HEMEROTECA       EDICIÓN:   ESP   |   AME   |   CAT
Apóyanos ⮕

Apuntes de Estrategia


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

Los conflictos bélicos hacen aflorar doctrinas militares que permanecían adormecidas en los anaqueles de las bibliotecas de los institutos militares. Cuando surgen las contiendas, velozmente se echa mano de los arrumbados tratados y manuales para saber cómo atacar y/o cómo defenderse de la voluntad política que, militarmente, se opone a la propia. Es entonces cuando cabe comprobar la existencia y actualidad de un pensamiento militar ideado, precisamente, para encarar situaciones como los que ahora vivimos (1).

¿Qué nos dice hoy el pensamiento estratégico? Nos dice unas cosas ya escuchadas ayer y otras nuevas; por ejemplo que, para quien la inicia, la guerra es un acto de fuerza destinado a obligar al contrario al cumplimiento de nuestra voluntad. Y que, para conseguirlo, será necesario ponerle en una situación que le resulte más perjudicial que el sacrificio que de él se pretende obtener. Este razonamiento fue ideado por el militar germano Carl von Clausewitz (1780-1831); pese a su veteranía, observamos su actualidad en las acciones militares de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa sobre el territorio de su vecina meridional, Ucrania.

Para vencer en una guerra es preciso decidir qué hacer y hacerlo con antelación a los movimientos del enemigo. Se trata de la cardinal cuestión de la iniciativa. Para pulirla, será necesario especificar el propósito de la acción militar emprendida. Hasta ahora, la iniciativa la han llevado las tropas rusas desplegadas en Ucrania. Y su propósito, según Moscú, ha consistido en intentar desmilitarizarla. Si desmilitarizas a tu vecino, lo neutralizas y tú te fortaleces, ganas poder. Ya el pensador florentino Nicolás Maquiavelo, doscientos años antes de lo que ideara el pensador germano, señalaba el carácter político de todo tipo de acción militar que se precie de tal. Lo que está en juego, siempre, es el poder.

Por ello, porque los estudios sobre el poder se mantienen estancados por razones que trataré de explicar, el desarrollo de las doctrinas militares y estratégicas no ha evolucionado en demasía. Asistimos a operaciones de manual en las acciones bélicas más recientes, que obedecen a concepciones estratégicas clásicas.

Estirón tecnológico

Si ha habido evoluciones sustantivas en los escenarios bélicos, dado enorme estirón experimentado por la tecnología de las armas, que hoy abarca muchos más ámbitos de confrontación de aquellos meramente terrestres o marinos con los que contó a lo largo de la historia. Destacan, entre muchos otros, el del cosmos; el ciberespacio; las redes informáticas; las comunicaciones e incluso, el sustrato geológico donde tiene sus fuentes la energía fósil. Asimismo, la panoplia de armas se ha extendido enormemente desde las nucleares, a las químicas, bacteriológicas, las armas hipersónicas o los drones.

Otro escenario nuevo es el que obedece al desarrollo ilimitado de las percepciones mutuas entre los beligerantes. La batalla de la información es cada vez más importante en las actuales contiendas. La utilización de la mentira, la intoxicación, las medias verdades, los bulos y el manejo de la verosimilitud -que no es lo mismo que la veracidad-, han registrado tal refinamiento, que la comprensión de las intenciones del adversario y del resistente tropieza con una serie de obstáculos infranqueables.

A ello hay que añadir que la Estrategia, como disciplina pensada para conducir la guerra y lograr la victoria –o eludir la derrota- tropieza además con valladares tan altos como los de la incertidumbre, la ambigüedad, la volatilidad y la complejidad que las confrontaciones bélicas presentan. La empiria, la base de acontecimientos sobre la que la Estrategia proyecta su mirada para elevarla al futuro y al largo plazo, resulta irrepetible en cada hecho de armas, por lo cual es casi imposible la generalización.

Con todo, las concepciones sobre el poder permanecen inmutables. En los gabinetes de análisis, señaladamente los occidentales, se dio por muerta y enterrada la razón de Estado como vector político cardinal pero, con tozuda recurrencia, al modo de un siniestro rittornello, su fría lógica reaparece en la escena y se erige, para uno de los bandos en liza, en pauta suprema de poder. Cada vez va siendo más necesario salir de la parálisis en la que las estáticas condiciones sobre que se asienta el poder sepultan el pensamiento político y, por ende, estratégico. Esta parálisis tiene su origen en una inercia secular y también, en un factor cultural de primer orden: la inexistencia en el mundo académico anglosajón, hegemónico desde hace tres siglos a escala mundial, del concepto de Estado. La categoría Estado se subsume en la gubernamentalidad pura y dura, factual, inmediata, táctica. Lo cual implica que se desatiende la importancia crucial del Estado como sujeto político-estratégico de primer orden. Y se inhiben las consecuencias de la actividad política en el largo plazo. Mientras la táctica se desenvuelve en el plazo inmediato, la estrategia sobrevuela y avanza tres estadios más allá de la realidad.

La practicidad anglosajona impermeabilizó el acceso del pensamiento estatal hegeliano a las Universidades y Estados Mayores de Gran Bretaña y de Estados Unidos. Por el contrario, la estatalidad no solo no ha desaparecido, sino que, por vía de la cultura política marxista, permanece incrustada en las doctrinas vigentes en el bloque ruso-chino, pese a sus cambios ideológicos en otros rubros. Y en la estela de esa brecha conceptual, con proyección diplomática, militar y política, nos encontramos ahora.

La principal causa del desentendimiento entre Estados Unidos y Gran Bretaña, de un lado, y Rusia y China, del otro, es que independientemente del sistema económico hoy más o menos homologado entre unos y otros, la Federación Rusa y la República Popular de China se comportan con conciencia de Estados, como sujetos vertebrados de la política internacional, con intereses difusos, mientras que los anglosajones lo hacen en términos de corporaciones difusas, eso sí, con intereses muy concretos.

De ese modo, la política mundial se desenvuelve al modo de un partido de tenis de dobles, donde uno de los equipos se atuviera al reglamento taurino y el otro se rigiera por el del fútbol. Señaladamente el bloque occidental, por el desdén que muestra hacia la esfera de lo estatal, transgrede con frecuencia el Derecho Internacional regido por principios de estatalidad –invasiones de Irak, Afganistán, Libia, hoy Estados fallidos - en esta ocasión vulnerado también por la Federación Rusa al invadir Ucrania.

Es imposible el mutuo entendimiento de uno y otro bloque mientras la categoría Estado no sea o bien compartida conceptualmente por ambos o bien descartada de modo definitivo. Para las concepciones maximalistas, Estado significa una ecuación entre legalidad y legitimidad, equilibrio entre intereses públicos y privados más sintonía entre poder y moralidad. El poder, la ambición, se verían refrenados por la eticidad y la eticidad no devendría en doctrinarismo paralizante de la acción política de poder. Por su parte, las corporaciones, cuyos apologetas encumbran hasta el reino de la libertad absoluta, carecen de una textura tan prieta y se aplican un pragmatismo individualizante y coyuntural según lo demande la situación.

Dos bloques

A grandes rasgos podríamos afirmar que lo que hoy está en juego viene a ser la confrontación entre dos bloques,: uno, que preconiza un capitalismo con Estado y otro, capitalista también, pero desestatalizado. Cada modelo se rige por conductas muy distintas, una estatal-doctrinaria y otra pragmático-presentista. Los unos se rigen con mirada estratégica, proyectada al largo plazo -China planifica a 50 años vista- y otros aplican una mirada táctica. Eso parece ser lo que caracteriza la actual confusión entre modelos políticos, cuya mutua incomprensión ceba el desacuerdo y perfila un horizonte de conflicto perenne. Por eso es tan difícil entender esta guerra desde presupuestos ideológicos básicos y se abomina o se sintoniza con los hechos de armas desde todo el arco de sensibilidades ideo-políticas.

Observamos que, como prevén todos los tratados de Estrategia en torno a la guerra, surge una asimetría: mientras Rusia plantea una contienda bélica militar, Estados Unidos y Gran Bretaña - aleccionan la guerra económico-financiera y, por el momento, declinan de intervenir militarmente de modo directo. Europa se ve sumida en la incertidumbre, escindida entre la fachada oriental y occidental, a la hora de qué hacer y, hasta el momento, por detrás de los dictámenes que Washington y Londres emiten.

La idea de determinados gabinetes y lobbies de Washington, de imponer a Ucrania la condición de integrarse en la OTAN para permitirle acceder a la Unión Europea fue percibido por Moscú como una provocación. Frente a ello, se alzaron voces en defensa de la soberanía irrestricta ucraniana. El resultado de esta confrontación es que sus consecuencias las pagaremos todos en Europa.

No cabe plantear, aún, la pregunta de ¿cómo va a acabar esto? Da la impresión de que, tal vez, puede acabar en seco, mediante la retirada militar rusa de la escena, una vez logrado los objetivos políticos perseguidos por Vladimir Putin: hacerse respetar en el bajo vientre mismo de la Federación Rusa y avisar de las consecuencias a quienes intentan rearmarse en sus fronteras. O bien la guerra puede proseguir si medra la resistencia ucraniana, empero inviable sin un apoyo armamentístico directo de países amigos de Kiev, lo cual implicaría una prolongación del conflicto y una inevitable escalada. Queda asimismo el reto de cómo se gestionará la posguerra, trance realmente peliagudo para unos y, sobre todo, para otros. Sería recomendable barajar una salida política negociada a la crisis, como ha sugerido el académico finlandés, Markuu Kivinen. Pide que Ucrania asuma una neutralidad semejante a la que observa Finlandia desde el desenlace de la Segunda Guerra Mundial. Según subraya, Finlandia, país fronterizo de la Federación Rusa, ha resultado muy beneficiada por esa neutralidad. El país finés, al igual que Austria, no pertenece a la OTAN y si a la Unión Europea.

(1) Estrategia. Una forma de pensar. Federico Aznar Fernández-Montesinos y Andrés González Martín, coordinadores. Editorial Silex. 2021.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

Tu opinión importa. Deja un comentario...


Los comentarios que sumen serán aceptados, las críticas respetuosas serán aceptadas, las collejas con cariño serán aceptadas, pero los insultos o despropósitos manifiestamente falsos no serán aceptados. Muchas gracias.

Periodismo riguroso
y con valores sociales
El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para continuar y garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy con tu apoyo, seguiremos trabajando por un periodismo libre de censuras!
Slider