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La Barcelona parque temático para turistas, un gran negocio político y empresarial (primera parte)


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

1. La falsificación del patrimonio histórico-arquitectónico

Muchos visitantes primerizos de Londres se dirigen de inmediato a Baker Street, para ver la residencia donde supuestamente vivió Sherlock Holmes. De hecho, hay allí una supuesta casa-museo creada hace unos años por una avispada Sherlock Holmes International Society, que cobra 15 euros por entrada. Tampoco faltan los turistas que buscan en esa ciudad el afamado Café de los Pingüinos, donde de modo ininterrumpido tocaría la famosa (e inexistente) orquesta de aves acuáticas que imaginara en su día el músico británico Simon Jeffes. La confusión entre historia y mito, es decir entre realidad y ficción, es uno de los signos de nuestro tiempo y ofrece unas extraordinarias oportunidades de negocio.

Así, cuando un turista ingenuo y poco informado visita un poblado del Oeste en Almería o en Cinecittà, puede si le apetece creerse que está contemplando el lugar donde verdaderamente ocurrió el duelo a tiros en el OK Corral, o en el que un abogadillo encarnado en el cine por James Stewart mató a Liberty Valance; y ello, aunque sea consciente de encontrarse en la vieja Europa y no en el Nuevo Mundo americano. Qué más da. Nadie le impedirá la fantasía, sobre todo si ha pagado una entrada al recinto. Los mitómanos con dinero fresco en el bolsillo son una tentación irresistible para muchos tipos listos, incluidos empresarios y políticos.

De todos modos, no hay que viajar a Londres, Roma o Almería para encontrar negocios de ese jaez, promovidos por empresarios y por políticos con pocos o ningún escrúpulo. Me gustaría comentarles aquí un par de cosas sobre el presuntamente maravilloso “estilo gótico” de Barcelona.... edificado para turistas tan crédulos como poco informados.

Según cifras oficiales, la ciudad de Barcelona acogió en 2019 casi 12 millones de turistas, unas ocho veces su población estable. La inmensa mayoría de ellos visitaron el presuntamente incomparable barrio medieval de Barcelona, el llamado Barrio Gótico. Ese nombre, es, sin embargo, una denominación muy reciente, creada a mediados del siglo XX. Hace solo unas décadas ese barrio estaba casi en ruinas, y era conocido como “barrio de la Catedral”.

Habrán oído o leído que Barcelona es una ciudad con casi 2.500 años de historia ininterrumpida, hecho cierto que parece avalar la antigüedad de sus edificios más emblemáticos, esas construcciones monumentales ante las cuales se hacen selfies de modo compulsivo los turistas que llegan aquí desde todo el mundo. En realidad, el barrio Gótico barcelonés es un pastiche con poco más de 50 años de existencia, como explica el profesor Agustín Cócola Gant (1), en un artículo publicado en la revista Scripta Nova, de la Universidad de Barcelona, en su número del 10 de agosto de 2011 (2):

“El Barrio Gótico de Barcelona fue construido en las décadas centrales del siglo XX. De hecho, su nombre también es una creación moderna, ya que tradicionalmente el espacio era conocido como barrio de la Catedral. Aunque en teoría los monumentos históricos nos remiten a épocas pasadas, en muchos casos han sido fabricados recientemente. La medievalización del centro histórico de Barcelona transformó físicamente el barrio institucional de la ciudad, dotándolo de nuevos significados simbólicos y de una apariencia antigua que hasta entonces no poseía”.

En el origen de esa mixtificación del pasado (y del presente), figura la intención de la burguesía barcelonesa de finales del siglo XIX y principios del siglo XX de levantar en la ciudad una especie de Disneylandia arquitectónica supuestamente medieval que diera sentido a su discurso historicista. La tarea se prolongó durante el siglo XX, y encontró un renovado acicate en la captación del turismo de masas.

Sobre ese impulso y sus consecuencias, escribe el profesor Cócola Gant:

Pero si en un principio la monumentalización de la ciudad histórica fue un proyecto de la burguesía local con el fin de exhibir la arquitectura nacional catalana, en la práctica las obras sólo pudieron justificarse por los ingresos que generaría el nuevo turismo urbano, el cual gusta de contemplar edificios de apariencia antiguos, sean o no originales. Por lo tanto, el texto analiza el uso político del pasado y su posterior conversión en una mercancía cualquiera, enmarcando el análisis dentro del llamado “marketing urbano”, cuyo objetivo es crear marcas con las ciudades para posicionarse en el mercado internacional que compite por la atracción de inversiones y turistas.

Hay que reconocer la visión económica que tuvieron los creadores de este fraude patrimonial. Hoy, ese escenario, el Barrio Gótico, es el principal gancho turístico internacional de la ciudad, junto con la Sagrada Familia, de una Barcelona convertida en una atracción turística internacional, que a partir de los años 60 pero sobre todo tras las Olimpíadas de 1992, se ha convertido en uno de los destinos principales del turismo de masas.

Algunas pinceladas sobre casos notables de la manipulación del patrimonio arquitectónico barcelonés en el último siglo:

El puente de la calle obispo Irurita

El famoso puente de estilo gótico flamígero de la calle Obispo Irurita, situado en la vía que conecta la plaza de la Catedral con la plaza Sant Jaume, fue construido en el año 1928, por el arquitecto Joan Rubió i Bellver, personaje muy vinculado a Antoni Gaudí y a sus ideas, políticamente catalanista y obsesionado con la identidad catalana y las esencias tradicionales de la sociedad catalana.

La función inicial del puente de la calle Obispo Irurita era servir de paso entre el Palau de la Generalitat (entonces ocupado por la Diputación Provincial de Barcelona) y la llamada Casa dels Canonges, que a partir de 1931 sería la residencia de los presidentes de la Generalitat de Catalunya. Hoy es uno de los iconos de la “ciudad medieval”.

La catedral de Barcelona

La catedral de Barcelona o Catedral nueva ꟷla antigua es Santa María del Marꟷ, dedicada primero a la Santa Cruz y posteriormente a Santa Eulalia, primera patrona de la ciudad, se levantó entre los siglos XIII y XV. Hasta finales del siglo XIX, su aspecto frontal era macizo y muy poco atractivo. Con motivo de la Exposición Universal de Barcelona (1888), el banquero Manuel Girona decidió sufragar la construcción de la fachada actual, embelleciendo la primitiva según el gusto gótico medieval y el propio del banquero y sus arquitectos.

Las obras se iniciaron en 1882 y finalizaron en 1900. Se utilizó entonces piedra de Montjuïc, un material poroso de baja calidad que le permitió al banquero Girona ahorrar mucho dinero en el mecenazgo del edificio, pero que al desmenuzarse y desprenderse con el paso del tiempo, obligó a iniciar en 2005 ꟷapenas un siglo despuésꟷ unas importantes obras de rehabilitación de la fachada y las dos torres frontales.

Las nuevas obras han costado millones de euros, aportados en su integridad por patrocinios empresariales y por instituciones públicas, y se han prolongado durante años.

La Sagrada Familia

La construcción del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, iniciada en 1882, quedó interrumpida durante algún tiempo tras la muerte de Gaudí, y parece que se consideró incluso la posibilidad de derribar lo construido, que era entonces una parte pequeña en relación al proyecto original. El 20 de julio de 1936, el taller de Gaudí, situado en la cripta del templo, fue arrasado en el marco de la revolución desencadenada en Barcelona tras la revuelta militar fracasada el día anterior, perdiéndose las maquetas, esbozos, planos y dibujos que dejara Antoni Gaudí. El escritor George Orwell pidió su derribo, y se llegaron a hacer cálculos para saber cuánta dinamita haría falta para volar la construcción. Finalizada la guerra de España, las obras se reiniciaron y lentamente fueron progresando la fachada de la Natividad y las cuatro torres adyacentes, conjunto que ha venido conformando durante décadas el aspecto del templo inacabado que aparecía en imágenes de noticiarios, postales y toda suerte de estampitas religiosas y turísticas.

En 1944, un grupo de arquitectos replanteó la totalidad del proyecto constructivo del templo, supuestamente en la estricta fidelidad al proyecto de Gaudí, pero en realidad reorientándolo hacia las necesidades del discurso, tan grandilocuente como vacío, propio del nacional-catolicismo franquista. El uso de materiales y costes se abarató sensiblemente, y el cemento corriente comenzó a reinar por toda la obra. El programa escultórico se le encargó a Josep María Subirachs, cuya intervención en el templo sufrió un rechazo general en medios culturales barceloneses ante su “atrevimiento”. En los años ochenta y noventa, Subirachs llenó la fachada de la Pasión de extrañas figuras que, en el caso de los soldados romanos, fueron identificados en la prensa de la época como soldados imperiales de la célebre película, entonces de moda, La Guerra de las Galaxias.

En realidad, las prisas experimentadas en la construcción del descomunal templo desde los años 60 y 70 en adelante, vienen obligadas por la presión creciente de un turismo ansioso de consumir ese edificio, a partir del momento en el que primero el turismo japonés, posteriormente el norteamericano, y después el europeo central y nórdico, descubrieron Barcelona, y sobre todo, descubrieron la Sagrada Familia. Abierta la espita del turismo de masas, el negocio no ha parado de crecer hasta que la explosión de la pandemia de COVID en 2020 le ha puesto algún freno.

Aun así, el llamado “ticket de entrada individual de acceso rápido” al presunto monumento cuesta ahora “a partir de 33’80 euros”, dependiendo de los complementos de la visita que se quieran añadir y pagar. Se trata pues de un fabuloso negocio que genera anualmente cientos de millones de euros, gestionado en exclusiva por el arzobispado de Barcelona a través de una sociedad-pantalla. Un negocio carente de la más mínima transparencia, y por el que no se ha pagado ni se paga ninguna clase de impuestos. De hecho, y hasta 2019, la obra, iniciada hacía ya 137 años, carecía incluso de la preceptiva licencia de obras municipal, y por tanto, jamás se había abonado un euro por ella.

Notas:

(1) Agustín Cócola Gant es investigador en el Instituto de Geografia e Ordenamento do Territorio de la Universidad de Lisboa desde 2014. Es doctor en Geografía Humana (Universidad de Cardiff) y doctor en Historia del Arte (Universidad de Barcelona). En 2013 fue investigador en la Academia de España en Roma, donde desarrolló el proyecto La política del pasado en la Roma fascista. En la actualidad investiga sobre turismo, gentrificación, y Airbnb, comparando los casos de Barcelona, Lisboa y Oporto.

(2) El Barrio Gótico de Barcelona. De símbolo nacional a parque temático, artículo de Agustín Cócola Gant, en la revista Scripta Nova, vol. XV, núm. 371, 10 de agosto de 2011, Universidad de Barcelona.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

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