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Una pregunta a Feijóo


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)
Alberto Núñez Feijóo en una imagen del Partido Popular. Alberto Núñez Feijóo en una imagen del Partido Popular.

El propósito de Alberto Núñez Feijóo, líder in pectore del Partido Popular, de formar un órgano áulico de orientación política al margen del PP tiene distintas lecturas. La interpretación más aviesa vendría a descifrar su propósito como expresión refinadamente galaica de la desconfianza que él muestra hacia un partido, el suyo, de cuya actual descompostura cree haber tenido muy poco que ver. Por otra parte, la interpretación benévola, dado que se encuentra en esos cien días de gracia que cabe otorgar a todo líder en ciernes, permite atribuirle cierta sensibilidad hacia la sociedad civil, de la cual se propone extraer personas que le brinden ideas, reflexiones e indicaciones ajenas para mejorar el quehacer político de los llamados populares. Con todo, una y otra interpretaciones revelan un evidente déficit de ideas propias, intramuros del partido de la gaviota. Se trata de todo un síntoma de la desertización que ha arrasado sus filas tras el reciente paso – y en algunos casos, aún estadía- por su dirección de personas frívolas, aventureras y rencorosas, incapacitadas para la rectoría política no solo del PP, sino de todo tipo de partido.

Pero esto no es atributo único del Partido Popular. Otras formaciones políticas, muchas de las estatales, nacionales y regionales, muestran que su actual hechura como partidos políticos o movimientos deja mucho que desear; señaladamente, en cuanto se refiere a la participación democrática de sus bases, cuadros intermedios y congresos en la ideación, la discusión y la acción políticas. A grandes rasgos, los partidos en España se caracterizan por su extremada y verticalizada jerarquización, por la dependencia casi absoluta y sin control democrático de sus cúpulas, presidentes, secretarios generales y portavoces parlamentarios, a veces coincidentes y, sobre todo, por su incomprensible apoliticismo.

Puede parecer sorprendente, pero ese apoliticismo es uno de los denominadores comunes de los partidos políticos en España. Donde no hay discusión, ni ideas, ni crítica, ni autocrítica, no puede haber política. Y donde no hay política, el apoliticismo echa raíces y cobra todo su empaque mientras adopta ropajes ora autoritarios, ora burocráticos, en cualquier caso inútiles para la mínima mejora de la cosa pública. Se sabe a quién suele beneficiar el desdén apolítico. Ya aquel señor alemán de grandes barbas blancas y ancho trasero -a costa de pasar horas y horas de estudio en el Museo Británico-, así como su entrañable amigo Federico, escribían en torno a 1853 que la clase obrera en España topaba con un apoliticismo que impedía la cristalización de una organización política eficaz, mientras la burguesía hispana, por mor de otro apoliticismo peculiar, se mostraba incapaz de pergeñar un proyecto político propio, dando entrada en la política a arribistas y espadones de toda laya.

Más allá de los partidos, cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿quién aquí, en nuestros lares, conoce los nombres del concejal de su distrito, de los representantes regionales en la Asamblea de su Comunidad Autónoma, o bien cómo se llaman, quiénes son y qué es lo que hacen los diputados o senadores que, en teoría, representan nuestros intereses ante los distintos organismos representativos que caracterizan formalmente una democracia? ¿Alguien ha acudido al Congreso de los Diputados o al Senado a preguntarles algo o a pedirles cuenta de lo que hace o lo que dice tal o cual congresista o senador en nombre de sus representados? Con los dedos de una mano contaríamos el número de quienes les consultan, conocen y saben cómo invierten su tiempo. Da envidia ver en otros países de nuestro entorno europeo, cómo representantes políticos electos mantienen abiertas oficinas específicamente montadas para atender a los electores de sus respectivas circunscripciones o bien a ciudadanos en general, para lo cual destinan recursos y asesores propios especializados.

La vida interior de los partidos en España es, en casi todos los casos, lamentable. No siempre fue así y no todos los gatos son pardos, desde luego. Los partidos de la izquierda comunista, socialista y los de la izquierda anarquista, troskista o maoísta, aprendieron bien la lección organizativa durante el franquismo, que los postró en una feroz clandestinidad si bien, pese a su dureza, lograron sobrellevarla y rentabilizarla ética y políticamente, precisamente con eso, con organización: reuniones frecuentes; información interna y externa; análisis de coyuntura, más la secuencia añadida de discusión, crítica y, al cabo, unidad de acción. Aquello se denominaba en ocasiones “centralismo democrático. Tuvo sus derivas pero, a grandes rasgos, funcionó eficazmente. Todo ello les procuró una altura estratégica de miras y una destreza táctica que el franquismo y su policía política no consiguieron yugular. Por contra, lograron burlarlos al uno y a la otra al procurar, para todos y todas, el sistema de libertades del que hoy disfrutamos, sin percatarnos muchas veces de lo que tal gesta costó a sus protagonistas, en sangre, prisión, resistencia y sacrificio.

Empero, hoy queda poco de aquella disciplina partidaria, en la cual las cuotas eran sagradas, al igual que la asistencia, la participación y la iniciativa en los debates internos y públicos, más la lealtad, signadas por una contundente resiliencia, una capacidad a toda prueba para afrontar la adversidad de la lucha clandestina. En la actualidad, cabe afirmar que la gran mayoría de los partidos españoles se ha convertido en un entramado de organizaciones burocráticas que solo se activan -y muy pobremente- en vísperas electorales, en las que se convoca a las bases únicamente para la aclamación mientras, en el día a día, el control democrático de los dirigentes es una auténtica entelequia.

A las reuniones de tal o cual partido únicamente se asiste cuando cabe que a uno le caiga en gracia integrar una candidatura ante un evento electoral cercano, eso sí, rara vez por méritos propios sino más bien por afinidad o familiaridad con un cuadro directivo. Y también -sobre todo en las formaciones de derecha, como atestiguan los jueces-, cuando algún directivo propone un negocio lucrativo, una asignación de subcontrata o cosas semejantes. Y muy poco más. Bueno, eso sí, la asistencia se recrece cuando surge una movida en la cual se trata de apuñalar a un rival del mismo partido, momento en el que aflora el espíritu inquisitorial rumiado durante siglos en este atribulado país nuestro.

Ante este panorama, ¿qué cabe hacer? Cabe repensar en profundidad los partidos políticos, su estructura, sus fines y su función social, entroncándolas en el seno mismo de la democracia. Sin partidos democratizados, transparentes, intelectualmente activos, críticos y productores de imaginación, de moralidad pública y de medidas prácticas, no hay calidad democrática alguna. Y sin calidad democrática, la legalidad y la legitimidad, claves sustanciales de la política, se desvanecen para dar paso al autoritarismo, al odioso ordeno y mando, al “tú no sabes con quien te la estás jugando” y toda esa recua de prácticas soeces que tan reiteradamente reaparece en la hispana escena política cotidiana. Los partidos políticos deben hacer una inmersión en la sociedad y enseñarle a hacer política, a movilizar energías colectivas sobre la base de una didáctica constitucional democrática, tarea que en su día cumplieron y de la cual parecen hoy haber abdicado. Pero, por encima de todo, el saneamiento de la vida democrática en los partidos políticos es una cuestión de responsabilidad, individual y colectiva.

Viene al caso recordar una anécdota de gran alcance didáctico, registrada en una sesión cerrada del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en febrero de 1956. En el estrado, Nikita Kruschev (1894-1971), ya secretario general del PCUS; desde el atril, denuncia los crímenes, exacciones y arbitrariedades cometidos por Josif Dhugasvilli, Stalin durante las décadas de su mandato al frente de la URSS. El alegato antiestalinista del orondo campesino de Kursk conmueve y hace estremecer al Buró Político soviético. Hay una pausa; salen de la sala los dirigentes allí reunidos, para reponerse del estupor por lo escuchado. Tras una media hora, todos y todas regresan a la sala. Sobre el estrado, alguien ha depositado una nota. En ella ha escrito: “Muy bien camarada Nikita. Todo eso que cuentas del camarada Stalin está muy bien. Pero… ¿dónde estabas tú cuando él perpetraba esos crímenes?” (Nikita formaba parte del Buró Político de la URSS junto a Stalin, tras haber sido Comisario Político del Ejército Rojo en la decisiva batalla y victoria de Stalingrado contra Hitler, entre otras altas responsabilidades).

Kruschev regresa al estrado; toma en sus manos el escrito y lo lee en voz alta. Termina de leerlo. Entonces, pregunta: “¿Por favor, dónde está la persona que, mientras estábamos fuera, ha dejado sobre el atril esta nota en la que me pregunta dónde estaba yo entonces?” Silencio en la sala. “¿Dónde está esa persona?”, repite su demanda. Nadie habla. Ni siquiera se escucha el vuelo de una mosca. Es entonces cuando Nikita Krushchev, estira el dedo índice de su mano izquierda y lo apunta hacia la sala: “Ahí, ahí mismo estaba yo”. La responsabilidad, ese factor clave de las organizaciones políticas.

Guardando las obvias distancias, si en el –también- XX Congreso Nacional del PP que se celebra ahora en Sevilla, a algún alguien se le ocurre preguntar a Alberto Núñez Feijóo, dirigente partidario, por dónde estaba él cuando el Partido Popular sucumbía, se debilitaba y desacreditaba en manos de un mozalbete irresponsable y trapacero, confiemos en que el genio que se atribuye a la galleguidad brinde al presidente de la Xunta una escapatoria ingeniosa.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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