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¿Añoranza de la Rus de Kiev?


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

La Rus de Kiev (en antiguo eslavo oriental: Кꙑ́ѥвьска Ру́сь; romanización: Kýievska Rus) fue una federación de tribus eslavas orientales, desde finales del siglo IX hasta mediados del XIII, regida por la dinastía rúrika. Alcanzó su extensión máxima a mediados del siglo XI, cuando se extendía desde el mar Báltico en el norte, hasta el mar Negro en el sur, y desde las cabeceras del Vístula en el oeste, hasta la península de Tamán en el este, ​ y abarcaba a la mayoría de las tribus eslavas orientales. ​

La Rus de Kiev tiene sus orígenes en la fundación de la dinastía rúrika en el 862. Sin embargo, fue durante el reinado del príncipe Oleg (879-912), quien en el año 882, extendió su control de Nóvgorod al valle del río Dniéper, con el fin de proteger el comercio, de las incursiones jázaras en el este, y trasladó su capital a la más estratégica Kiev, cuando se estableció el país. ​ Sviatoslav I (?-972) llevó a cabo la primera gran expansión territorial de la Rus de Kiev. Vladimiro el Grande (980-1015) introdujo la cristiandad en 988 con su propio bautismo y, por decreto, a todos los habitantes de Kiev y más allá. ​ La Rus de Kiev alcanzó su mayor extensión bajo Yaroslav I (1019-1054); sus hijos prepararon y publicaron su primer código legal escrito, la Justicia de la Rus (Rúskaya Pravda), poco después de su muerte. ​ El declive del Estado empezó a finales del siglo XI y durante el XII, cuando se desintegró en varios territorios rivales. ​ Se debilitó aún más por factores económicos, tales como el cese de los lazos comerciales de la Rus con Bizancio, debido a la decadencia de Constantinopla,​ y la subsiguiente disminución de las rutas comerciales en su territorio. El Estado cayó finalmente con la invasión mongola de 1240.

Los actuales pueblos de Bielorrusia, Ucrania y Rusia, además de otros grupos étnicos eslavos, reivindican a la Rus de Kiev como el origen de su legado cultural. ​

Así, a bote pronto, pareciese como si el amigo Putin hubiera perdido el juicio. Ha asegurado que el objetivo de la invasión de Ucrania, es la “desmilitarización y desnazificación” de Ucrania. Hombre, a mi no me gusta un pelo el Presidente ucraniano, pero señales de nazismo, no ha dado ni una hasta hoy. Más bien nos parece que es él, Putin, quien se comporta como una especie de reflejo distorsionado de Hitler.

Escribe el gran historiador inglés Antony Beevor, que es necesario entender la mentalidad de Putin, y el por qué, ahora, ha decidido jugárselo todo en este temeraria aventura en la que, consiga o no su objetivo, es más que probable que destroce, como mínimo, la economía rusa. En su día, Putin se sintió profundamente convulsionado, por la ambición, algo imprudente, sí, de EE.UU. y la OTAN, en la primera década del actual milenio, cuando la idea de promover la democracia en todas partes, se convirtió en una especie de “nueva cruzada”, peligrosamente ingenua.

En abril de 2008, Putin se ¿escandalizó? y se indignó por el comunicado excesivamente triunfalista, emitido tras la Cumbre de Bucarest. Recordemos que en él se decía: “La OTAN acoge con satisfacción, las aspiraciones euroatlantistas de Ucrania y Georgia, de entrar en la OTAN. Hoy hemos acordado que estos países, se convertirán en miembros de la OTAN” ¿De aquellas lluvias estos lodos?

Ocho años más tarde, hoy, esta invasión descarada e intolerable, nos revela hasta que punto ha crecido la ira de Putin a lo largo de los años, dentro de la burbuja aislada de su camarilla del Kremlin. Ni el infierno tiene tanta furia, como la de un dictador, cuyos oponentes no le toman en serio. Pero el intento de Putin, de intelectualizar su justificación para tamaña invasión, es incoherente. No perdamos de vista, que se trata de alguien que declaró alegremente, que la mayor tragedia geopolítica del siglo XX, fue la desintegración de la Unión Soviética y, al mismo tiempo, culpó a Lenin, de permitir que la idea de la autodeterminación, se afianzara en 1917, lo que permitió esa misma desintegración en 1991.

En su incoherente discurso a la nación, su versión de la historia de Ucrania, está completamente distorsionada. Habla del genocidio contra los rusos en el este de Ucrania, un montaje ridículo que nadie cree, pero en ningún momento menciona el Holodomor, la verdadera hambruna genocida lanzada por Stalin en 1932 contra Ucrania, que provocó cuatro millones y medio de muertos. Todo lo que concede son algunos “errores cometidos en distintos periodos de tiempo”.

Putin trata de convencerse de que una identidad ucrania separada, es totalmente artificial por motivos estnonacionalistas, porque Ucrania forma parte “del mismo espacio histórico y espiritual” que Rusia. Somos un “pueblo único” declara. Vive, al parecer, en un mundo de fantasía enloquecida del pasado imperial, cuando declara que “se está creando una anti-Rusia hostil en nuestras tierras históricas”.

“No tenemos intención de ocupar Ucrania”, afirmó al declarar la guerra. Esto puede suponer, que lo que pretende es instalar un Gobierno títere allí. Pero uno tiene la sensación, de que las fuerzas especiales rusas y la inteligencia militar, el GRU, tienen ya las listas de aquellos ucranios que desean eliminar de una forma u otra, para poder conseguir así, convertir el país en un estado satélite, al igual que los Estados de Europa Central en 1945. La historia no se repite, se dice con frecuencia, pero los líderes rusos siempre han tendido a atrapar a su país, en un círculo trágicamente repetitivo.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.

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