones y comportamientos políticos que, desde una óptica analítica rigurosa y distanciada, pueden ser calificados como “patologías”. De la misma forma que los fueron el estalinismo y los nacialsocialismos y fascismos de los años treinta del siglo pasado.

El problema de estas “patologías” no estriba solo en el ruído que generan –también como estrategia–, sino en los efectos y disfunciones que generan en nuestras estructuras políticas y económicas. Sobre todo, aunque no solo, debido a las descontextualizaciones con las que operan.

Imaginémonos por un momento que los discursos y argumentaciones de líderes como Casado y Abascal en el debate parlamentario que tuvo lugar, por ejemplo, el 10 de noviembre en el Congreso español, permanecieran grabados durante varias décadas y pudieran ser escuchados y estudiados por analistas objetivos y rigurosos de un hipotético futuro. Futuro que hay que esperar –y desear– que sea notablemente mejor que el presente y que el de algunos otros pasados, y en el que nuestras sociedades hubieran llegado a estar regidas por –y asentadas en– criterios más razonables, más inteligentes y, por lo tanto, más armónicos y simétricos.

Pensemos que esos estudiosos del futuro quisieran entender cuáles eran los diagnósticos sobre los males de nuestras sociedades y cuáles eran los remedios y soluciones que postulaban líderes como Casado y Abascal. Lo primero que observarían esos analistas avezados e inteligentes del futuro serían evidentes insuficiencias de análisis y de diagnóstico. Eso en el caso de que, con mayor perspectiva temporal que nosotros, lograran adivinar si existían o no existían y en qué consistían (aunque fuera de manera latente y subyacente).

En segundo lugar, intentarían identificar las medi- das y propuestas que se formulaban; presumiblemente (por eso las hacían en un “Parlamento”) con el ánimo de convencer a una audiencia mayoritaria de que dichas medidas eran las más apropiadas para atajar los males de nuestras sociedades en ese –este– momento. Es decir, los males sanitarios, sociales, laborales y de atención, etc. Situados en dicho punto, nuestros imaginarios analistas desprejuiciados del futuro se toparían con graves problemas interpretativos, ya que lo que identificarían en su mayor parte serían descalificaciones, insultos y desmesuras analíticas y de estimación. Amén de algún lapsus freudiano que posiblemente no sabrían interpretar muy bien.

A partir de aquí, los analistas del futuro se moverían, muy plausiblemente, en la más absoluta de las confusiones. Es posible que, en algún momento, incluso se sintieran tentados de interpretar determinados insultos, descalificaciones y desmesuras como algo que formaba parte de un misterioso código cifrado. De forma que cuando se decía del Presidente de Gobierno, por ejemplo, que “miente más que habla”, lo que se quería decir era –es– algo bien concreto y de notable importancia y efectos prácticos sobre los sufrimientos, carencias y problemas que entonces –ahora– padecen muchos conciudadanos.

Pero, el problema no está solo en la posible confusión interpretativa en la que podrán caer los analistas e intérpretes de ese futuro mejor, sino que el carácter inexplicable y disfuncional de muchas de las desmesuras políticas y de los comportamientos ofensivos e insultadores –a los que nos estamos acostumbrando– es que también resultarían chocantes y poco comprensibles si los proyectásemos hacia el pasado, a los años en los que en los Parlamentos de las sociedades democráticas serias se hablaba realmente de política, con lenguajes políticos claros, inteligibles y concretos, aunque no siempre exentos de pasión y de dureza. Por eso, si trasladáramos las desmesuras habituales de líderes como Casado y Abascal –¡y no son los peores!– y tantos otros seguidores de los Trump, los Bolsonaro y los Banon..., a otros tiempos y otros contextos anteriores, sus pronunciamientos y proclamas –que no argumentos– parecerían por igual tan desmesurados como impropios de personas formadas, inteligentes y constructivas. Pero, ¡ojo!, eso depende de hasta dónde demos hacia atrás a la moviola del tiempo. De forma que si llegamos hasta los años veinte y treinta del siglo XX, la verdad es que podríamos en- contrarnos con las mismas o muy similares prácticas de desmesura y de utilización de los recursos al odio, la infamia y la agresividad. Algo que acabó conduciendo a donde todos sabemos que condujo.

Por eso, es importante que en momentos tan complejos y difíciles como los actuales seamos conscientes de hacia dónde pueden conducir tantas desmesuras políticas y, sobre todo, que entendamos que supone la normalización que de ellas se está haciendo, tomándolas como parte de las rutinas políticas cotidianas. A las que ciertos profesionales de la información política –también desmesurados– añaden, para intentar –dicen– ganar audiencias, altas dosis de sal y todo tipo de picantes y “exageradores” artificiales, cocinando “condumios” tóxicos y erosivos realmente indigeribles.

Templanza e inteligencia

Frente a las desmesuras los clásicos recomendaban tranquilidad, parquedad y finura. O lo que es lo mismo, inteligencia y sentido de las proporciones. Eso fue, precisamente, lo que fueron capaces de articular los grandes líderes políticos y económicos después de los años horribles y destructivos de las confrontaciones civiles y los enfrentamientos armados que se produjeron durante la II Guerra Mundial. Entonces se pudo llegar a una solución posbélica razonable y a unos enfoques de funcionalidad económica y social, en los que todos cedían un poco y todos ganaban mucho, posibilitando salidas inteligentes a los círculos negativos de las confrontaciones sin límites, los desmanes disparatados y las destrucciones recíprocas.

Ahora, al igual que en aquellos tiempos turbulentos, lo que se necesita son altas dosis de inteligencia, sensatez, sentido de la justicia social y mesura en las formas y en los comportamientos, evitando repetir –o persistir en– los errores en los que cayeron los enterradores precipitados del consenso keynesiano, perdiendo capacidad para sumar y actuar en términos del interés general. Sin anteojeras, sin prejuicios, sin egoísmos cerrados y excluyentes y, sobre todo, sin afán por instalarse en una desmesura política sistémica y persistente. Porque la desmesura –no se olvide– nunca podrá ser una estrategia seria. Todo lo más podrá ser algo parecido a ese “vivire pericolosamentedannunziano que tomaron por enseña los fascistas italianos, primero, y luego todos los que alentaron y provoca- ron crisis como la de la República de Weimar y la Segunda Guerra Mundial.

En tiempos tan complicados como los actuales, en los que nuestras sociedades tienen que enfrentarse al shock del coronavirus, así como a importantes necesidades de atención sanitaria y a otros gastos sociales acucian- tes, lo que se precisa es mesura, inteligencia política y capacidades de análisis objetivos. O lo que es lo mis- mo, lo que se necesita es una clara voluntad de arreglar problemas y encontrar soluciones, y no de enconar las dificultades y de crispar los climas políticos recurrien- do a desmesuras políticas que solo propician enfrenta- mientos y enconamientos incívicos.

En definitiva, en momentos en los que los proble- mas nos acucian y las desmesuras nos confrontan, hay que mantener la frialdad y la capacidad de entendimiento. Especialmente entre los más próximos, evitando que las posibles discrepancias –de menor tenor– se conviertan en disidencias y que estas puedan terminar produciendo efectos de disonancia, con sus correspondientes consecuencias erosivas en los apoyos electorales, en forma de “votos de castigo” por parte de unos electorados que están inquietos y abrumados y que no entienden –ni aprueban– las tácticas particularistas de vuelo corto.

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.

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