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LA CAUSA
Una novela por entregas de
Rosa Amor del Olmo
Sonia una joven burguesa madrileña descubre el día de su cumpleaños que su casa está vacía, sus familiares han desaparecido de la manera más extraña. Tiene que abrir un Diario que alguien dejó a la vista en el día de su aniversario. Sorprendida en su propia casa por los Servicios de Inteligencia del Gobierno, la Brigada Político Social (CESIBE), tiene que comenzar una aventura de espionaje, donde Federico Sánchez, Santiago Carrillo, el doctor Poole o el Teniente Coronel Aguado formarán parte directa de su vida.

Una maraña de causalidades entre combatientes de la resistencia en Madrid, descubren a la protagonista una verdad desconocida para ella. Un viaje de pesquisas a Moscú hará de Sonia una nueva persona, afrontando acciones asombrosas al lado de un Nikita Jruschov en decadencia. Los acontecimientos girarán alrededor de un gran todo que es: la causa, donde el fin justificará los medios.
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Capítulo II


(Tiempo de lectura: 8 - 15 minutos)

Los padres de Sonia, Elisa Martínez y Juan Santiago Burgos eran una pareja de bien, terratenientes, pertenecientes a la alta clase burguesa que en la posguerra y como medio de supervivencia, habían creado con éxito una fábrica de químicos. Juan Santiago era ingeniero químico y Elisa había realizado antes de la guerra estudios de empresariales, contabilidad y dirección en la Universidad Central, unos conocimientos que después desarrolló mucho más con su buen hacer y su inteligencia increíble. La fábrica Lavande-Terrier había conseguido lanzar una gama de perfumes cuyo éxito la había convertido en uno de los referentes de la producción española de los años del franquismo. Lo que más y mejor dominaban en la fábrica era la creación de nuevas fórmulas químicas y quien dice químicas dice nucleares solía decir muchas veces Juan Santiago, en tono burlón. La industria química producía muchas cosas más, pero la línea de cosmética y parfum dirigida por Elisa con fragancias únicas, cremas, jabones… Tenía gran éxito entre las burguesas de la sociedad española del momento. Todos sus esfuerzos por exportar estos productos comenzaban a dar resultados muy sustanciosos, y toda mujer quería oler como aquellas que se anunciaban en Lavande-Terrier, entre ellas se encontraba la mujer de Franco. Su línea de complementos con diseño les estaba dando muchos beneficios y popularidad por sus donaciones a orfanatos y su presencia en la vida pública y social.

Elisa era una gran mujer, de cabello rubio, enorme de cuerpo pero no gruesa, una mujer muy proporcionada y siempre se aparecía muy bien peinada, con esos cabellos escarmenados, profesionales, de buenos peluqueros, tal y como correspondía a la costumbre de la época. Vestía a menudo con trajes de chaqueta de colores únicos que los combinaba a la perfección con zapatos a medida y bolsos de marca. Todo elaborado en Francia para ella con su propio diseño. Siempre estaba bien, correcta, elegante, atractiva, igual que su casa que era un muestrario de su carácter y a cualquier hora que uno entrara en esa extraordinaria vivienda, siempre estaba bien, como ella.

Elisa, con el tiempo, abrió una fábrica en una de las naves que al lado de la central Lavande-Terrier se encontraba. Uno de esos bolsos de diseño era el que llevaba Sonia cuando los policías fueron a buscarla a tan perfecta mansión, el bolsito Chanel. Sonia, siempre se había negado a estudiar químicas, a pesar de que sus padres habían insistido mucho. Era hija única, bastante consentida por su familia, que la adoraban de esas maneras que a veces aman los padres a los hijos, pensando que por consentir, cumplen mejor su cometido, errando con ello la mayoría de las veces. Lo cierto es que con Sonia fue distinto, creció honesta, sincera, valiente y con esa actitud de agradecimiento por la vida que se suele tener cuando la persona ha reflexionado en su condición metafísica de la vida.

Al matrimonio Burgos no les quedó otra que aceptar que la heredera del emporio, Sonia, estudiase Letras y Ciencias Políticas, algo que no les hacía ninguna gracia por el momento en que vivían, en pleno régimen franquista. La joven había demostrado tener desde bien pequeña un carácter bastante rebelde y revolucionario. Juan Santiago Burgos era un hombre voluminoso todo él, muy agradable, limpio, con una voz segura y apacible que conquistaba a cualquiera que cruzase con él dos palabras. Sus modales, su alegría, su manera de mover las manos, de entablar una conversación, de mirar, de fumar…todo cuanto él hacía era, lo que podíamos llamar, modales aristocráticos, sin que apenas se apercibiera. Surgía la filantropía de forma natural mezclada con cierto impresionismo obrero. Trajes a medida de sastre, corbatas Lainez, que en aquel momento estaban de plena moda, zapatos siempre de piel, un elegante bastón acompañaba a este grande y majestuoso hombre que fue en su día diplomático. Su educación y caballerosidad —trataba a todo el mundo por igual— le hacían inconfundible, muy respetado por los más de seiscientos empleados que tenía en su fábrica. Todos ellos tenían sueldos por encima de lo que les correspondía, porque Burgos pensaba que el trabajador es lo primero para que una empresa mire el futuro con seguridad.

Trabajaban más de cuatrocientas mujeres a las que les proveía además de seguridad social, horas de descanso y derecho de huelga, entrevistas con los jefes cuando el sindicato o persona elegida por ellos consideraba que alguna cosa había que cambiar. Contaban con una enorme guardería que albergaba niños hasta la edad de 6 años. Las madres podían visitar a sus hijos al menos tres veces al día o hacer coincidir la hora de comida para hacerla en el comedor infantil. Había un gabinete médico dirigido por un amigo de Sonia, el hijo del vecino Doctor Massip, Joseph Massip, a quien contrataron porque su padre decía que tenía ideas revolucionarias y que mejor controlado bajo el señor Burgos. Lo cierto es que Massip hijo, simplemente era un idealista, uno de esos jóvenes que llegan más allá en su profesión y por eso mismo, hasta su padre sentía unos poquitos celos profesionales. Era un joven de éxito y muy trabajador, siempre a disposición del dispensario-consulta instalado en la fábrica de Lavande-Terrier. Tenía ideas muy avanzadas en cirugía ocular que muy pronto pondría en práctica, a pesar de la oposición de sus colegas. Con todo, era un joven de bien, de esos que hacen avanzar las sociedades, muy amigo desde la infancia de Sonia Burgos. Ella le llamaba Pepito.

Cuando Juan Santiago Burgos fue detenido —aunque con formas más respetuosas que cuando los de la DGS detenían a otros delincuentes— en realidad, nada le sorprendió. Mantuvo la calma como siempre y acudió junto a su mujer a los bajos de Sol. Era bastante increíble cómo el Régimen trataba a sus mejores ciudadanos con el autoritarismo que correspondía a sus postulados, incluso si esos ciudadanos pertenecían a la clase burguesa y eran profranquistas. Todo aquello era despotismo.

Entró Sonia, nuestra heroína, en un coche que abajo esperaba, un automóvil de esos negros tétricos que esperan a las puertas de las casas de gente bien con un chófer muy bien vestido. En esta ocasión se dirigía a la sede de la DGS en la Puerta del Sol. Cuando Sonia fue a semejante lugar, entró en el meollo de las brigadas político-sociales, lo primero que se escuchó fueron gritos terribles. Un escalofrío parecía recorrer a cualquier cristiano que a esos avernos bajase. Olía como a humedad, suciedad y humo. Sonia en los infiernos se estremeció, como no podía ser de otra manera. Era tremendo. Bajó hasta los sótanos por los sórdidos pasillos cuya atmósfera estaba impregnada de olor a muerte.

Escoltada por más sabuesos, entró en un despacho principal que estaba ubicado al fondo de una de las galerías según se bajaba un piso, a mano izquierda, unos veinte pasos y luego a mano derecha. La luz había cambiado por completo, a pesar de ser mayo y en Madrid se puede disfrutar ya de muy buen tiempo, sin embargo, bajar a esas estancias era lo mismo que entrar en las catacumbas. Sonia no perdía de vista el camino. Ya se lo sabía de memoria, podría entrar y salir muchas veces, y eso que le habían tapado los ojos, pero por el olor y por su visión remota que controlaba a la perfección, adiestrada por su adoptivo padre Juan Santiago Burgos, sabría encontrar de nuevo el lugar, paso a paso. La luz era cada vez más pobre y los gemidos y golpes seguían y seguían.

Pasó a la estancia, y le hicieron sentar con el pañuelo puesto.

— Perdone señorita, —dijo uno de los perros que la llevaba del brazo—esto tiene que ser así, yo solo cumplo órdenes.

— Ya, ya…imagino. Pero ¿qué más da que vea adónde voy? Yo no soy nadie, soy una chica normal y corriente.

La estancia era un despacho que estaba más o menos cuidado, como con cierto estilo, mesa de despacho de época, muy iluminado, estanterías con libros, un esqueleto de adorno, varias sillas alrededor de una gran mesa. Sin duda se desarrollarían ahí reuniones de gente de alta alcurnia, paredes empapeladas en tela, cuadros buenos decoraban las mismas, sobre la mesa, lámpara verde de despacho, gran bandera franquista permanecía muda, muerta en la esquina de la librería. Las ventanas estaban camufladas por esos cuadros buenos.

Había bolígrafos y plumas de oro, una gran copa emanaba —en esto había desarrollado bastante el olfato en la fábrica de su padre— lo que podía ser un buen whisky de reserva por el fuerte olor a maderas que llegaba a la nariz de Sonia que cual chucho podía reconocer.

De espaldas y fumando presidía ese despacho un hombre alto de anchas espaldas, cintura estrecha, el cabello todo negro con brillantina, un poco largo por detrás dejando caer unos rizos.

— Buenos días, señorita Burgos, dijo el hombre cuya voz se dispersaba hacia el fondo, no se había girado todavía, seguía de espaldas mirando uno de los cuadros que presidía la enorme mesa de escritorio. Sonia, a quien no le habían ni atado las manos con esposas, contestó con fuerte voz y dispuesta a enfrentarle:

— ¿Por qué estoy aquí?

— Pueden marcharse señores, ordenó el hombre a los policías acompañantes de Sonia, ¡ah!, y ¡quítenle el pañuelo!

En el momento en que el atlético caballero se giró, se topó con la joven Sonia, aunque solamente podía verla con un ojo, el otro estaba camuflado bajo un parche. Sonia quedó impresionada, pues no era un hombre precisamente mayor, tenía como unos cuarenta años, pero mejor llevados que los cuarentones de la época. Le agradó a la vista el cabello negro muy poblado y tirado hacia atrás según costumbre fascista, la voz, nariz y boca casi perfectas como diseñadas por Rafael o Da Vinci pintores que Sonia conocía a la perfección. Le recordaba a Elvis Presley. El hombre sonrió con una dentadura blanquísima, sorprendente, como de actor y para sus adentros quedó durante un minuto sin decir nada.

El apuesto militar quedó en cierto modo abstraído observando a la reo con complacencia, con satisfacción, pensando que era exactamente ese tipo de mujer que él esperaba que ella fuera.

— ¿Me conoce Sonia?

— Pues… no, señor, no sé quién es usted. (Lo sabía perfectamente) Sonia se fijó que le faltaban los dedos de una mano.

— Bueno, en efecto, no tiene por qué conocerme, voy vestido de calle, soy el Coronel López Moreno. ¿Usted cumple hoy 30 años, no es verdad?

Sonia, ciertamente perpleja contestó: pues no le conocía a usted, pero encantada. Rápidamente y con los reflejos que a menudo la definían ofreció su mano para saludo, pero con la izquierda para coincidir con la mano buena del que tenía delante. Complaciente el Coronel sonrió a la aterrorizada joven y también saludó con su mano buena. A todas luces podía ser un hombre de bien.

— ¿Cómo sabe usted si cumplo o no años hoy? (Reflexionando en unos velocísimos segundos) ¿Dónde están mis padres?

— Sus padres están bien, señorita. Acompáñeme.

Detrás de uno de los cuadros había una ventana por donde hizo que Sonia mirara. Lo que vio fue tremendo, había una mesa, todo invadido en sangre y un cuerpo sin extremidades mutilado, los miembros sobre la mesa. Sonia suspiró sintiendo que su corazón se adelantaba como si quisiera salir de su pecho.

— ¡Madre mía! Pero, ¿esto qué es? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen? López Moreno, dijo: —Asómese aquí.

Delante de las ventanas que daban a las salas de tortura, había esos cuadros buenos que Sonia ya había memorizado. Movió otro cuadro y tras una ventana estaban sus padres, las caras deformadas por la sangre, recostados sobre dos catres, vivos y cogidos de la mano.

— (Sonia gritó tapándose la cara). ¿Qué significa esto? (gritando con indignación) ¡Mis padres no han hecho nada, son personas de bien!

Nadie jamás podría haber imaginado y mucho menos Sonia, que los Burgos fueran topos, dobles agentes comunistas, pero… Sonia no lo sabía.

— Sí —afirmó el Coronel— yo también he sido siempre una persona de bien…quizás cambié un poco cuando un indeseable que me capturó durante la guerra me sacó el ojo que me falta con su navaja infectada y me cortó uno a uno los dedos de la mano derecha y los del pie.

— (Sonia lanzó de nuevo otro grito casi cómplice del Coronel). ¿Qué es ese salvajismo señor? Por favor, ¿pero, qué quieren de mí? no hagan nada a mis padres, son buenas personas… son, son… amigos de Franco. ¿Por qué están aquí? Ellos son profesionales que se dedican a sus empresas, que llevan una buena vida social… repito, ¡son amigos de los Franco!

— Señorita usted acaba de contestarse a sí misma. Sus padres no sufrirán, incluso podrán salir mañana a dirigir su fábrica y a su vida social, si usted colabora con nosotros.

— ¿Pero si mi padre no ha hecho nada, qué ha hecho? (con voz de mando, casi como un militar.) Es un santo.

— Desde luego, pero su padre Juan Santiago Burgos no es su padre, señorita Sonia, ni la elegante Elisa Martínez es su madre. Bueno (prensando una pipa de fumar) ese es su nombre nuevo.

— ¿Qué dice?

Haciendo una pausa y cogiendo por el hombro a Sonia la acompañó a que se sentara.

— Sonia siéntese. Hoy usted cumple 30 años –repitió por segunda vez- y ha recibido algo muy especial por este día ¿no?

— (Con voz temblorosa pero intentando controlar.) Bueno, mis padres me han dejado esta mañana muy temprano un anillo de oro.

— ¿Y no le han dejado una carta, un diario? ¿Algo que lo explica todo?

— ¿Pero qué tienen que explicarme? (esta vez con auténtica determinación.)

— Bien, Sonia, nos entendemos bien, usted es una mujer sincera e inteligente que seguro va a colaborar con nosotros.

— ¿Con ustedes? ¿Colaborar, yo? ¿Una doctorando en Letras y Humanidades? (con una ironía muy mordaz.)

— Sí, con la unidad de inteligencia que protege nuestro país. (El Coronel con seguridad y mayor determinación que Sonia.)

— Sonia (unos segundos de silencio), usted se llama Sonia Kruschev, usted, es hija de Nikita Kruschev y de Dezvi Ibáñez y esta a su vez hija de Caridad Ibáñez, libertarias, revolucionarias anarquistas y comunistas. Lo peor.

— ¿Cómo?

Imposible que Sonia diera crédito a lo que estaba oyendo.

— Su madre —continuó el Coronel— Dezvi Ibáñez o Esther Rocker, ahora Elisa de Burgos ha sido (pensando), es, una anarquista revolucionaria, farmacéutica que combatió en la guerra civil como francotiradora.

— Usted, miente. ¡Sáquenme de aquí! (con voz marcial de nuevo)

— Pero además de eso, su madre compuso la fórmula de diversas bombas que aniquilaron al menos a 2000 hombres de los nuestros. Cuando terminó la guerra y apoyada por el Partido salió de España a diversos países de Europa. En Ucrania fue donde conoció a Nikita Kruschev, cuando éste era tan solo asistente de Stalin. Tuvieron una relación, digamos amorosa, que casi le cuesta al señor Kruschev su carrera. Una vez que su valiente madre y esto tengo que reconocerlo, fue capturada por los nazis había dado a luz a usted. El señor Nikita (continuó su relato mirándola fijamente) que andaba al tanto de todo lo que le sucedía, como era lógico, había hecho que María Telsya una mujer de confianza se encargara de criarla a usted los primeros meses. Pero el señor Kruschev sabía que lo que su madre había querido siempre es que su hija creciera en España y por ello buscó un hogar, el del ingeniero Burgos. Él acogió a su madre y a usted. Su madre, Elisa, Dezvi, Esther… como quiera que se llame, no pudo tener más hijos. ¿No se lo ha dicho nunca, verdad? Claro que no. A su madre Elisa los nazis le destrozaron en la guerra la vagina quedando de esa manera incapacitada para la maternidad.

Tenía las lágrimas a punto de salir, pero Sonia con su autocontrol de siempre, dominó la situación con frialdad como si nada de lo que estaba oyendo le influyera. Su padre adoptivo Juan Santiago Burgos fue diplomático, embajador de España durante la República en Rusia y por eso había conocido al señor Kruschev.

— ¡Ah! Claro, (sin creerse nada) — contestó Sonia con la misma voz activa del principio. Pero ¿Kruschev?

— Sí, Kruschev. (Mirándola con estupefacción y desconfianza). El hombre de hierro que ahora han destituido sus amigos en la URSS. Está bien, Sonia, seré claro y conciso. ¿Sabía usted que se han sucedido diversos atentados contra Franco, en las cárceles, en el Valle de los Caídos, en el Pardo y en diferentes cuarteles de la Guardia Civil?

— Bueno (con gran tristeza en el corazón), y ¿por qué habría yo de saber eso si el Régimen no da información de nada? (reaccionó a lo que estaba diciendo). Quiero decir, desde el punto de vista periodístico. Además, supongo que es mejor así para que la gente no sienta miedo, no se alarme. (Como cambiando de tema aparentando ignorancia) Esas cosas las he aprendido en La Sección Femenina. (Sonia había cambiado su actitud hacia el Coronel con empatía).

Ahora Sonia tenía a tan solo un palmo al Coronel. El corazón salía y quería salir.

6 comentarios

  • Cecilio Macarrón. Martes, 26 Abril 2022 16:50 Enlace comentario

    Por fin una novela con enjundia a la antigua usanza. Un verdadero placer y un disfrute para los sentidos por su riqueza descriptiva y su léxico refinado. Repito, un auténtico deleite.

  • Amanda Franco Martes, 26 Abril 2022 16:36 Enlace comentario

    Me encanta la trama y cómo está narrado. Ya me he enganchado, ¡qué ganas de seguir leyendo!

  • Berta Riaza Álvarez Martes, 26 Abril 2022 00:36 Enlace comentario

    ¡Genial! Creo que es una muy buena idea e iniciativa publicar por entregas. Felicito a los que hayan decidido hacerlo. He leído con interés y de forma muy apasionada el texto. Me ha encantado, tiene acción, es fantástico. Todo un reto para la autora. Continuamos a seguir sus pasos y los del diario. Gracias.

  • Helene Nunez Lunes, 25 Abril 2022 23:25 Enlace comentario

    Me gusta el enfoque de la trama, es interesante el papel de la protagonista. Me gustaría leerla completa.

  • María Antonia Montiel Domingo, 24 Abril 2022 13:16 Enlace comentario

    Me gusta la historia y la forma en que está escrita, siempre que leo a Rosa Amor del Olmo, tengo que recurrir al diccionario y eso me enriquece. Esperando con ganas el siguiente capítulo. Enhorabuena.

  • Manuel Moreno Rodríguez Domingo, 24 Abril 2022 11:22 Enlace comentario

    Esta genial poder exponer las emociones de ambos bandos, me gusta la línea de la narrativa

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