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Twitter


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Quien más quien menos está en Twitter. Es probablemente la red social más influyente, aunque no sea la más numerosa. No tiene más de 15 años de historia, pero las dinámicas que se crean en esta trama de microblogging condicionan sin duda la política, pero otras muchas tomas de decisiones en nuestro mundo. Aparentemente un espacio de opinión libre y contraste de puntos de vista, que funciona en realidad como un universo de presión y de manipulación. Parece una plaza pública, pero el anonimato de los opinadores hace que el todo acabe siendo rudo y poco sensato, donde las dinámicas de difamación y persecución pueden resultar a menudo estremecedoras. El comportamiento grupal en forma de manada que tiende a acentuar y priorizar las posiciones extremas es muy grande, como lo es que una parte de los actuantes son perfiles falsos automatizados -bots-, preparados para contraatacar de manera sistemática a determinadas personas o argumentos. Unos pocos individuos y máquinas organizadas pueden crear fácilmente sensaciones de pensamiento dominante y convertir temas irrelevantes en trendig tópic, el cual será emulado rápidamente por cualquier tema aún más vulgar. Hay quien se cree socialmente influyente porque hace cuatro tuits llamativos y algunos políticos en estos momentos son poco más que profesionales de lanzar mensajes ocurrentes. Una red social con más de 300 millones de seguidores en el mundo, pero un negocio que aún hoy en día no se ha logrado rentabilizar. Tiene un gran potencial por la aportación voluntaria de datos que los usuarios hacemos y las posibilidades publicitarias todavía pueden dar mucho de sí. Con tres mil trabajadores ocupados en monitorizar, controlar y poner al día el algoritmo, a pesar de su popularidad es una compañía que está económicamente en zona de pérdidas. Sin embargo, Elon Musk ha manifestado su voluntad de comprársela como quien se hace un pequeño regalo. Para rebajar la cantidad estimada de 43.000 millones de dólares ha hecho un amago de desdecirse y, así, hacer bajar el valor de la acción. Aunque parezca una excentricidad, probablemente hará los cambios necesarios para convertir esta red en un negocio más. Oiremos hablar de ello.

Elon Musk es una de las figuras más relevantes de las nuevas grandes fortunas amasadas a partir de iniciativas tecnológicas. No le adorna la discreción de muchas de ellas, sino que le gusta exhibirse públicamente de forma arrogante y opinando de forma atrevida cuando no puramente temeraria. No pertenece al núcleo duro de Silicon Valley. Actúa como un verso libre y con el desacomplejamiento que le da disponer de una fortuna valorada en cerca de 200.000 millones de dólares. Empezó a hacerse notar y enriquecerse con la plataforma de pago electrónico Pay Pal y se ha hecho popular con los coches Tesla. Sus principales intereses son ahora los viajes al espacio, con SpaceX, o de inteligencia artificial por medio de NeuraLink. Poco amante de pagar impuestos, ha ido desplazando sus sedes en Estados Unidos para conseguir contribuir apenas nada al erario. Liberal extremo, se le sitúa dentro de lo que se llama el anarcocapitalismo. Su vocación es sustituir el papel de lo público y reducir el peso de las administraciones al mínimo. Justamente, su apuesta por Twitter la hace, afirma, en la defensa de la libertad absoluta en los mensajes, sin limitación alguna en una plataforma ya de natural muy reticente a moderar y eliminar mensajes y cuentas problemáticas. En contrapartida, afirma que eliminará los perfiles falsos que actúan de manera robotizada y se compromete a hacer más transparente y a mejorar un algoritmo de visualización de textos que no se sabe muy bien con que lógica actúa y sobre el que existen numerosas sospechas de funcionar de forma muy sesgada.

Nos guste más o menos Twitter juega el papel de sustitutivo de la plaza pública. Muy en la cultura de nuestro tiempo, reduce el debate a formulaciones básicas cuya finalidad no es aportar luz, conocimiento, sino crear impacto. Un espacio en el que todo el mundo puede expresar su opinión, aunque no tenga ninguna formación ni criterio. El nivel de la conversación tiende a igualarse por la parte baja y donde el insulto, la zafiedad, la falsedad y el desprecio campan de forma triunfante. Ciertamente bien utilizada es una herramienta de intercomunicación, pero más que el diálogo predomina los monólogos simultáneos. También aquí, de algún modo, el medio es el mensaje. Justo hace unos días leí un tuit que, de forma muy elocuente, afirmaba: "Twitter es como un bar, donde tú no eres el cliente, sino la cerveza".

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR

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