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En el alambre


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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comparece ante el Pleno para informar de las conclusiones del Consejo Europeo, la cumbre de la OTAN, las relaciones con Marruecos, y la situación del Sáhrara Occidental. / Foto: Eva Ercolanese - PSOE. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comparece ante el Pleno para informar de las conclusiones del Consejo Europeo, la cumbre de la OTAN, las relaciones con Marruecos, y la situación del Sáhrara Occidental. / Foto: Eva Ercolanese - PSOE.

Una de las virtudes políticas de Pedro Sánchez ha sido, sin duda y durante bastante tiempo, la de transmitir serenidad, cierto sentido de la pausa. Frente a problemas ingentes, de difícil gestión y dudosa salida, y con una oposición que ha planteado la llegada del apocalipsis día sí día también, el recurso a la acción tranquila y sensata, el no entrar en la psicosis del nerviosismo ha funcionado razonablemente bien.

En la gestión de la pandemia, cuando todo era oscuro, Salvador Illa aportaba confianza y racionalidad. Cuando el tema de Catalunya parecía alimentar las posturas más extremas, lo que podía entenderse como una quimérica apuesta por el diálogo ha acabado por dar la razón al presidente Sánchez. Lo más caliente del conflicto parece estar ahora bastante desactivado. Pero la invasión de Ucrania ha desatado muchas cosas. Efectos múltiples difíciles de mitigar. Aquí más que tranquilidad lo que emana del gobierno central es directamente descontrol e inacción, una especie de bloqueo paralizador. No sé si los errores son sólo de comunicación, o no se percibe exactamente la dimensión de la tragedia. Los malestares económicos y sociales se multiplican y la espiral de contestación y toma de la calle se multiplican. No es suficiente con contentarse en decir que esto son movilizaciones inducidas desde la extrema derecha. Aunque sea así en parte, la respuesta del gobierno denota una notable desconexión de una realidad donde los malos humores justificados progresan de forma geométrica.

El tema del precio de la energía se arrastra desde hace muchos meses y el encarecimiento del gas por la cuestión de Ucrania no ha hecho más que dispararse. Hace mucho que debía haberse reaccionado conteniendo los precios de la energía eléctrica, abandonando un sistema marginalista de subasta que es incomprensible, ineficiente e injusto. El aumento ahora del precio de la gasolina pone en pie de guerra al sector del transporte por carretera. Lógico. No se puede argumentar que ya se decidirá algo a finales de mes después de un muy anunciado tour de Pedro Sánchez por las cancillerías europeas. La reacción debía haber sido inmediata. Es una cuestión de emergencia, pero también de liderazgo. Ciertamente el teatralizado golpe sobre la mesa en la Comisión Europea le ha funcionado. La declaración de “isla energética” a la Península Ibérica” funciona como bálsamo. La letra pequeña del acuerdo europeo no induce a la tranquilidad. Se reaccionó tarde. El tope del precio de los carburantes resultaba urgente e inevitable. En política es clave dominar los tiempos, y parece evidente que se han dejado de controlar hace semanas. La huelga de camioneros provoca, se sabe de siempre y en todas partes, un efecto multiplicador de las situaciones de crisis, genera caos: bloqueo de carreteras y accesos a las ciudades, desabastecimiento de las industrias y supermercados, psicosis de escasez con tendencias en el acaparamiento... Se ha parado finalmente el golpe, pero el precio reputacional pagado también es muy alto. Un contexto para que a la derecha le resulte fácil hacer un retrato de derrota gubernamental y prepare el asalto al poder. Una situación idónea para Vox que le permite promover, de forma similar a Francia, un movimiento de descontentos con chalecos amarillos, fuera del control de las organizaciones sindicales y políticas tradicionales. Desgobierno.

El repentino cambio de política exterior con relación al Magreb ha terminado de remachar el clavo de la confusión que generan últimamente las acciones e inacciones gubernamentales. Pueden existir explicables razones geopolíticas para alinearse con Marruecos y ahorrarse los recurrentes episodios de presión con las oleadas migratorias, problemas con la pesca o amenaza de la soberanía sobre Ceuta y Melilla. En la situación internacional, Occidente cierra filas y Estados Unidos considera Marruecos un aliado clave para controlar el estrecho y el acceso al Mediterráneo. Pese al compromiso marroquí de dotar al Sahara de un estatuto de autonomía, el gobierno español no podrá evitar la imagen de haber abandonado el Frente Polisario y la mucha gente recluida en los campos de refugiados argelinos a su suerte. Para la cultura y solidaridades de la gente de izquierdas éste es un tema sensible que facilita, aún más, el distanciamiento y los motivos de enfrentamiento con los teóricos aliados gubernamentales. Acercarse a Marruecos implica de forma mecánica confrontarse con Argelia, país que, por cierto, nos abastece de gas natural y que, como parece lógico, ha puesto el grito en el cielo. El fondo del cambio de alianzas puede ser discutible, pero el volantazo repentino sin avisar ni consultar está resultando inaceptable. Se alimenta la imagen de desbarajuste y la mayoría de gobierno se tambalea aún más. Hay algo que los ciudadanos valoramos de nuestros gobernantes, es que sean previsibles. Cuando se tiene la sensación de improvisación, de falta de coherencia e hilo argumental, comienza una desafección que no suele tener camino de regreso.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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