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Del secreto y la guerra


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

La actividad del/la agente de Inteligencia consiste en extraer secretamente información relevante para el interés del Estado. Y en depositar esa información, convenientemente analizada y cotejada, en manos de quienes, desde el poder, deciden. El espionaje y el contraespionaje, actividades centrales de la Inteligencia, no parecen pasar de moda. Cada día surgen, tanto en la realidad como en la pantalla, nuevos episodios que los reactivan. ¿A qué se debe esta vigencia? ¿Por qué han enraizado tanto los relatos de espionaje y contraespionaje, por qué concitan tanta atención en nuestra sociedad sus prácticas secretas?

Caben muchas respuestas. Mas el hilo conductor de todas ellas parece ser, muy presumiblemente, la fascinante atracción que ejerce sobre nosotros el secreto. Máxime si el secreto se refiere a la entraña del poder político, para el cual el espionaje y el contraespionaje oficial, extraoficial o adversario, actúan. ¿Qué hay pues en el secreto político que tanto seduce y atrae?: la propia naturaleza del secreto, que remite a una zona ignota de la realidad no visible o infra-realidad, donde se alojan informaciones y saberes desconocidos.

Si un significante, un sonido, por ejemplo, nos sale al paso, nuestra mente trata de atribuirle un significado, un sentido. Si se dan simultáneamente sonido y sentido, significante y significado, la comprensión será perfecta. Pero en muchas ocasiones, los significantes se nos presentan desprovistos de un significado. Es entonces cuando, de manera casi automática, nuestra mente se dispone a idearlo o averiguarlo. De ahí el enganche hacia un saber desconocido como el que suele esconder la práctica del secreto, concretamente la que el espionaje despliega. ¿A qué información, conocimiento o saber accede el espía?: a un valor que pone en marcha el mecanismo del poder.

Otro componente, más profundo y distinto, es el que convierte al secreto en antídoto contra el tóxico malestar de la realidad política. Veamos un ejemplo cercano. En una sociedad tan intencionalmente polarizada como la española, la realidad política se ve hostigada hoy, de modo permanente, por quienes se proponen impedir que la vida social discurra con naturalidad y deje de generar el bienestar de todos para que tan solo se apropien de él unos pocos: ello revela que el secreto esconde un reclamo profundo, el de la posibilidad de superar ese azogue impuesto, esa persecución fatigante del odio, esa malévola mediocridad tan negativa del No sempiterno a todo, para que, de una vez, estas lacras terminen y den paso a una realidad política distinta y, desde luego, mejor.

Hay un paralelismo entre el secreto y el inconsciente. En el sueño, donde irrumpe el inconsciente de manera rotunda, todo es libérrimo: no hay norma alguna; ni constricción; ni represión. Dentro del sueño somos capaces de transgredir todo tipo de norma y acceder a toda clase de satisfacción de manera irrestricta. A ello coadyuva la memoria visual depositada y almacenada en la retina.

Al decir de los especialistas en el tratamiento del sueño, durante la fase onírica más profunda, el ojo humano del durmiente experimenta un profundo frenesí. Se mueve descontrolada e intermitentemente. Lo hace al modo de un escáner. La función de este movimiento aparentemente irrefrenable consiste en extraer el bastidor gráfico del sueño –no hay sueño sin imágenes-, tarea que el inconsciente realiza en el almacén de recuerdos que la memoria visual del individuo atesora. De ese modo, las selecciona a su albedrío y el sueño se desliza por nuestra imaginación apoyado en un relato de imágenes, cuyo hilo conductor es el deseo. El sueño cumple pues un papel emancipador que la plasticidad libérrima del inconsciente nos permite acariciar y desde ella nos guía hacia un anhelo deseante que la realidad exterior reprime y el inconsciente procura.

Así las cosas, el secreto parece erigirse en la cortina que vela la dolorosa realidad exterior, para iluminar hacia el interior una posibilidad añorada de realidad diferente. Una realidad desprovista ya del sufrimiento y del conflicto que nos imponen situaciones vitales o azarosas, o bien otras, quizá las más dañinas, aleccionadas por gentes irresponsables que ansían o pugnan por ocupar lugares de poder.

Pero hay un nivel ulterior en el proceloso mundo del secreto. Si nos referimos al secreto estatal, un primer rango de conocimiento nos certifica que merced a la práctica de actividades secretas, el Estado se dota de informaciones relevantes para sus intereses que, en las democracias, son los de la nación que lo erige en forma suprema de expresión política. Tales intereses, una vez satisfechos, satisfacen la misión política del Estado de asegurar la continuidad de la nación en la escena territorial y en el tiempo histórico.

A esa misión se une la que el Estado predica de sí mismo: la de armonizar los intereses privados con los intereses públicos, fortificando la cohesión social. Los Estados más virtuosos son aquellos que se ajustan a estos requisitos, pugnan por ellos y los consiguen. Son Estados dotados de una fuerte impronta social. Y tienen tal dote porque dan a la política una finalidad social, es decir, democrática. Pero en el tipo de Estado occidental hegemónico que conocemos, esa armonía se ha roto y si existió algún día, ya no existe. Priman los intereses particulares sobre los mayoritarios: lo vemos allí en la distribución tan desigual, antidemocrática e injusta no solo de la riqueza sino la del propio poder y los efectos de erosión de la convivencia que allí observamos, frisando la conflagración civil.

Por ello, el modelo de Estado occidental hegemónico que conocemos no puede admitir abiertamente que incumple su misión equilibradora de intereses sociales antagónicos, minoritarios y mayoritarios. Y para ello, para ocultar ese déficit, recurre al secreto. Éste cumple la función no solo de suministrar información estatal relevante, políticamente operativa, sino que se le asigna la prioritaria función de sellar ese déficit de identidad que el Estado percibe, al transgredir su propia misión. Y lo hace para impedir, mediante el secreto, que se sepa que no está al servicio de las mayorías sino que lo ejerce al servicio de minorías.

Esas minorías quieren hoy llevarnos a una nueva guerra en territorio europeo. Y necesitan del secreto para embaucarnos. Pronto surgirán aquí sus corifeos, esos que nos amargan la vida a diario. Pero la Historia certifica y documenta que ante la disolución de la URSS, se dieron garantías occidentales a Moscú, por parte de George Bush, Helmut Kohl, Francois Mitterrand y John Major, máximos responsables políticos de Estados Unidos, Alemania, Francia e Inglaterra, de que la OTAN no avanzaría “ni una sola pulgada en dirección al Este”, a cambio de facilitar por parte rusa la unificación de Alemania y aceptar su inserción, ya unida, en la Alianza Atlántica. Era condición sine qua non impuesta por Moscú para preservar su seguridad.

Rusia observa ahora el propósito reiterado de Ucrania, desgajada de la URSS, de integrarse en la OTAN y prevé el de Estados Unidos de desplegar armamento nuclear en la frontera meridional rusa. Moscú se siente amenazado y se apresta a impedir tal integración y potencial despliegue armamentístico en su bajo vientre, mediante un despliegue militar en la zona, supuestamente acorde con la amenaza percibida. Amenaza que percibe también desde Polonia y Rumanía, integradas en la OTAN pese a los citados compromisos occidentales incumplidos.

Por ende, la situación así generaba va sin duda a atizar de nuevo el frenesí del secreto estatal, privando a los moradores europeos de averiguar qué es lo que se trama en su contra. Como dicta el sentido común, una nueva guerra, otra vez en Europa, aunque ahora con armas nucleares en presencia, es inadmisible de todo punto. No hay interés alguno en Europa por avalar esa nueva guerra cuyos efectos pueden ser de una letalidad insospechada. Bastantes masacres, con más de cien millones de muertes en las dos contiendas mundiales, sufrió ya este atribulado continente a lo largo del siglo XX.

Exijamos pues a los Estados de Europa que satisfagan los intereses mayoritarios de la población europea a favor de la paz y del arreglo pacífico de los conflictos que, en verdad, existan. Pidámosles que desconfíen de los supuestos aliados transoceánicos, los que exigen a España comparecer militarmente en escenarios tan peligrosos como los que ahora se abren en el Este de Europa, con el riesgo potencial de recibir daños irreparables no solo nosotros, sino todo el continente. Lo más chocante es que mientras se aprestan a desencadenar allí, aliados mediante, una guerra de alcance inimaginable, se dedican simultáneamente, en nuestra propia retaguardia, a armar escandalosamente a un arrogante vecino: lo ceban con armamento de última generación de manera tan irresponsable como para contribuir a crear aquí una situación semejante a la que allí, en el área oriental de Europa, contribuyeron a generar y hoy vemos atizar allí tan inquietantemente.

Confiemos en los servicios de información europeos, que proveen a los Estados continentales de conocimientos aptos para decidir, suministren a sus empleadores información suficiente, veraz y contrastada. Y que con ella consigan disuadirles de embarcarse en aventuras bélicas indeseables, al permitirles comprobar que, en una futura guerra europea, no solo la muerte de decenas de millones de personas se da por descontada sino también, que el propio futuro de la Humanidad se verá gravísimamente comprometido.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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