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Prudencia no es olvido


(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

Una máxima oriental resume el principio de la prudencia política que todo gobernante debería tener en cuenta. Dice así: “nadie se enfrenta con todos los gigantes a la vez”. De acuerdo con esta máxima, el Gobierno de España que afronta, una semana sí y otra no, retos de gran envergadura, se ha mostrado prudente al no permitirse hacer aflorar duda alguna sobre el arriesgado protagonismo de la OTAN en la actual guerra de Ucrania.

Pero tal actitud, formalmente prudente, no debe llevar a pensar que tales dudas no sean legítimas o no existan aquí. Existen. Y las hay. Y son de mucha entidad. Pero la prudencia aconseja no manifestarlas abiertamente, dada la avalancha de desafíos que le salen al paso al primer Gobierno de coalición de la democracia tras la Guerra Civil. Además, España es el país anfitrión de la crucial cumbre de la Alianza Atlántica que se celebrará en Madrid a finales de junio. Por ello, no conviene expresarlas desde instancias áulicas, lo cual no quiere decir que no vayan a hallar presumible y legítima expresión y eco en la parte concienciada de un pueblo y de amplios sectores políticos tan poco amigos de la impostura, de los imperios y los dictados como los españoles.

Gigantes locales

Héte aquí la secuencia de los desafíos, gigantes, surgida sobre la escena política española en los últimos dos años: la pandemia, afrontada con la herencia de una sanidad pública enfeudada por la sanidad privada, regalo de previos Gobiernos de la derecha; Filomena, el mayor desastre invernal de la historia reciente; la desobediencia premeditada contra la disciplina sanitaria propuesta por el Gobierno para combatir el COVID; la erosión deslegitimadora diaria urdida por un ex líder de la derecha sin sentido común, ni de Estado; la inexplicable, cuando no errática, conducta asocial del poder judicial; la impunidad de los corruptores y de los corruptos, en procesos incesantes, prolongados intencionalmente hasta su archivo; la sorna anticonstitucional y los intentos de involución antidemocrática de la emergente extrema derecha; la huelga inducida por transportistas sin dirección sensata de sus reivindicaciones, con el chantaje antisocial del desabastecimiento; el amotinamiento de la oligarquía ganadera por una evidencia avalada por Europa; la impostura de las compañías eléctricas, arrogante y descarnado poder fáctico; el chirriante y astillado declinar del independentismo catalán; la saga-fuga del rey emérito; las zancadillas, eludidas por chiripa, contra la reforma laboral; el disparo de la inflación provocado por la guerra en Ucrania; las arteras maniobras del vecino marroquí, en concomitancia con el potente grupo de presión pro-alauí en el seno de poderes fácticos de España; el espionaje cruzado entre al menos tres poseedores del sistema Pegasus, administrado desde el extranjero; y, como colofón, los efectos del legítimo disenso, aunque salpimentado con cierto adanismo, del segmento más joven y a la izquierda del Gobierno, determinante de contradicciones ideo-políticas en el seno del Ejecutivo…

Democratizar la política exterior

Son solo algunos de los retos que obligaban al Gobierno a mantener prudencia en una política exterior que, en España, tradicionalmente, ha estado fuera del control de la opinión pública. Sin embargo, la acción exterior de España no puede seguir hoy quedando al margen de la supervisión democrática y ciudadana. Y de esta supervisión forma parte conocer qué va a ser lo que se destila y qué dudas suscita la próxima cumbre de la OTAN en Madrid.

Pero vayamos al corazón de las dudas sobre la Alianza Atlántica. No hay más remedio que remontarse a unas fechas de la Historia, concretamente entre el 9 y el 12 de marzo de 1941, solo unos meses después de la Operación Barbarroja en la cual la Alemania nazi de Adolf Hitler invadió la Unión Soviética con 180 divisiones. Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill, presidente de los Estados Unidos y Primer Ministro del Reino Unido, respectivamente, se reunieron por primera vez en aquellas fechas a bordo de un buque británico en aguas canadienses de Terranova.

De aquella primera cumbre britano-estadounidense surgiría la llamada Carta del Atlántico, que afirmaba la “necesidad del establecimiento de un orden mundial de posguerra, después de la destrucción de la tiranía nazi”. De allí partiría casi todo lo sobrevenido después, esto es, el designio hegemónico anglosajón sobre la Geopolítica mundial. Tras haber aprobado el Congreso de Washington la Ley de Arrendamientos de Material de Guerra, en la que Estados Unidos se comprometía a aprovisionar aquellos países cuya seguridad sintonizara con la seguridad estadounidense, se inauguraba la llamada “relación atlántica”. Mediante tal relación, se despejaban definitivamente los obstáculos que impedían consumar la hegemonía político-militar anglosajona de un nuevo imperio, los Estados Unidos de América, pivotado sobre dos potencias navales a un lado y al otro del océano Atlántico. Aquellos compromisos consolidarían la intervención militar directa de Washington en la Segunda Guerra Mundial.

Dos poderosos líderes de dos respectivas sociedades civiles troquelaron allí el esquema de un nuevo orden mundial, con la encubierta esperanza acariciada por Churchill, pero no compartida por el presidente estadounidense, de que las tropas de Hitler derrocaran a Stalin y acabaran con la URSS, para lo cual se prolongó premeditadamente hasta el límite el desembarco aliado en Europa Occidental, concretamente en Normandía. Sin embargo, al morir Roosevelt y concluir la guerra, su sucesor Harry Salomon Truman, tras olvidar el crucial papel de su aliada, la URSS en la derrota militar del nazismo, en vez de optar por la coexistencia, se propuso iniciar la Guerra Fría, de cuño antisoviético, para la cual era preciso formar una coalición ad hoc, a la cual incorporarían, incluso, la España de Franco, olvidando su origen golpista, su régimen dictatorial y sus sintonías con el Eje nazi-fascista de Hitler y Mussolini.

Militarización geopolítica

Truman optó por una militarización de la política mundial que debutaría con toda su intensidad en el bombardeo termonuclear de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, previo el arrasamiento británico de Alemania, pese a hallarse ya derrotados y en desbandada los ejércitos japoneses y hitlerianos. De aquella abrupta militarización surgiría el subrepticio cambio en la titularidad del poder en el interior de los Estados Unidos, donde cobró creciente auge el denominado Complejo Militar Industrial, así denominado y abiertamente denunciado por el propio presidente norteamericano, general de cuatro estrellas Dwight Ike Eisenhower.

Con el nacimiento de la OTAN en 1949, surgida con vocación político-militar como columna vertebral antisoviética del imperio estadounidense y versada hacia Europa Occidental, se consolidaba el poder mundial de Estados Unidos asentado en el poderío de sus Fuerzas Armadas y en un discurso vinculado al excepcionalismo estadounidense, el compromiso o misión providencial de expandir urbi et orbi la democracia liberal capitalista. Democracia liberal, por cierto, afectada por crisis cíclicas capitalistas, auto-inducidas para así mantener la tasa de ganancia y tan recurrentes como devastadoras: la precedente en 1929 y las subsiguientes, en 1973 y 2008, entre las más llamativas.

Sujeción civil

Pero a nadie en su sano juicio se le oculta que la OTAN, con su atención centrada hoy en su expansión en Europa Oriental, se ha convertido en la pantalla que esconde la autonomía política mundial del Complejo Militar Industrial estadounidense. Esta autonomía se ha ido desgajando poco a poco, hasta emanciparse casi plenamente, de la sujeción democrática de las Fuerzas Armadas estadounidenses al poder civil, según los principios básicos que rigen todo Estado de Derecho: Irak y Afganistán son dos ejemplos a tener en cuenta. Además, las generalizadas pulsiones privatizadoras de los ejércitos, su mercenarización, abren otro frente inquietante al respecto.

Amparada en su carácter supranacional en Europa, la OTAN parece quedar hoy fuera de todo tipo de valladar o control ejecutivo, parlamentario o judicial y actúa con absoluta autonomía política propia, fijando los objetivos que mejor le place. Para ello, cuenta con el respaldo, en la metrópolis transatlántica, de un presupuesto militar anual estadounidense cifrado en 780.000 millones de dólares y un rosario de bases militares, más de 150, a lo largo de todo el mundo. En el terreno ideológico, la OTAN ha venido aventando una rusofobia acuñada durante los 40 años de Guerra Fría, como si el sistema económico de la Federación Rusa, hoy capitalista, fuera lo mismo que el socialismo estatal de la extinta Unión Soviética, que desmanteló el Pacto de Varsovia, alianza militar pro-soviética surgida cuatro años después de nacer la OTAN.

Casi todos los especialistas e instancias oficiales proclaman que la OTAN es una organización de seguridad y la actual guerra en Ucrania, la invasión rusa de su vecino sureño, es el argumento perfecto para demostrarlo. Pero, fuera de la seguridad del corto plazo, y dado el entusiasmo armamentista desatado en Europa Occidental a la hora de armar a Ucrania hasta los dientes, cabe preguntarse si hay alguien por estos lares que se pregunte por el día después, por el alcance que esta desaforada militarización puede acarrear a nuestro continente y por extensión, al mundo. Militarización que en el Este de Europa, incluyendo a Rusia, coincide con la radicalización, antidemocrática y contra las libertades, de regímenes como el polaco, el húngaro, el rumano, el búlgaro…y el ucraniano, como los pasos previos a la guerra dados por el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, demuestran fehacientemente. La democraticidad de la Unión Europea es un elemento fundamental de su personalidad, que está siendo allí puesto en cuestión y en retroceso cada día, en el arco de países integrados por la OTAN entre el Mar Báltico y el Mar Negro, en las fronteras rusas.

Derecho al futuro

Desde luego, aquí sí hay conciencia de que el presente, hoy más que nunca, compromete el mañana. Y sería muy bueno que quienes van a reunirse en Madrid para determinar el futuro de la OTAN, tengan bien presente que la Alianza, dejada en manos de poderes extra-civiles o meros vendedores de armas, no garantizarán ningún tipo de seguridad a nuestro atribulado mundo. Más bien enardecerá los ánimos hasta niveles incontrolables. Este irresponsable cortoplacismo belicista se muestra seguidista de un Washington en fase histórica declinante y con gravísimos problemas internos aún por resolver. Pero tal belicismo ha sido asumido sin reflexión alguna y permanece peligrosamente instalado en tantas cancillerías europeas que puede ser el preludio de una hecatombe que nos aproxime, incluso, a la extinción del género humano. Contener a Rusia es una tarea de todos, justa, necesaria y urgente. Pero renunciar, como se está haciendo por doquier, a hallar una salida pacífica y diplomática a tan grave crisis es, sin duda, la antesala de nuestra autodestrucción.

Señores y señoras de la OTAN, reciban nuestra bienvenida a Madrid, ciudad hospitalaria. Pero no olviden que es la capital de una nación donde seis siglos atrás, surgieron las bases del Derecho Internacional, ese excelso código de conducta, sensato y humano, que regula las relaciones igualitarias entre las naciones. Ustedes no se pueden permitir olvidar sus preceptos a la hora de iluminar las importantes decisiones que se aprestan a adoptar aquí. Por favor, piensen en nuestros hijos y en nuestros nietos y en los hijos y los nietos de nuestros adversarios. Todos ellos y ellas, tienen derecho al futuro.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

1 comentario

  • Juan Serrat Sábado, 21 Mayo 2022 16:29 Enlace comentario

    Hace un año publique un libro “Por la ruta de la seda. Viaje a los confines de Eurasia” en el que mantenia las tesis de Rafael Fraguas, y apostaba por una deriva de Europa hacia un entendimiento con Rusia, basada en la inmejorable relacion de intercambios entre ambos espacios: energia contra manufacturas, dos economias absolutamente complementarias, pretendia yo en el Epilogo del libro. Algo de razon debe tener Fraguas cuando contra nuestros intereses ha ocurrido lo contrario Ademas de Eisenhower ya denuncio esto Charles W Mills en su siempre actual obra “ The Power elite”

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