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¿Es irremediable lo predecible?


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

El pasado noviembre fue presentado el informe “Exclusión social y COVID-19: el impacto de la pandemia en la salud, el bienestar y las condiciones de vida de las personas sin hogar”, fruto de una investigación llevada a cabo a instancias de la Federación de Asociaciones y Centros de Ayuda a Marginados (FACIAM), en colaboración con el Instituto Universitario de Desarrollo y Cooperación de la Universidad Complutense de Madrid.

Analiza los impactos de la COVID-19 en la salud, calidad y condiciones de vida de los hombres y mujeres que se desenvuelven en la exclusión social más descarnada y profundiza en los cambios ocasionados por tan inédita vivencia en los procesos hacia el sinhogarismo.

Los resultados no dejan lugar a dudas, ha repercutido negativamente sobre este sector social, muy al contrario de lo que podría pensarse, a priori, a la luz de su aislamiento social y soledad. Se observó un incremento de los casos de personas “sin hogar” crónicas (diferenciando entre los crónicos de la calle y los crónicos de la red asistencial) que vieron agravar su día a día. Los que estaban residenciados en centros de acogida y albergues estuvieron expuestos a un alto riesgo de contagio. Además, por sus particularidades, presentan una alta incidencia de enfermedades respiratorias; tuvieron dificultades de acceso a la atención médica (con los servicios sanitarios saturados); e incluso se vieron imposibilitados en salvaguardar las medidas generales que acometieron el resto de los ciudadanos (confinamiento domiciliario, distanciamiento social estricto, medidas higiénicas…).

Hace dos décadas, S.W. Hwang[1] demostró que su riesgo de muerte era 5,95 veces superior que la población normalizada, entre los que tenían edades entre los 18 y 24 años, y 3 veces mayor entre aquellos entre los 25 y los 44. En esta misma línea, diversas prospecciones efectuadas en ciudades norteamericanas pusieron de relieve que su esperanza media de vida era notablemente inferior al de la ciudadanía “normalizada”, situándose entre los 47 y 51 años (25 menos)[2]. Que decir tiene que la Covid-19 les ha comprometido significativamente.

Revelaremos algunas informaciones de interés puestas sobre la mesa por el precitado estudio de FACIAM. Las mujeres, en consonancia con las escasas exploraciones disponibles, mostraron mayor afectación que los varones, con cuadros de notable malestar psicológico y peor salud física y mental. De igual modo experimentaron, en primera persona, más violencia y aporofobia (particularmente las migrantes). Llamativo resulta el profundo deterioro psicológico de los más jóvenes, tema del que nos hemos ocupado en otras ocasiones en este foro, destacando, su gran fragilidad relacional.

Una cuestión, que ha merecido escasa atención por parte de los especialistas en la materia, es el papel que juega la espiritualidad en su cotidianeidad. FACIAM confirma que es una dimensión que coadyuva en la alta resiliencia que muestran, a la par que les ayuda en sus procesos de recuperación personal. En investigaciones del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales de la UNED, que realiza sobre esta población desde finales de los noventa, confrontamos que la espiritualidad, bien en sentido religioso o no, encierra una cierta esperanza ante su futuro. Reproduzco las palabras de un varón de mediana edad, entrevistado en Madrid, que daba cuenta de su religiosidad en los siguientes términos: “Todos los pobres tienen que serlo… Hay que creer, porque si se va hasta la fe, pues, no hay más solución. Entonces se espera que con un poquitín de fe se pueda ir adelante, aunque uno no ve la manera”. Como vemos, la fe actúa como una especie de ligazón con la vida, que les da ánimo para continuar. Lo anterior coexiste con planteamientos de otro cariz, como los expuestos por varios hombres, también entrevistados en esas fechas: “… verdaderamente, yo tengo mi religión, que soy yo. Yo se que mi Dios morirá conmigo”, o “… yo digo una cosa, que si hubiera Dios, como dice mucha gente, no estaríamos muchas personas como estamos ahora mismo, porque no nos encontraríamos así. Tendríamos trabajo y viviríamos bien y ya está”. Estas últimas declaraciones denotan el escepticismo al que se puede llegar ante formas de exclusión tan dramáticas.

Se reafirma la complejidad del sinhogarismo, como patología social y, la necesidad de abordarla desde una perspectiva interseccional, que justiprecie las diversas dimensiones y efectos que tiene sobre los seres humanos que se posicionan en los márgenes de la sociedad, en la comprensión de que estamos instalados en una cuestión social asociada al quebrantamiento de los derechos humanos más básicos: libertad en todos los órdenes; derecho al trabajo y a una vivienda digna, a la dignidad humana, al honor y a la intimidad; a la participación en asuntos públicos, a la reeducación e inserción social, a la protección de la salud…

¿Qué deberíamos hacer como sociedad? Potenciar el Estado de Bienestar, particularmente, apostar por políticas de protección social integrales (clave es la prevención en este campo) y reconducir la deriva hiper-individualista de sociedades como la nuestra que deja en la cuneta a un número, cada vez más abultado de ciudadanos. La sensibilización pública es fundamental, asimismo poner en valor la vida comunitaria, siguiendo la diferenciación establecida por el sociólogo Ferninand Tönnies entre la idea de comunidad y de sociedad y ofrecer a las personas que caen en el “sinhogarismo” espacios físicos donde vivir, con atención profesional, que les apoye en la recuperación de sus vidas rotas.

Una de las fundadoras de la Sociología Harriet Martineau (1802-1876), olvidada por la comunidad especializada por su condición de mujer, aunque obtuvo un alto reconocimiento en su época, planteó una tipología respecto a lo que denomino “práctica caritativa de una sociedad” (tengamos en cuenta su época y el lenguaje que se manejaba en aquel momento). Diferenció entre el tipo más bajo de caridad, que se ocupaba de “aliviar la presión inmediata del sufrimiento en casos individuales” y el más alto orientado a “la prevención más que al alivio”. Para Martineau, el progreso de una sociedad es posible medirlo por el grado en que “…. se ayuda a los desamparados… expresamente a causa de su desamparo, no por los sentimientos de compasión desatados por el espectáculo de sufrimiento de casos particulares, sino de una manera más noble y abstracta”[3].

Me permito la licencia de dejar en el aire la reflexión sobre si ¿es irremediable lo previsible?, o, dicho de otra forma, ¿no se puede remediar lo que parezca pueda ser previsto o que entra dentro de las previsiones normales? suponiendo y es mucho suponer, por mi parte, que pueda hablarse en términos de previsiones normales. De ser así, hemos normalizado un hecho social que nunca deberíamos haberlo hecho: por justicia y equidad.

Y no debemos aceptarlo…

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[1] S.W. Hwang, “Homeless and Health”, Canadian Medical Association Journal, 2001, Nº 164 (2), págs. 229-23.

[2] D. Plumb,“Homelessness: Care, prevention and public policy”, Annals of Internal Medicine, 1997, Nº 126 (2), págs. 973-975.

[3] Harriet Martineau, How to Observe Morals and Manners, Charles Knight and Company, London, pág. 214. https://books.google.bi/books?id=pKIW4Ql1HicC&printsec=frontcover&hl=es#v=onepage&q&f=false

Para profundizar en las fundadoras de la Sociología, véase, Patricia M. Lengermann y Gillian Niebrugge, Fundadoras de la Sociología y la Teoría Social 1830-1930, CIS, 2019.

Nacida en Ingolstadt Donau (Alemania). Doctora en Ciencias Políticas y Sociología. Catedrática de Sociología de la UNED. Es autora de un centenar de publicaciones sobre los impactos sociales de la Biotecnología, exclusión social, personas “sin hogar”, familia, juventud, inmigración, etc.

Es miembro y secretaria del equipo de investigación del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) de la UNED. Ha participado en una treintena de proyectos de investigación. Es evaluadora habitual de revistas de Ciencias Sociales españolas e internacionales.

Desempeña tareas de gestión en la UNED desde el año 1996. Ha sido secretaria del Departamento de Sociología III (Tendencias Sociales) y subdirectora del mismo. Asimismo, coordinadora del Máster en Problemas Sociales y del Programa de Doctorado en Análisis de los Problemas Sociales de la UNED.

En el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha sido coordinadora y evaluadora de becas dentro del Área científica Ciencias Sociales.

Miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida (1997-2010), vocal de la Comisión de Bioética de la UNED y Vocal Titular del Foro Local de “Personas sin Hogar” del Ayuntamiento de Madrid.

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