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Sin mirar las cosas del mundo (fides quaerens intellectum)


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

No es de extrañar que algunas personas piensen en no querer volver a mirar al mundo. En realidad, es lo que hace la mayoría al volverse y adentrarse casi sistemáticamente en los programas de televisión que tenemos hoy. Cualquiera -y esto no es cuestión de estudios sino de visión social, de intuición o educación- puede darse cuenta de la gran mentira en la que vivimos. Con franqueza, no sabemos nada de lo que está sucediendo ni en Ucrania ni tampoco los millones de rusos que viven allí, no hay que engañarse. ¿Quién es quién en todo esto? Para conocer la verdad hay que entrar en uno mismo, hay que interiorizarse, como ya se ha visto en San Agustín. Intra in cubiculum mentis tuae, dirá también San Anselmo. Según esto, lo peor que puede hacer el hombre para conocer es mirar las cosas del mundo, porque la verdad, no están en las cosas, sino en Dios, y a Dios no encuentra el hombre en sí mismo. Y como la verdad es Dios, la vía para llegar a ella es la caritas: solo por el amor llegamos a Dios, y solo Dios es la verdad; no es otro el sentido del fides quaerens intellectum de San Anselmo. San Buenaventura va a llamar a la filosofía camino de la mente hacia Dios (Itinerarium mentis in Deum) y se parte de la fe. Con esto queda señalada la situación de la filosofía medieval en sus primeros siglos. Para muchos esta “filosofía medieval” de contemplación divina, donde un Ser Superior gobernaba nuestra vida es la que procede como forma de vida, hoy. Lástima que aquel Dios Superior fuera casi peor que las guerras y rumores de guerras en las que vivimos. Fue el Dios apóstata creado por los hombres, solo que ese concepto, no es Dios. Había que dominar las mentes. Hoy también. ¿porqué? Porque ese mismo concepto de dios del miedo, de dominio se ha multiplicado en muchos dioses. Esos son los que impiden ser feliz al individuo. Es el Dios inventado por los hombres quien vuelve a gobernar -como la edad media- nuestras almas.

En Santo Tomás, la teoría era un saber especulativo, racional. La teología es de fe en cuanto se construye sobre datos sobrenaturales, revelados; pero el hombre trabaja sobre ellos con su razón para interpretarlos y alcanzar un saber teológico. Se supone, por tanto, que hay una adecuación perfecta entre lo que Dios es y la razón humana. Si Dios es logos, según San Juan, y el hombre viene también definido por el logos, hay adecuación entre los dos y es posible un conocimiento de la esencia divina; puede haber una teología racional, aunque esté fundada sobre los datos de la revelación. Ahora bien, si la teología y la filosofía tratan de Dios, ¿en qué se diferencian? Santo Tomás dice que el objeto material de la teología y la filosofía puede ser el mismo cuando hablan de Dios; pero el objeto formal es distinto. La teología accede al ente divino por otros caminos que la filosofía, y por tanto, aunque ese ente sea numéricamente el mismo, se trata de dos objetos formales distintos.

Según Ockam la razón es, en sí, propia del hombre, pero no de Dios; este es omnipotente y no puede estar sometido a ninguna ley, ni siquiera a la de la razón. Esto le parece una limitación inadmisible del albedrío divino. Las cosas son como son, incluso verdaderas o buenas, porque Dios quiere; si Dios quisiera que el matar fuese bueno, o que dos y dos fuesen diecinueve lo serían, -llegarán a decir los continuadores del ockamismo-. Ockam es voluntarista, y no admite nada por encima de la voluntad divina, ni aun la razón, aunque Dios -el padre- sea un Dios razonable.

A partir de este momento, la especulación metafísica se lanza por así decirlo, en una vertiginosa carrera, en la cual el logos, que comenzó por ser esencia de Dios, va a terminar por ser simplemente esencia del hombre. Es el momento, en el siglo XIV, en que Ockam va a afirmar, de una manera textual y taxativa, que la esencia de la divinidad es arbitrariedad, libre albedrío, omnipotencia, y que, por tanto, la necesidad racional es una propiedad exclusiva de los conceptos humanos.

Si Dios no es razón, la razón humana no puede ocuparse de él. La Divinidad deja de ser el gran tema teórico del hombre al acabar la Edad Media, y esto lo separa de Dios. La razón se vuelve a aquellos objetos a los que es adecuada, allí donde puede alcanzar. ¿Cuáles son estos? Ante todo, el hombre mismo, el segundo lugar, el mundo, cuya maravillosa estructura se está descubriendo entonces: estructura no solo racional, sino matemática. El conocimiento simbólico a que nos ha llevado el nominalismo se adapta a la índole matemática de la naturaleza. Y este mundo independiente de Dios -de quien recibió su impulso creador, pero que no tiene que conservarlo- se convierte en el otro gran objeto a que se vuelve la razón humana, al hacerse inaccesible la Divinidad. El hombre y el mundo son los dos grandes temas: por ello el humanismo y la ciencia de la naturaleza, la física moderna, van a ser las ocupaciones del hombre renacentista, que se encuentra alejado de Dios.

Vemos, pues, cómo la historia entera de la filosofía medieval, tomada en sus tres cuestiones más hondas, la de la creación, la de los universales y la de la razón, conduce unitariamente a esta nueva situación en la que va a encontrarse la metafísica moderna. Aquí el hombre, como ya podemos ver vuelve a ser esclavo, rehén de si mismo y de los otros, los que se hacen pasar por el Dios moderno como un gran imitador de “lo bueno”. Ese es el Dios de la guerra, la desconfianza, la mentira, el dominio. Ello crea el miedo en distintas formas, enfermedad, problemas mentales, carencias, soledad, pobreza, violencia…ese el Dios generador de angustia con el que tenemos que combatir, todo el tiempo y donde los “dirigentes” no hacen nada, solo usarlo, manejando sus características contra las personas de bien para, al igual que en la edad media, manejar al individuo.

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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