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Tiempos de confusión


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El posliberalismo se impone como actitud y pensamiento en muchos movimientos políticos, algunos de los cuales, especialmente en el Este de Europa, han logrado hacerse con el poder y constituir lo que el húngaro Orban llama estados iliberales. Se mantiene la terminología y formas del Estado de derecho, pero subvierten los valores y los equilibrios más allá del mantenimiento de las elecciones como modalidad de legitimación. Especialmente, se pervierte la división de poderes, sometiendo el poder ejecutivo, o intentándolo, a los poderes legislativo y judicial y generar una dinámica polarizadora que acaba con la libre concurrencia de proyectos, políticas y opiniones por una tendencia al unanimismo forzado a partir de todos los mecanismos en manos del Estado y, muy especialmente, a un uso especialmente perverso de las posibilidades encuadradoras del instrumental digital.

Precisamente, la Rusia de Putin representa un modelo de autoritarismo democrático. Un sistema autocrático constituido mediante elecciones, pero en el que no impera el Estado de derecho. Como pone de manifiesto con la agresión a Ucrania, ningún respeto por los valores inherentes al predominio de la libertad. Rusia, de hecho, no tiene una tradición ni una cultura liberal a la que atenerse. Pasó del zarismo al comunismo, sin un período burgués y de democracia parlamentaria. Su realidad actual poco tiene que ver con la recuperación y refugio en los valores tradicionales del país. A la caída del modelo soviético, tomaron el control económico y político los oligarcas y los “listos” del antiguo régimen que supieron reubicarse a tiempo, como fue el caso de Putin. Su desprecio por las normas y la cultura democráticas es absoluto. Combinan los términos de la democracia liberal con una sobredosis de nacionalismo y un imaginario de reconstrucción del gran imperio pasado.

Lo cierto es que toda sociedad, para tener un mínimo de cohesión, requiere elementos de adscripción. Conceptos de “ciudadanía” o de “civismo” son cruciales en las sociedades democráticas maduras, pero se han evidenciado como demasiado abstractos. Hay que conformar un “nosotros” que requiere aspectos emocionales de vinculación, pero lo importante es que estos tengan laicidad suficiente para que no se conviertan en formas de identidad nacional supremacista, irracional y excluyente. Las sociedades actuales son multiculturales o simplemente no son. Pero lo cierto, es que las políticas de la multiculturalidad tienden a generar una dispersión en “identidades menores” radicalizadas.

El populismo en su versión derechista, o de nueva extrema derecha, pretende retornar a la vieja fórmula de la soberanía estatal, con fronteras precisas y delimitadas, homogeneidad cultural interna y valores tradicionales frente a la nueva diversidad defendida desde el progresismo. Resulta bastante paradójico, el hecho de que esta derecha pretenda rehacer la cohesión y los vínculos de proximidad que la globalización, que tan festivamente defendió, ha creado. Enfrente, la izquierda transmutada en identitaria y ya no de clase, impulsa luchas sociales específicas sin un proyecto de emancipación económico y político global, como si el futuro se pusiera en manos de la adoración de pequeños dioses particulares erigidos o cooptados en el extenso mercado de la diversidad. Ya no existe una noción de ciudadanía única o de comunidad nacional específica, sino un sinfín de grupos tribales que se arrogan el derecho a la primacía de sus preocupaciones y a condicionar el conjunto social. Aquí, la importancia del enemigo resulta especialmente clave.

En esta “gran confusión”, en palabras del politólogo francés Philippe Corcuff, es la extrema derecha la que se mueve con ventaja. Utiliza un lenguaje provocativo, ridiculiza las preocupaciones sectoriales de los grupos progresistas y transmite una situación de caos. De hecho, es esa derecha extrema y desacomplejada la que actúa como rebelde ante la corrección política y la facilidad para ofenderse de la sociedad progresista. En Francia, Italia o España, es la nueva derecha populista la que marca la agenda política y establece los temas de debate público. La reacción como resorte de la izquierda bienpensante no hace sino multiplicar el efecto de sus mensajes y la sonrisa entre cínica y burlona de su nueva y amplia base social. Las ideologías tradicionales que resultaban fáciles de ubicar ahora ya no se mueven con las lógicas antiguas. De hecho, los vínculos caprichosos y caóticos que se establecen entre identidades e ideologías generan híbridos a menudo incomprensibles y aparentemente contradictorios. Moralismo estricto en grupos de izquierda y la extrema derecha leyendo a Gramsci o Lenin.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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