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LA CAUSA
Una novela por entregas de
Rosa Amor del Olmo
Sonia una joven burguesa madrileña descubre el día de su cumpleaños que su casa está vacía, sus familiares han desaparecido de la manera más extraña. Tiene que abrir un Diario que alguien dejó a la vista en el día de su aniversario. Sorprendida en su propia casa por los Servicios de Inteligencia del Gobierno, la Brigada Político Social (CESIBE), tiene que comenzar una aventura de espionaje, donde Federico Sánchez, Santiago Carrillo, el doctor Poole o el Teniente Coronel Aguado formarán parte directa de su vida.

Una maraña de causalidades entre combatientes de la resistencia en Madrid, descubren a la protagonista una verdad desconocida para ella. Un viaje de pesquisas a Moscú hará de Sonia una nueva persona, afrontando acciones asombrosas al lado de un Nikita Jruschov en decadencia. Los acontecimientos girarán alrededor de un gran todo que es: la causa, donde el fin justificará los medios.
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Capítulo IV


(Tiempo de lectura: 9 - 17 minutos)

Por aquellos años posteriores a la posguerra todo parecía ir bien, tal y como eran los años 65 a 68 en Madrid, un decorado de cartón piedra, el dolor escondido, años de mutismo social y prohibición de comunicar. Un fondo que sustentaba las grandes diferencias que existían entre unos españoles y otros.

Como era de esperar, la clase militar era muy privilegiada, por lo general eran todos del bando o al menos eso se creía, eso sí, vivían tranquilos. Las mujeres subsistían en pisos o chalets comprados con muy poco dinero en El Pardo, al igual que aquellos que decidieron montar un restaurante en dicha localidad, con el tiempo se hicieron de oro. Aquellos valores republicanos ya no existían, por ello, se subsistía.

La iglesia mantenía al completo todos sus privilegios, pero todos, relegando a la mujer a su posición de esposa y santa madre de sus hijos, no había más salida. Estaba en su más alto estatus de poder. Eran esos tiempos en los que el marido ejercía un poder absoluto sobre su esposa, la mentalidad y vida interior se hallaba en manos del sacerdote de turno o de la suegra o del padre. Para la mayoría de edad de cualquier joven ya se había dirigido por completo su vida con pleno poder, claro. No había ninguna cosa que una mujer pudiera hacer sin el consentimiento o de su padre o de su marido o de su sacerdote. Ya se sabía que como una joven quedase embarazada fuera de la clase social que fuera, era seguro que no volvía a ver a su hijo pues había un programa obscuro y soterrado de adopciones y “donaciones” de hijos tutelado en general por algunos médicos sin escrúpulos y por algunas monjas en hospitales y orfanatos. Entremedias otras religiosas –quizá hijas de republicanos– ayudaban a muchas personas en muchos aspectos. Así era la cosa.

Había a pesar de las apariencias de cara al extranjero y de cara hacia los propios españoles, muchísima necesidad de ciertos alimentos, necesidad de vida cultural, de libros que se publicaban fuera de nuestro país. De las muchas carencias que sufrieron los hijos de la posguerra fue la sanidad y en ella aquellos niños que sufrieron el virus de la poliomielitis. Este era al caso de la tía de Sonia, Carmen, hermana de Elisa y su marido Julio quienes tuvieron que pintar de donde no había para que su hijo Jorge saliera adelante con la maldita polio. Carmen vivía en uno de los apartamentos, más pequeños eso sí, del vecindario de la calle Velázquez, número 20 donde habitaba Sonia con sus padres. Allí también subsistían.

Benito con Clara, Carmen y Julio, el pequeño Jorge, el viudo doctor Massip, su cuñada –la del cuarto- Helga Schullmann, más alemana que Hitler, el joven médico Joseph Massip, Gabriel Gómez, el chivato y otros más que descubriremos en breve.

Contaba en el año de 1968 el niño Jorge con 17 años y por lo menos habían conseguido que hiciese una vida más o menos normal, aunque no asistía al colegio pues ponían pegas para aceptar a un niño con aparatos en las piernas, no sabían qué hacer con ellos, por tanto, no estaba escolarizado asistiendo directamente a los exámenes, por motivo de sus cuidados. Se examinaba libre obteniendo con ello muy buenas calificaciones consecuencia de su inteligencia y lucidez inusual. Para Sonia, su primo Jorge era una joya, un alma como de cristal, frágil pero a la vez valiente, era como su hermano.

El tío Julio decía que cuando vivían en el paseo del Prado un día paseando con el bebé Jorgito que era precioso, unas americanas le cogieron en brazos y le contagiaron el virus. A partir de ese momento el precioso bebé de 18 meses tuvo una fiebre altísima y no se tenía de pie. No existían vacunas todavía y en efecto, la enfermedad surgió y se expandió desde los Estados Unidos quienes gracias a su dinero y posición social lograron que el investigador Jonas Salk consiguiera un antídoto para combatir la maldita enfermedad, que se cebaba con los más pequeños y débiles. Cuando dicha vacuna fue útil para muchos niños ya fue demasiado tarde.

En España, estas cosas se vivían todavía peor si cabe, al existir entre la población esas viejas creencias supersticiosas que hablaban de castigos divinos, de genética culpable, de pecadores y demás historias truculentas en lugar de pensar la verdad: era una enfermedad que había entrado al país por contagio y que se podía combatir de no ser porque a los que dirigían nunca les pasaban estas cosas. ¡Qué maldita casualidad! Jorge el primito de Sonia era un encanto de niño, así como tía Carmen una mujer única que luchó por su hijo como nadie, por su enfermedad y para que aprendiera el inglés y miles de cosas. Ella nunca superó esa desgracia sufrida por aquel maravilloso niño a quien todos querían como suyo. Se trasladó al bloque de la calle Velázquez por estar cerca de su hermana Elisa y de su cuñado Juan Santiago quienes les ayudaron. El marido de Carmen, Julio, sobrevivió nadie sabe cómo, pues había pertenecido a la CNT con carnet y todo. En cualquier caso siempre fue el rojo de la familia. Coraje tenía de sobra para cualquier cosa. Se hizo chef de cocina y trabajaba en El Pardo con los militares y oficiales. Cerca de Franco, muy cerca. Cuando Jorge Semprún llegaba a Madrid, se alojaba en casa de Carmen y Julio. No había sospecha para el vigilante Gabriel, Semprún o Federico Sánchez –que tanto era uno como muchos- venía como ese familiar que había estado en la División Azul pero que vivía en Murcia. Tan apuesto como era y educado, miraba directamente a Gabriel cuando se encontraba con él en el ascensor y le daba conversación. Gabriel admiraba la División Azul, aunque muchos de ellos ahí se quedaron en el limbo de la historia y de la sociedad.

En aquella vecindad y por qué no decir, círculo de amigos y familiares cercanos y lejanos, como suele suceder se encontraban los mezquinos: Gabriel Gómez, el compañero de facultad y también vecino, el chivato que vigilaba continuamente cualquier atisbo de desorden. Como Benito y Sonia lo sabían, no quedaba otra que estar muy alerta y fingir constantemente.

— Me conformo con que no se entrometa en mi camino o no me juegue una mala pasada de las de verdad. Decía Sonia sospechando del tal Gabriel. Eso de ir juntos a la Facultad, hacía que nuestra amiga viviera bastante angustiada.

Era normal que todavía hubiera topos por todos sitios, pues el gobierno de Franco sabía que bastantes anarquistas y comunistas se habían infiltrado con nombres falsos entre la población. Se habían sucedido algunos atentados –que pos supuesto se silenciaban- contra militares, policías y contra el propio Franco, con lo que las unidades de vigilancia estaban siempre alerta. Así se vivía en Madrid, atemorizados, la mayoría para no verse envuelto en alguna situación peligrosa sin comerlo ni beberlo.

Como Sonia había tenido la imprudencia de hablar con Gabriel sobre asuntos de política, rápidamente se dio cuenta de que había metido la pata, pues el tal vecino y ahora compañero de Facultad no solo era un fascista redomado, sino que estaba en la Facultad como topo para denunciar a diestro y siniestro. En una ocasión amenazó a Sonia a este respecto. Un completo miserable.

Con razón, más de un compañero de la vecina Facultad de Derecho de Madrid frente a la de Filosofía, había desaparecido sin dejar rastro…el tal Gabrielito los había denunciado sin más, pasando a mejor vida.

En sus ratos libres que no eran muchos, Sonia solía pasar a casa de los vecinos del cuarto a conversar y tomar café con Benito y su esposa Clara. El hombre había sido cesado de su trabajo no hacía mucho y esta situación a Sonia le producía mucha compasión, sobre todo porque veía en la esposa de éste a un monstruo, a una auténtica bruja que solo buscaba sus caprichos.

Benito sentía asfixia desde hacía mucho tiempo cuando comprendió que el papel que le había asignado la sociedad se había terminado, su tiempo de servidumbre de ciudadano había caducado desde tiempo atrás y el hombre, tan sólo había aguantado hasta aquel momento como pudo, tan solo como pudo. Su ideología no le dejaba vivir, por ello solo se encontraba bien en la soledad con la recompensa que te dan los libros como compañeros. Los ratos de conversación con Sonia eran para él como un bálsamo de alegría y paz.

Su esposa Clara, era alguien a quien le gustaba, claro, relacionarse mucho, hablar, asentir, convencer en las conversaciones, sentir aceptación del público, de la gente, del panadero de la esquina, saber de la conformidad del otro. Cómo le queda el pelo o si le sienta bien esta falda y no otra, del camarero del bar donde asistía con sus amigas a tomar el desayuno algún que otro día en semana...ella se movía, le encantaba bailar, salir de compras, mirar escaparates, quedarse en esas plantas bajas de El corte inglés completamente bestiales que huele a perfume que tumba...pasear entre zapatos, mirar aquí y allá, urdir, bullir entre objetos, oler, mirar colores. Al tiempo uno es consciente de su anonimato hasta que por azar llegaba un dependiente de esos especialistas en convencer y que saben lo que hacen, que te observan desde hace rato y te dicen eso de: ¿puedo ayudarle en algo señora?

Benito, era otro tipo de persona mucho más discreta, reservada, sencilla, amable, pero en la sombra de todo lo que hacía, era un gran conversador que había tenido que dejarlo por no tener con quien hacerlo, eso sí, el aspecto físico que presentaba nuestro amigo cuando se le veía en público despistaba sobremanera porque era un hombre bastante atractivo.

Su cabello gris, largo pero cuidado para su edad, siempre muy bien afeitado y limpio, oliendo muy bien, ataviado con ropa bohemia que dejaba ver la comodidad si se tiene en cuenta que pasaba muchas horas sentado. Pantalones anchos con la cintura algo caída, nada de cinturones, ni camisas pegadas, toda su ropa era amplia y de tejidos nobles, foulards, bufandas, siempre muy cómodo el hombre, chaquetas de pana, de comunista le decía su mujer. Un contraste pendular con el estilo de doña Clara, a quien no le faltaba nada que fuera de marca. Todo estaba estudiado. Benito, había sido profesor de filosofía y además era filólogo, pero cuando trabajaba como profesor de filosofía tuvo un tropiezo y le dieron una baja permanente, con lo cual le quedó la posibilidad de dedicarse gran parte de su vida, casi toda, prácticamente a los libros y a los textos. Alguna conferencia impartía muy de vez en cuando en El Ateneo.

—Ya te vas al nido del rojerío y de la masonería, le decía su esposa, con gran acritud. ¡Pues luego no te quejes!

— Pero ¿yo me quejo? Gritaba el ilustrado e inadaptado profesor.

Con el tiempo y su prestigio, encontró un trabajo añadido como corrector de estilo para editoriales, por tanto, se pasaba la mayor parte del tiempo repasando y repasando frases, oraciones, adjetivos que no concordaban ni con el sustantivo, este a su vez tampoco lo hacía con el verbo, coordinadas que se perdían, subordinadas que no encontraban el fin, erratas y más erratas, erratas de la conciencia, del alma misma, de una sintaxis lunática de escritores retorcidos, mal encarados o peor formados. En definitiva, Benito tenía que reescribir todo aquello que no se sabía hacer y en más de alguna ocasión había conseguido un texto extraordinario digno de un autor de Premio, a los que también corregía. Se decía en la soledad de su trabajo:

— Si la gente supiera cómo llegan estos textos, madre mía donde se quedaría ese escritor y qué sería de sus seguidores. 

Como leyendo el pensamiento enseguida su esposa le decía:

— ¿Ves? Eres horrible, ¡corrigiendo! Ahora eres corrector de estilo (se reía a carcajadas.) Pero ¿quién te crees que eres para corregir a nadie?

En una de sus últimas clases sobre Descartes a las que asistía asiduamente Sonia, había otra joven de clase privilegiada como no podía ser menos, se llamaba Lucía. Era la hija de un general de infantería y si estaba allí en la facultad de letras donde acudían todos los rojos era porque la niña Lucía era muy caprichosa y una vez que satisfizo a su padre estudiando Derecho se incorporó a las huestes letradas y filósofas. La joven abogada y estudiante se enamoró del pobre y enmascarado profesor Benito quien era muy sabio para la bondad y muy inocente para la maldad. Sin darse cuenta contestaba a las preguntas de la interesada joven hasta que un día en su despacho Lucía se abalanzó sobre él para tener relaciones sexuales. Benito, hombre honesto y de principios se negó en rotundo enfadándose y expulsándola del despacho. El inteligente profesor nunca pensó en la que le meterían después de rechazar a su alumna. Así fue, una conspiración urdida por la joven quien conocía todas las leyes y todas las maneras de ataque, dio al traste con la reputación del profesor Benito Molina-Armengol quien sufrió todavía más si cabe en su silla de ruedas por alguna paliza de más que recibió en la cárcel por ser un “violador”. Lo único que Benito no quería de ninguna manera es que se descubriera su trabajo como topo, lo demás no le importaba. Acusado de violador… ¡increíble infamia! Con los días y los favores de unos y la intercesión de otros, entre ellos los Burgos lograron demostrar que el profesor Benito era un hombre de bien, aunque enseñara filosofía, y que nunca había dado muestras de comportarse de forma extraña. Era en definitiva un buen vecino y un correcto ciudadano. El juez que tocaba ese día era amigo de Burgos, con lo cual hubo suerte para que soltaran a nuestro apreciado camarada, pero quedó como se ha relatado algo maltrecho por las torturas físicas y psíquicas. Salvó el pellejo pero quedó cesado del ejercicio docente por una temporada.

Aquel mediodía en que vinieron a por Sonia, cuando él la despidió rápidamente apercibiéndose de quiénes se la llevaban y con el corazón destrozado, aquel día tomó conciencia de que su vida terminaría en cualquier momento, cualquier día próximo, quizás como la de Sonia, como la de todos. ¿Por qué uno toma conciencia de eso un día y no otro? Porque sí, por la misma razón que uno nace en el mes de mayo y no en el de abril o diciembre, porque por esa misma razón la persona, el individuo social que tenemos en el cuerpo se tiene que morir un día cualquiera de estos del calendario y no sabemos cuál de ellos será. Como era muy listo, pensó: "si me tengo que morir pronto, entonces dejaré algo importante que pase a la posteridad". 

Esa era de las peores cosas que le puede suceder a un filósofo: tener una familia educada en no pensar. Terrible situación en la que muy poco podía hacer el metafísico rojil.

Nuestro Benito, había adquirido la habilidad de ser feliz, sí, ser feliz cada día a base de repetir las mismas cosas como una rutina de santuario y no podía comprender la vida si no hacía esas pequeñas cosas igual y de forma repetida sistemáticamente día tras día, sin que por supuesto, nadie lo pudiera comprender, mucho menos su mujer. Así es la vida, la persona que mejor debería comprender estas cosas, lo hace, lo asume pero no lo comprende, te critica continuamente, es como si le pareciera mal, lo toma como una manía de trastornado. Estas excentricidades que por otra parte todo el mundo tiene, rituales o como se quiera llamar es lo que le da a la persona la luz roja de hacerle saber que está viva, que se identifica con cada acción porque controla y domina esas acciones, es la persona la que domina las acciones y no al revés. En 1967 la banda ETA colocó una bomba en un repetidor de RTVE que voló por los aires, en Olaezu, cerca de Vitoria, mientras se retransmitía un partido de fútbol entre el Real Madrid y el inter de Milán.

Benito en aquel año viajó en varias ocasiones al país vasco so pretexto de ir personalmente a corregir unas pruebas y a impartir una conferencia en la universidad. Sonia le había acompañado para ayudarle. A nadie le pareció raro. Nadie sospecharía de un pobre hombre en silla de ruedas con una alumna y vecina. Para el 12 de abril de aquel año de 1967 numerosos sacerdotes vascos se manifestaron contra el gobierno civil de Vizcaya reclamando más libertad para los españoles y en particular para el país vasco. Meses más tarde en agosto arrestaron al menos a veinte sacerdotes vascos por sus reivindicaciones nacionalistas. Todos bajo sospecha.

Sonia comenzó su entrenamiento en la academia de Zaragoza. Físicamente –es de ley decirlo- no estaba lejos de adquirir en menos tiempo del reglamentario el entrenamiento necesario. Perdió 10 kilos y su cuerpo se iba transformando en una masculinidad casi inesperada. Salir a correr a cualquier hora que el entrenador lo ordenara, ejercicios de respiración, mejorar el acento de los idiomas que por ser hija de quien era conocía bien. El trabajo más arduo fue mejorar el acento y argot del ruso, aprender a vestirse y recibir instrucciones sobre cómo obtener información.

El coronel López Aguado, cuando la visitó a la Escuela quedó muy complacido del progreso de su joven rehén. Afirmó con voz rotunda:

— Señorita, va usted muy bien.

— No sabía –afirmó Sonia- que matarme a trabajar y no poder ver a mis queridos padres, fuera “ir bien” en la vida. (mirando fijamente y con rabia al coronel.)

— Pongo en su conocimiento que el politburó, (pensando) ¿sabe lo que es?

— Por supuesto que sé lo que es (con arrogancia y fumando con ansiedad)

— Bien, la felicito. Ellos tienen un sistema de espionaje de la KGB de soldados del ejército ruso, pero entrenadas como espías sexuales. Una especie de contraespionaje hacia la CIA… conquistar extranjeros, chantajear…ellas hacen lo que tengan que hacer.

— ¿Que hacen lo que tengan que hacer? De eso no hemos hablado nada. Y ¿qué es eso de dejarse hacer? (Sonia sabía de lo que hablaba pero no quería creerlo)

— Pues por ejemplo, si tienen que abusar de ellas, lo hacen, se entrenan en pornografía, idiomas, saber vestirse…todo. (miraba a Sonia con compasión. La estaba probando.)

— Por ahí no vaya, Coronel. No haré nada de eso.

— Señorita Sonia, no sabemos a lo que se va a enfrentar. ¿Sabe ya como envenenar sin dejar rastro? ¿Sabe hacer fotos con microfilm?

— Lo sé todo, Coronel.

— Por cierto, (con voz dura y algo sarcástica) Ya sé que mañana se va a Moscú, pero hay una pequeña noticia de hoy.

— ¿Noticia? (riéndose) ya no hay aquí noticias para mí.

— Se ha desactivado una célula terrorista (observando su reacción).

— Pues ¿qué bien no? ¿Mejor? Espero que a mis padres les dejen en paz.

— Ahora están en el funeral de un vecino.

— (Disimulando completamente) ¿Un vecino? ¿Quién, (con sarcasmo) mi amigo el doctor Joseph Massip? Ese que tanto odia usted.

— No, señorita Sonia (sabiendo que le conocía). El cabecilla era un profesor de filosofía apartado del ejercicio docente: Benito Molina-Armengol.

— ¡Ah! (interpretando) siempre me ha parecido algo raro él.

— Sí, algo raro, cabecilla de cúpula terrorista.

— Ni idea. (con desprecio.)

Luego la veo señorita, ultimaremos detalles en la cena. Ahora descanse un poco.

Sonia sintió que se quebraba por dentro, como si alguien arrancara su corazón y no podía hacer nada, salió a correr y gritaba como una enferma. Consiguió dominar delante del Coronel todas sus emociones, tal y como estaba previsto. Pero todo lo llevaba dentro y tenía que sacar la rabia.

 

5 comentarios

  • Piotr López Paveliev Jueves, 12 Mayo 2022 14:37 Enlace comentario

    Bravo Obrero, la iniciativa sigue cada vez mejor. Enhorabuena a todos. A ver cómo resuelve la autora el traslado a Moscú de la protagonista. ¡Es un reto muy grande! En cuanto lo lea sabré si ella conoce el país.

  • Alberto Carlos López Martes, 10 Mayo 2022 23:47 Enlace comentario

    Tremendo capitulo, estamos viciados toda la familia ojala una serie de Netflix

  • Samuel Miguel Lozano Martes, 10 Mayo 2022 10:31 Enlace comentario

    Me está gustando está novela por entregas y ya es raro porque mi generación no somos de leer en plataformas así. Me parece casi un guión y está genial que publiquen estas cosas.

  • Rosalía Adrián de Bringas Domingo, 08 Mayo 2022 17:54 Enlace comentario

    De nuevo vuelvo a comentar desde el primer capítulo. ¡Genial! la autora ha logrado supongo lo que pretende, crear suspense, contextualizar la obra, personajes muy atrayentes. Seguimos con entusiasmo esta entrega de El obrero. ¡Gracias!

  • Luís Ángel Marín Ibáñez Domingo, 08 Mayo 2022 15:57 Enlace comentario

    Me parece super intetesante el ritmo y como está viva cada pagina, imposible aburrirte con esa lectura. Muy buena información de ese tiempo...me ha encantado

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