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La productividad se incrementa con más democracia en la empresa. ¿Cómo es posible?


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En unas Jornadas organizadas por la Plataforma por la Democracia Económica y el Grupo Parlamentario de Unidas-Podemos en el Congreso de los Diputados se expuso un interesantísimo trabajo realizado por Vicente Salas y Emilio Huerta, publicado en el libro ‘¿Una empresa de todos?’, que plantea en base a recientes investigaciones económicas una novedosa perspectiva sobre el papel del capital organizacional en la productividad empresarial.

Según ambos autores, economistas de reconocido prestigio académico, en la Unión Europea hay una profunda relación entre los incrementos de productividad agregados a escala nacional y un mayor desarrollo legislativo de mecanismos de participación de los trabajadores en la empresa.

El capital organizacional está basado en la cooperación dentro de la empresa, por lo que la democracia resulta el mejor instrumento para desarrollarlo en su interior

Resulta que una forma de gestionar las empresas menos jerárquica que la que defienden aquellos que priman el poder omnímodo del accionista tiene efectos positivos en la productividad de una economía. Esto es, que las decisiones empresariales que sólo tienen como objetivo maximizar el valor cortoplacista de las acciones, si bien indudablemente aumentan la riqueza personal de los accionistas, tienen efectos menos positivos en la riqueza global de un país que las decisiones empresariales que se comparten con los trabajadores y trabajadoras.

Esto es así porque en sociedades desarrolladas, como las europeas, la capacidad competitiva de un gran número de empresas no está basada principalmente en los costes, sino que depende de su capacidad de creación de valor, de diferenciación de producto, mediante activos intangibles (información, conocimiento, creatividad, reputación, confianza, capital humano especifico, capital organizacional, etc.), por tanto del capital humano de la empresa y de cómo éste se organiza.

En estas economías la innovación tecnológica, la globalización y la extensión del sector servicios han convertido al trabajo no cualificado en un factor de producción secundario, cediendo el protagonismo al talento. El World Economic Forum (WEF) define a este grupo de más de treinta países desarrollados, donde está España, como economías cuya competitividad esta “dirigida por la Innovación”.

Estos países son capaces de convertir ideas en servicios y productos de alto valor añadido, gracias a la convergencia de las tecnologías desplegadas por el desarrollo de la digitalización (Big Data, Inteligencia Artificial, Robotización, Internet de las Cosas, la nube, la tecnología blockchain, la realidad virtual y la realidad ampliada) y al alto grado de capital organizacional generado en muchas de sus empresas.

El capital organizacional está basado en la cooperación dentro de la empresa, por lo que la democracia resulta el mejor instrumento para desarrollarlo en su interior. Por el contrario, las empresas que basan su estructura organizativa en la fuerza coercitiva del capital en la mayor parte de las ocasiones logran incrementar la riqueza personal de los accionistas a costa del bienestar de los trabajadores, de la sostenibilidad a largo y medio plazo de la propia empresa y de una menor productividad agregada del país.

Por tanto, en las empresas que están compuestas esencialmente de talento, que son las empresas del futuro, las empresas del siglo XXI, la propia perspectiva de la eficiencia económica estaría justificando otorgar un mayor poder de decisión a los trabajadores.

Economista. Adjunto a la Secretaria General de CCOO.