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China, una enemistad impuesta


(Tiempo de lectura: 7 - 14 minutos)

La opinión del cronista es esta: “la OTAN es una institución político-militar formalmente dedicada a la seguridad y la defensa, de la que se sirve la política exterior de Estados Unidos para exhibir y mantener su hegemonía mundial, hoy en entredicho. Sus otros 29 miembros son convidados -más o menos- de piedra al festín de su dominio. Y se propone servirse hoy de la llamada Alianza Atlántica, en su cumbre madrileña, para imponer la hipoteca de una enemistad hostil con China, hostilidad indeseada por Europa. Se menoscabarán así los intereses geopolíticos legítimos y diferenciales del Viejo Continente, cuyos puentes pacíficos hacia la vecina Eurasia quedarían de esta manera rotos. La cumbre de la OTAN en Madrid prepara su nuevo concepto estratégico donde, si Europa no espabila, quedará plasmado el precitado designio hostil estadounidense, que comprometerá nuestro futuro y nos llevará a una nueva guerra”.

Vamos a explicarlo. En plena Guerra Fría, tras décadas de lucha obrera, estudiantil y vecinal contra la dictadura y por las libertades democráticas, la generación que protagonizó en primera persona la Transición política en España, tumbó la legitimidad franquista y consiguió, con otros aliados, establecer una democracia. Esa generación, que tenía sensibilidad internacional, aleccionada por su propia lucha, creyó que el etnocentrismo y el imperialismo podrían ser desterrados de la escena geopolítica de manera definitiva. Avalaba su convicción la rebeldía anti-imperial de numerosos países del Tercer Mundo y el naciente Movimiento de los Países No Alineados. Tiempo después, la confrontación Este-Oeste, la Guerra Fría, tocaría a su fin.

Sin embargo, tras la desaparición de la URSS y del Pacto de Varsovia en 1990, concebida como preludio de una esperada y simétrica desaparición de la OTAN, surgió en la arena internacional una nueva versión neo-imperial, más de lo mismo, en clave hegemónica britano-estadounidense. Se trataba de una reedición de la histórica fijación anglo-estadounidense por reinventar e imponer antagonismos geopolíticos y militares, preferiblemente en el interior del Este de Europa, con la entrada y despliegue de la OTAN en una decena de países fronterizos de la Federación Rusa, desde los Países Bálticos hasta e Mar Negro. Aquello no estaba en el guión pactado entre Washington y Londres, de un lado y Moscú por el otro, cuando la URSS decidió abandonar el comunismo, fragmentarse y desprenderse de 15 de sus repúblicas. De aquellos polvos vienen los lodos bélicos que hoy anegan Europa. Sin embargo, los antagonismos entonces creados e inducidos se ven extendidos y proyectados hoy hacia China.

Tal fijación, que parece poseer un componente supremacista anglosajón basado en el ancestral -y racista- “peligro amarillo”, impone a Europa una enemistad preconcebida hacia nuestro vecino euroasiático. La nueva hostilidad etnocéntrica inducida puede abocar al Viejo Continente hacia un conflicto de grandes proporciones con nuestros socios geográficos del macro-continente compartido, Eurasia, en el que Europa es su franja occidental, Rusia su área central y China, su extremo oriental.

La enemistad anti-china atizada por Inglaterra y Estados Unidos mediado el siglo XIX y el arranque del XX, ya había sido exhibida con cruel desenvoltura: las guerras del opio y la de los boxers, más los bloqueos navales y sucesivos boicoteos, sepultaron a China en hambrunas, éxodos y penalidades sin cuento, con el escalofriante resultado de una larga decena de millones de muertos. Las invasiones y ocupaciones militares a manos de Japón, mediados los años treinta, consumarían aquel asfixiante acoso. Tan ominosa etapa se conoce en China como la de los más lúgubres años de su milenaria historia.

El país asiático reaccionó a tantas tribulaciones emprendiendo una revolución, de cuño comunista-agrario y autodefinida de antiimperialista que, con inicial ayuda soviética, le sacó de su atraso secular. Y lo hizo mediante una profunda reforma agraria, fundiaria e hidráulica, más la electrificación y la industrialización del gigantesco país. Pese a las penalidades sin cuento que generó aquel proceso -signado por la guerra civil planteada por el nacionalismo ultraderechista de Chang kai chek, refugiado en Formosa-Taiwan y apoyado por Washington y todas las dictaduras derechistas del mundo, la franquista incluida-, todo ello no ha impedido que China se sitúe hoy en el primer plano de la escena mundial como superpotencia, señaladamente tecnológica y comercial. Y lo ha hecho mediante un modelo ideo-político y económico mixto, de probada eficacia: Estado fuerte y economía comercial exportadora, con tasas de crecimiento insólitas durante décadas. Muchos de sus nacionales protagonizan una diáspora de ida y vuelta, instalados en comunidades dispersas por todo el mundo, donde muestran una evidente laboriosidad.

Además, sus titulares nunca pierden los nexos con el Estado chino, supervisor de su eficacia, que les apoya con créditos, facilidades y avales.

Fronteras con 17 Estados

La condición estatal de China es, quizás, el componente sustancial de su estructura política interior y el soporte real de su política exterior. Allende no se confunde la propiedad con la iniciativa, como aquende sucede. La iniciativa es privada, pero la gran propiedad es sustancialmente estatal. Hay margen para los negocios, pero el poder regulador estatal es omnipresente. Dadas las dimensiones del país, 9, 6 millones de kilómetros cuadrados de extensión, poblados por cerca de 1.300 millones de moradores, así como su histórica personalidad campesina, la tradición y la geografía llevaron al país a dotarse de una economía hidráulica. En ella, la propiedad y el poder giraban en torno a la tenencia y reparto del agua, no la de la tierra, como había sucedido en Europa occidental o en América del Norte. La vida en la China imperial se desplegó en torno a las riberas de sus grandes ríos, Huang huo y Yang tse kiang y su conducta política imperial, antaño, se vio ceñida a un repliegue puertas adentro de sus propias fronteras, hoy limítrofes con 17 Estados distintos.

Como todo mega-Estado, al igual que Rusia o Estados Unidos, China afronta hoy retos gigantescos, cuya complejidad lleva a quienes formulan sus doctrinas políticas a sintetizarlas en ecuaciones binarias, con las cuales pretenden resumir tan desafiantes pulsos. Contrariamente al tronar de atambores bélicos que nos llega insistentemente desde Washington o Londres, en esas sentencias prioritarias chinas, la guerra no ocupa –hoy- lugar preferente alguno. Crecimiento y expansión vendrían a ser dos de los principales vectores doctrinales, con miras a garantizar la vida de sus millones de pobladores mediante la producción, el comercio y la exportación. Ello incluye la búsqueda apremiante y por doquier, en África, América del Sur y Oceanía, de mercados alimenticios, portuarios y energéticos, rubro éste último donde el déficit chino es patente. China pone la inversión y el músculo, mientras sus socios comerciales le llenan el granero y el depósito.

Evidentemente, si se incrementan las políticas hostiles en torno a China o a sus intereses, como la diplomacia militarizada de Washington no ceja de pactar con sus socios japoneses, surcoreanos, australianos, neozelandeses, filipinos y surasiáticos en los últimos años, con el gatillo fijo en la supuesta protección a ultranza del Taiwan nacionalista-desgajado de la patria continental-, Pekín incrementará a su vez, y más todavía, sus Fuerzas Armadas, como viene haciendo desde que comenzara su percepción de acoso norteamericano. Es la dinámica de la escalada.

Un vínculo desgastado

Esa espiral conflictiva no conviene en absoluto a Europa, cada vez más interesada en normalizar el vínculo euroasiático en virtud de su propia autonomía geoestratégica ante el hoy desgastado vínculo transatlántico, pese a su resurgir con la guerra en Ucrania. La dinámica retadora contra China solo parece convenir a Estados Unidos y al Reino Unido, por querencias hegemónicas y neo-imperiales bañadas por la nostalgia del dominio mundial, a estas alturas bastante trasnochadas.

Londres ha quedado políticamente aislado del continente europeo y, para afrontar su penitencia, parece querer mantener los aires de grandeza que su Marina le permitió respirar durante dos siglos largos. Quimera inviable: su plena hegemonía naval duró desde Trafalgar, tumba de nuestro Churruca y de su Nelson, hasta que en 1956, el primo norteamericano bajó los humos a Inglaterra tras la crisis del Canal de Suez con la aquiescencia de la Unión Soviética. Aquella crisis que marcó el origen del desmantelamiento de los imperios coloniales británico y francés, para dar paso a la bipolaridad Este-Oeste.

Con todo ello, el foco de su geo-estrategia lo proyecta hoy Washington sobre China y se propone orientar también a la OTAN en esa misma dirección. Pretende consumar así un propósito militar, ya iniciado, de sutil denuncia de contradicciones internas, primero, satanización y acoso después, más hostigamiento efectivo en el mar territorial vecino del de China, por cierto, potencia nuclear y con asiento y veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Las escaramuzas y fricciones entre navíos estadounidenses y chinos son allí, inquietantemente, cada vez más frecuentes. Esta actitud de buscarle las cosquillas a China, planeada ya durante el mandato de Barak Obama, exacerbada por Donald Trump y refinada por Joe Biden, pareciera obedecer, entre otros complejos motivos, al resquemor estadounidense por haber perdido la primacía en la carrera tecnológica en la cual el auge chino parece ya imparable.

“Patriotic” Act

Aventar ahora el mantra de la excepción estadounidense para democratizar el mundo asiático –tras haberlo intentado a tiros con los consabidos fiascos político-militares de Vietnam y Afganistán-, es pretensión en cuya supuesta legitimidad ya no cree nadie. Y ello habida cuenta del grave déficit democrático que presenta la propia política interior del gran país transatlántico, en clave social, económica o racial, por citar algunos vectores; más los retrocesos en las libertades democráticas a partir de la Patriotic Act, decretada por George Bush junior tras los atentados del 11-S de 2001, que mantiene aún abierta la ominosa prisión de Guantánamo; así como las exacciones policiales contra afroamericanos por el mero hecho de serlo y la violencia a mano armada que ensangrienta sus campus, institutos y colegios. El empuje del supremacismo blanco –¿expresión de la (oficialmente inexistente allí) lucha de clases?- causa desasosiego y preocupación porque irradia hacia todo el mundo: su metástasis llega velozmente a la extrema derecha europea, en España de la mano del sofista Steve Banon- tanto como llegan las temibles crisis del capitalismo financiero norteamericano.

Recurrentemente, estas crisis estremecen la arena mundial al modo de verdaderos seísmos: precarizan a la juventud del mundo para así ampliar los márgenes de ganancia solo de unos pocos, a costa de recortar libertades y derechos democráticos de los muchos, señaladamente [email protected] [email protected] Da la impresión de que la clase político-económica estadounidense vive a espaldas de su laborioso -y políticamente desmotivado- pueblo, encajonado en un bipartidismo asfixiante. Mal ejemplo para exportar al mundo, por cierto. Ya no sirve para justificar una hegemonía declinante.

El papel del Reino Unido en las nuevas pulsiones geopolíticas viene a ser el de comparsa de los Estados Unidos, con miras a sacar alguna tajada que contribuya a paliar errores políticos propios –incluso refrendados en las urnas, como el Brexit, por arteras manipulaciones del electorado- que le han hecho volver el rostro hacia una simbólica Commonwealth. Así, el AUKUS, el pacto de sangre suscrito entre Estados Unidos con el Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda, muy conmmonwealthianos ellos -(verdadera bofetada geopolítica a la muy europeísta Francia macroniana, desplumada por Canberra de contratos millonarios ya firmados)-, marca el desinterés de Washington por Europa y su fijación geopolítica sobre el que denomina eje Asia-Pacífico, con China al fondo de la calle. Tal obsesión solo ha cedido –algo- por la invasión rusa de Ucrania.

Máscara

Todo lo cual nos lleva a considerar que en Madrid, la cumbre de la OTAN va a incluir entre sus metas innovadas el intento de Washington, que dirige y hegemoniza la alianza, por imponer a Europa la creencia en que Rusia es la máscara de China, pero que es en China donde se oculta el verdadero enemigo. Craso error sería el de Europa si Washington lo consigue gracias a sus fervorosos palmeros de Europa oriental, tan poco preocupados por la salud democrática en sus respectivos países –en fase de involución de libertades fundamentales- y tan ansiosos por vengar sus ofensas de antaño con la Unión Soviética comunista, hogaño en el trasero de la capitalista y agresiva Federación Rusa.

La imposición de la mascarada ruso-china en Europa, hipotecaría y comprometería al Viejo Continente en una confrontación estratégica militar de largo alcance. Contienda bélica no buscada por nosotros y de consecuencias imprevistas, con un vecino euroasiático como China, con el cual lo más provechoso que podemos hacer, lo recomienda el sentido común, es comerciar y dialogar, dado su enorme poder de venta y el amplio poder de compra europeo. Ya está bien que los enemigos de Europa nos sean impuestos desde fuera. Vamos a ver, por nosotros mismos, dónde se encuentran los enemigos de verdad y comprobarlo con fuentes propias. Nos jugamos tanto como el futuro.

El despliegue de esta deriva hegemonista de nuevo cuño se ve acompañada por una sutil mutación de los siete conceptos estratégicos de los que se ha dotado la OTAN desde su nacimiento en 1949, como expresión militar de la sed de dominio de Estados Unidos. Poco a poco, la doctrina oficial de la OTAN ha ido emitiendo, desde 1949, cuando solo Estados Unidos disponía del arma atómica, conceptos como el del “recurso a las armas nucleares”; “represalia masiva”; “destrucción mutuamente asegurada”; “guerra preventiva” –equivalente a los juicios de intenciones a mano armada-; “respuesta flexible”; “gestión de las crisis” foráneas –en plata, sofisticada denominación de la intervención militar en asuntos internos de otros Estados-; “injerencia humanitaria” -más de lo mismo-; “control de conflictos fuera del ámbito de la OTAN” –item más-; la mutación de la “defensa colectiva” por la “seguridad compartida”; los “aviones invisibles”; los drones –artillería criminal que oculta la responsabilidad de quien la dispara-…Y todo ello rubricado por el axioma según el cual, la OTAN predica que “no se considera adversaria de ningún país”. Ello no casa con el papel directo de la organización o el de algunos de sus miembros desempeñado en la destrucción de Yugoslavia, la desestabilización de Argelia, la ocupación-fiasco de Afganistán, la invasión de Irak, la desmembración de Libia, la ofensiva contra el régimen de Siria...

Ahora, el nuevo eufemismo de la OTAN califica a China de “competidor estratégico” mientras la U.S.Navy se apresta a consumar el cerco contra el Estrecho de Malaca por donde circula la mayor parte del comercio chino y por donde cada media hora surcan petroleros cargados con los energéticos que el país asiático necesita. Pocos dudan de que se esté gestando allí un peligrosísimo casus belli, según la percepción que de estos movimientos navales se tiene en China; percepción semejante a la barruntada por la Federación Rusa a propósito de la carrera, hasta ahora truncada, de Ucrania hacia la OTAN, tras la entrada de Alianza Atlántica en Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, Eslovaquia, Chequia, Hungría, Rumanía y Bulgaria.

Todo ello lleva a considerar que la OTAN, aparte de la contribución a la seguridad colectiva de Europa que pregona, sigue siendo la principal herramienta de la política exterior de Washington; los grandes conceptos, su aplicación y las decisiones de envergadura competen, en la práctica, al Pentágono, Departamento de Defensa de los Estados Unidos de América. Confiemos en que los asistentes europeos a la cumbre madrileña de la OTAN sepan calibrar la responsabilidad de sus decisiones. Ójalá sean capaces de eludir, en el nuevo concepto estratégico que se gesta, las imposiciones y enemistades indeseadas, para coadyuvar, con la autonomía y el arbitraje geopolítico de Europa, a un futuro viable y pacífico de nuestro atribulado mundo. Quizá algunos de los participantes recuerden aquel sueño nuestro de dar por terminados el etnocentrismo y el imperialismo, para erradicarlos de la geopolítica de forma definitiva.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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