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Percepciones, dilemas y soluciones


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

La Estrategia es un concepto mal empleado. Se confunde con la táctica, la estratagema y la mera treta; incluso, con la zancadilla. Y se aplica a escenarios dispares como el fútbol, la mercadotecnia o la seducción. Nada más lejos de su concepto. Estrategia es una disciplina política pensante, concerniente a la guerra. Su objeto consiste en idear las líneas generales de los planes para obtener la victoria militar o de poder frente a un adversario que opone su voluntad a la nuestra. Consiste en una visión a largo plazo que, a su vez, rige la táctica, la ejecución del plan previsto aplicado propiamente a la escena del combate para resolverlo a favor.

En el Este de Europa chocan desde hace una década dos designios distintos: hoy, en un lado, toma la forma de una estrategia ofensiva propiamente político-militar desplegada sobre Ucrania por la Federación Rusa; del otro, una táctica ucraniana, militar-defensiva, más otra de naturaleza económico-financiero-comercial, ofensiva, avalada por la Unión Europea, vía OTAN, en consonancia con el interés estratégico, a largo plazo, de Estados Unidos.

El escalón existente entre tales estrategia y táctica compone una asimetría, un desequilibrio que determina el movedizo despliegue de la contienda. Cada una cabe transformarse en su contraria, tal es su dinámica. Veremos cuál prevalece. Pero discurre a través de una senda de sufrimiento, destrucción y éxodo humano a escala bíblica, efectos abominables de la guerra que tiene, asimismo, concretas causas. De no atajarlas, el conflicto proseguirá, incluso si se registran cambios en el liderazgo de uno o ambos contendiente. Sin embargo, el enardecimiento guerrero imperante, generalmente teledirigido aunque cebado por el involucramiento moral que toda guerra desata, se encarga de ocultar la causa que generó la guerra.

Guerra civil

Las relaciones entre Estados vecinos suelen ser conflictivas. Y lo son más aún cuando uno de estos Estado ha surgido de la entraña del Estado contiguo. Es el caso de Ucrania respecto de Rusia, países eslavos ambos. Ucrania se escindió de Rusia en agosto de 1991, al hacer implosión la Unión Soviética bajo la cual ambas permanecieron integradas en el siglo XX. Siglos antes, su unión era un hecho bajo el cetro zarista. Por ello, más que una guerra entre dos Estados distintos -ya que formalmente lo son hoy- parece tratarse de una guerra civil, puesto que los dos comparten un importante patrimonio común, histórico, cultural, vecinal y étnico. Todo lo cual añade a esta contienda un tinte más doloroso aún. Rara es la familia rusa o ucraniana que no posee uno o varios familiares directos en uno u otro país, lo cual otorga a esta guerra, además, la dimensión de un cruel y fratricida desgarro.

En las relaciones entre Estados, la percepción que un Estado tiene sobre las intenciones de su vecino juega un papel mucho más importante que la realidad en sí misma. Rusia percibe como una amenaza a su seguridad la expansión en su frontera meridional de la OTAN, alianza político-militar patroneada por Estados Unidos. Esta alianza ya se ha instalado en una docena de Estados limítrofes o del propio contorno de la Federación Rusa, desde los tres Estados bálticos, Letonia, Estonia Lituania, y Polonia, a Eslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria. Y ello pese a las promesas de Washington, Londres, París y Berlín de no ampliar la OTAN en torno a las fronteras de Rusia.

El antiguo glacis de seguridad que desde esos Estados, entonces comunistas, guarecía mediante el Pacto de Varsovia a la Unión Soviética, precursora de la actual Federación Rusa, es hoy percibido por ésta como un amenazante dogal de inseguridad, fuertemente armado por la OTAN, cuyo último agujero a perforar por la púa de la hebilla de cierre quedaba por completar mediante la prevista entrada de la Alianza Atlántica en Ucrania. Parece como si la Guerra Fría buscara un desenlace bélico que entonces, al implosionar la URSS, no tuvo lugar.

Este país euro-oriental comparte con Rusia una frontera terrestre de 1.560 kilómetros, 400 de ellos hoy en litigio. Ante la posibilidad, percibida desde Moscú como más que probable, de cierre completo del cerco militar en torno suyo, la Federación Rusa envió un enorme contingente militar de 120.000 combatientes, con carros de combate y aeronaves primero a las fronteras comunes y luego al interior de Ucrania, con el fin de disuadir por las armas de tal pretensión al Gobierno de Kiev, capital ucraniana. Y anuncia que no cejará en su empeño, como todo parece indicar, si bien el animus negotiandi de Moscú y de Kiev por conseguir una paz a su respectivo albedrío no parece haber desaparecido de la escena.

Kiev, por su parte, esgrime su condición de Estado soberano y, percibe que su vecino era una amenaza, demostrada ahora con la invasión de su territorio. Planteamiento contrafactual, hoy coherente. Pero, la geopolítica, es decir, la interpretación política del espacio, dado el distinto tamaño, peso político y entidad militar y geoestratégica de la Federación Rusa respecto de Ucrania, impide simetrías imposibles y determina limitaciones entre distintos tipos de vecinos estatales, que, si no se atienden, acarrean peligrosas percepciones de inseguridad, unilateral o mutua, como las que ahora contemplamos.

El arsenal de medidas económicas y financieras decretadas por Bruselas, la capital europea, contra instituciones estatales, económicas, culturales y civiles, así como personas, de la Federación Rusa, es una iniciativa explicable dada la percepción europea occidental de esta guerra como una amenazante invasión inadmisible. Pero existe el riesgo real de que se vuelva sobre el rostro de la Unión Europea al modo de un insólito bumerán, como señalan ya todos los indicadores de precios de los productos energéticos, copiosos en Rusia, que constituyen la base industrial de los países europeos concernidos. También la agricultura, la ciencia, la cultura y el deporte continentales se van a ver ampliamente zarandeados al ser incluidos entre las medidas de represalia. Nadie sabe por qué integrar legítimamente a Ucrania en la Unión Europea ha de implicar, previa y obligadamente, la entrada de la OTAN en Ucrania. ¿Washington dixit?

El envío de armas

El envío de armas a Ucrania por parte de los países de la Unión Europea, España entre otros, es un precedente inédito. Según algunos, parece fortificar una ansiada autonomía político-militar de la zona occidental del Viejo continente; según otros, se asemeja a un subterfugio para no enviar hombres y mujeres al frente de batalla, lo cual implicaría la escalada bélica y el rechazo de las distintas opiniones públicas, hasta el momento gratificadas por el significado, percibido como solidario, de la medida; empero, a la postre, se duda de que llegue a mitigar la guerra, hoy ya con graves combates navales a añadir a los terrestres y aéreos.

La Federación Rusa, por boca de su presidente, Vladimir Putin, ha señalado que posee armas nucleares para disuadir a quien se oponga a su propósito de asegurar su frontera sur. Y anuncia que persistirá e su empeño hasta conseguir la neutralización militar de Ucrania y la desnazificación del ejército ucraniano. De momento, las autoproclamadas repúblicas independientes de las zonas pro-rusas de Donetzs y Lugansk, cruelmente hostigadas por el ejército ucraniano desde hace 8 años –se habla de 14.000 muertos-, han sido reconocidas de facto por la Duma rusa y por Moscú, al igual que la rusificada Crimea, incorporada por referéndum a la Federación en 2014 y cuyo reconocimiento por Ucrania, hoy negado, Rusia le exige ahora.

Todo ello señala la gravedad de una dinámica bélica cuyo desenlace nadie conoce pero que, como todos los conflictos de naturaleza semejante, alcanzará un elevado precio en vidas humanas y en daños materiales. Así cabe confirmarlos y temer su multiplicación, en el caso de que deriven hacia un descontrol -en todo caso, aterrador- sobre el que China, aliada de Rusia, se ha encargado de alertar. Sin embargo, flota en el ambiente cierta idea de autocontención por parte del mando de las tropas rusas, con miras quizá a facilitar una posible negociación, donde el quid de la cuestión, según los expertos más cualificados, consistiría en la retirada militar rusa de Ucrania y en la renuncia de Kiev a dar entrada en su país a la OTAN, bien que resuelva meterse en la UE. Otras miradas ven el refreno militar ruso forzado por la resistencia ucraniana.

Dilema resuelto

Desde una perspectiva ideológica, la memoria sitúa en pasadas guerras las principales contiendas en el seno de la izquierda, socialista y comunista, respectivamente, como la honda escisión operada respectivamente en sus filas que acarreó el dilema entre la incorporación o el desenganche de los partidos obreros en torno a combatir o no en la Primera Guerra Mundial. Tal dilema desunió a la izquierda, aunque propició la viabilidad de la Revolución Soviética en 1917. Y ello a costa de la pérdida de diez extensos territorios integrados hasta entonces en la Rusia zarista; entre ellos figuraban Ucrania, más los países bálticos, Estonia, Letonia y Lituania, reintegrados poco después a la URSS a partir de 1939. Tras la implosión de ésta en 1990, son hoy Estados independientes.

Acercando más el foco a España, la necesidad de mantener los difíciles equilibrios dentro del Gobierno de coalición, no obsta para que la ineludible unidad de acción gubernamental admita las distinciones de percepción al respecto de la guerra, como así sucede en las formaciones políticas integrantes, donde coexisten puntos de vista diferentes respecto de la forma de atajar la guerra ruso-ucraniana. Si bien la prudencia impone la contención, la obligada libertad expresiva y de percepción en el seno de los partidos y formaciones coaligadas es una muestra de la pluralidad que signa toda coalición que se precie de tal. La legitimidad gubernamental no está en duda: todos sus mentores contribuyen, política, ideológica -y electoralmente- a su fortificación. Prescindir o escindirse del Gobierno coaligado, abriría el paso aritmético electoral a un Gobierno fantasmal de una derecha aún hoy acéfala, sepultada por su anterior jefatura partidaria en la ambigüedad ideológica más pusilánime y en la irrelevancia del insulto como disfraz de una incompetencia política clamorosa.

Apostar hoy por un apresurado consenso al modo de las grosse coalitionen socialista-conservadora implicaría, casi con certeza y por imposición ajena, un rebaje profundo de la vocación social manifiesta y legitimadora de este Gobierno coaligado y una erosión electoral previsible. El Gobierno en el Estado español no puede quedar, mucho menos ahora, ni compartido con, -ni al pairo de-, una organización hasta el momento trufada por la corrupción, el infantilismo político y con el riesgo de ser patroneada por quienes, teniendo derecho a pensar ideológicamente como quieran -gracias a una Constitución en cuyos fundamentos democráticos parecen no creer- en realidad abominan de la democracia y de sus avances igualitarios, como formas supremas de convivencia que los españoles nos hemos dado.

Mazazo a la democracia

Hay que dar tiempo, deportivamente, a la derecha para que se reponga; mostraba ciertos síntomas de que iniciaba un nuevo rumbo desde sus filas. Pero la entrada de Vox en el Gobierno de Castilla y León es un mazazo contra las esperanzas que los demócratas albergaban de contar con el principal partido de la derecha para cortar el paso a sus principales enemigos. Con todo, no adelantemos acontecimientos hasta que sus futuros responsables no asuman de lleno la ardua tarea que tienen por delante y superen las serias amenazas y sospechas que persisten a su espalda. Pésimo debut aguarda no obstante al candidato único si ha de pechar con los efectos de esta amarga celada, que podría haberse negado a aceptar. Confiemos en que no da una espantada.

En cuanto a la izquierda y sus aliados, acomodar la estrategia del largo plazo estatal con la táctica del quehacer gubernamental es tarea de su competencia inmediata. No cabe olvidar que, hasta hoy, ha sabido resolver con desenvoltura y responsabilidad social tal acomodo, en los dificilísimos trances afrontados ininterrumpidamente desde el minuto cero de su mandato. Por consiguiente, nada hay que temer. El camino está libre para trabajar con aplicación y método, calibrando audacia y prudencia en esa ecuación virtuosa que llamamos política. La próxima cumbre de la OTAN en Madrid será otro trámite más a superar unidos, muy a pesar de aquellos que, desde aquí y desde allá, quieren truncar, sin conseguirlo, la experiencia gubernamental española socialmente más innovadora desde hace décadas.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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