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La hora del talento


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Cuatro componentes comparecen en el análisis de todo conflicto geopolítico. Por conflicto geopolítico se entiende aquel que versa sobre el poder y el espacio -territorial, aéreo, marítimo o espacial-, en disputa entre distintos Estados. Los cuatro componentes hay que tenerlos en cuenta para aproximarse a una comprensión cabal de este tipo de trasunto, uno de los más enjundiosos de cuantos nos salen al paso. Tales elementos comparecen en el examen de toda constelación geopolítica y son: la complejidad de las relaciones interestatales, señaladamente entre Estados vecinos; las percepciones sobre intereses e intenciones propios y ajenos; las intersecciones o zonas de litigios compartidos; y la conflictividad resultante.Los cuatro componentes interactúan y se imbrican de tal manera que generan un extenso abanico de posibilidades interpretativas y de gestión de cada una de ellas.

La complejidad se refiere al grado de dificultad que arrostran los problemas geopolíticos, los que enfrentan Estados y acostumbran guiarles a la guerra. Las percepciones aluden a la forma particular de cada Estado de interpretar esa complejidad de intereses e intenciones en liza, caracterizada porque, en ocasiones, devienen en intersecciones concernientes a entidades estatales que las comparten. Y la conflictividad subraya el potencial antagónico subyacente a la tríada anterior.

Un examen detallado de la situación político-militar de la guerra en Ucrania ha puesto de manifiesto la complejidad del enfrentamiento, caracterizado por centenares de items en presencia. Se trata de elementos históricos, sociales, económicos, culturales, religiosos, identitarios, que entran en fricción o se solapan... Las intersecciones vendrían dadas por la propia sustancia de las disputas en cada uno de los escenarios solapados y descritos. Mas, ha quedado claro el papel determinante que ha desempeñado en el desencadenamiento de la guerra la percepción de inseguridad mostrada por Rusia, al sentirse rodeada por el cerco de una decena de países fronterizos, desde el Báltico al Mar Negro, adscritos a una alianza militar, la OTAN, que Moscú considera amenazante. La conflictividad, manifiesta en una guerra de las denominadas preventivas, sería el correlato de todo lo indicado.

Mientras tal percepción de inseguridad, por parte de Rusia, no se desvanezca, mediante un tratado solemne, un acuerdo firme o un pacto mutuo, rubricado y avalado por un compromiso de cumplimiento entre Kiev y Moscú, que garantice asimismo la seguridad ucraniana, la guerra proseguirá, independientemente de que sigan al frente de sus respectivos Gobiernos quienes ahora son sus titulares.

Muchos son los escenarios que cabe contemplar ante una prolongación de la guerra: victoria militar de uno u otro de los contendientes, no necesariamente asociada a la victoria política consecutiva. Cabe pensar pues en victoria militar y derrota politica o bien en derrota militar y victoria política de cada contendiente. Pero hay salidas híbridas, como una situación de no paz, no guerra, que permita continuar escuchando el rumiar de una hostilidad incesante, presta siempre a desencadenarse.

Como eventual desenlace resalta el de aquellos que barajan reducir a Rusia a la autarquía o a la condición de un Estado fallido. Tal es la apuesta acariciada por alguno de los poderes fácticos que rigen la política mundial desde Washington y que, a su pesar, no se ven repicados por algunos Estados europeos. Desde Europa se columbra que se trataría de apuestas la una muy cara y la otra, sencillamente aberrante, dada su imposibilidad, por el tamaño y la entidad estatal de la Federación Rusa. Entre otras cosas, porque el país eslavo tiene, además, recursos suficientes para encarar esa forma suprema de solipsimo político, económico y militar, no lo olvidemos. Además, no le van a faltar aliados en el denominado Tercer Mundo, ansiosos de acceder a los manantiales energéticos que Rusia atesora. Sería el caso de la India y el de un rosario de países africanos, iberoamericanos y asiáticos, que se sienten ninguneados por Washington, al que estos últimos acusan de querer llevar la guerra también al mar de China, hostigando al laborioso dragón que, de momento, prefiere comerciar que guerrear y hoy se alinea con Rusia porque desconfía de quienes rivalizan con su vecina, por temor a ser ella la próxima rivalizada.

Es la hora del talento. La paz es un imperativo ineludible. Los cañones deben callar y dar paso a la palabra. La guerra de relatos desplegada hasta el momento ha hecho que nadie crea ya casi nada de lo que ve en televisión, escucha en el éter o lee en papel ya que, so capa de información, se ocultan opiniones, rencores y juicios sesgados, amén de verdaderos alegatos belicistas que avergüenzan a los mejores profesionales del Periodismo, oficio de mediación, no de combate, que contemplan su profesión degradada a una beligerancia capaz de arrebatarle todo tipo de credibilidad.

Ucrania es un Estado soberano, que tiene derecho a defenderse y a elegir sus alianzas económicas, como la de adentrarse en la Unión Europea. Pero, para ello, un dictado perverso le impone que debe admitir que la OTAN se instale en su país antes de que su adhesión a la UE sea viable. Esta es, sin duda, la raíz de este terrible conflicto que, como toda guerra, carece de justificación moral alguna, pero que muestra causas evidentes que la desencadenan, como la historia muestra. Las percepciones, concretamente la de inseguridad por parte de Rusia y con fundamentos objetivos, surgen aquí como componentes geopolíticos de extremada importancia.

Europa ha superado dos guerras mundiales; ha visto amistarse a Francia y Alemania, dos de sus bélicos protagonistas antaño enemigos acérrimos. Ha sabido derrotar al nazismo germano y al fascismo italiano. Ha asistido a la unificación alemana, así como al desmantelamiento del Pacto de Varsovia y del Comecon. Ha unificado sus sistemas económicos y ha abdicado, al menos en parte, a ejercer de hegemón mundial, renunciando al colonialismo. En todos estos acontecimientos históricos, la presencia de Europa occidental -y de Rusia- ha sido una constante. ¿No va a ser capaz Europa de solucionar el conflicto ruso-ucraniano? ¿Qué o quién lo impide? ¿Quién se beneficia de la división intraeuropea, cuando todo indicaba que la convivencia y la conllevancia entre Europa y Rusia, tras la implosión de la URSS, era más viable que nunca?

Es llegado el momento de pregonar el lema “Europa para los europeos”, no en el sentido de imponer nuestros problemas al resto del mundo, como hicieran otros, sino en el de dotarnos de la capacidad de solucionarlos por nosotros mismos. Se agradecen todos los esfuerzos de aliados y amigos de Europa para coadyuvar a superar este reto, pero solo a Europa corresponde aportar soluciones en los conflictos y diferendos con nuestros vecinos de Eurasia, Rusia y China, cuya cercanía sensatamente nos obliga a mantener con ellos una vecindad pacífica y mutuamente ventajosa.

A nuestros amigos de allende el océano hemos de demandarles que nos dejen gestionar en paz estos desafíos y que, si bien, su ayuda fue valiosa para derrotar a Hitler y Mussolini -no así a Franco, al que avalaron durante gran parte de su dictadura- los problemas internos que su modelo democrático allí afronta les impide proseguir aquella “misión” presuntamente libertadora que un buen día se autoasignaron como benéficos policías democráticos del mundo; por cierto, misión ampliamente rebasada en el espacio y en el tiempo, trufada además de transgresiones de toda índole. Hoy surge la imperiosa necesidad de un mundo despolicializado, multilateral y autónomo, donde el lenguaje de la sensatez política y de la racionalidad verdaderamente democráticas se abra paso en las relaciones entre los pueblos. Europa, cuna de civilizaciones, coprotagonista de la Historia, fuente de talento, cultura y convivencia, puede y debe asumir su propio destino. Déjennos conquistar este sueño y desde Europa irradiará un poder arbitral de nuevo cuño, capaz de despejar del horizonte la densa bruma que hoy a [email protected] nos ciega.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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