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Las dos caras de Estados Unidos en Ranchester, Wyoming


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)
Interior del Buckshot Saloon en Ranchester, Wyoming Interior del Buckshot Saloon en Ranchester, Wyoming

Desde que Donald Trump ganó las elecciones de 2016, la cultura europea ha vivido un extraño romance: una historia de atracción por la cultura de los estadounidenses blancos de remoto origen europeo, que tradicionalmente hacían trabajos manuales o agrícolas y que llevan décadas sufriendo las consecuencias dramáticas de la transformación económica. Gente que ha sido, al mismo tiempo, uno de los pilares culturales más importantes de Estados Unidos y un grupo socialmente despreciado.

En 1997, Jim Goad publicó Manifiesto redneck, un libro premonitorio que diagnosticó veinte años antes el trasfondo social y los aspectos fundamentales de la degradación iliberal de la democracia de los Estados Unidos de Donald Trump. Una legión de sociólogos se esfuerza hoy por comprender la ola de frustración nihilista que propulsó a la Casa Blanca a un millonario desaforado cuyo mandato culminó con el asalto al Capitolio el 6 de enero del pasado año.

Los votantes que pusieron a Trump en la Casa Blanca, la “white trash”, la basura blanca, han sido parte permanente del tejido social estadounidense: los pobres, los marginados y los sin tierra han existido desde la época del primer asentamiento colonial británico hasta los actuales «hillbillies» o «rednecks». Denominados como «basura», «timadores perezosos», «comedores de arcilla» o «crackers» en la década de 1850, los blancos pobres fueron fundamentales para el ascenso del Partido Republicano a principios del siglo XIX y desde entonces han estado siempre en el centro de los principales debates sobre los mitos de la supuesta sociedad libre de clases estadounidense, donde la libertad y el trabajo duro garantizan la movilidad social.

Basta viajar en automóvil por la América profunda de las Grandes Llanuras, de los cinturones de la Biblia o del maíz o por los arrabales de cualquier ciudad estadounidense para tomar buena nota de que la única movilidad que garantiza el feroz capitalismo americano es la que sufren los innumerables «workampers», una famélica legión de nómadas canosos residentes en furgonetas y en caravanas, muchos de ellos mayores de sesenta o setenta años condenados a viajar de un lado a la búsqueda de los trabajos miserables que retrató Steinbeck hace 80 años en Las uvas de la ira y tan solo cinco desde que Jessica Bruder publicó País nómada. Supervivientes del siglo XXI, el trabajo de investigación periodística llevado al cine por Chloé Zhao en Nomadland.

El libro de Goad es una denuncia del clasismo que padece parte de la clase trabajadora blanca estadounidense, la de los blancos pobres de origen rural, los “hillbillies” de J.D. Vance, que constituyen un lumpen que resulta aceptable despreciar y se ha hecho un lugar común en la prensa y la cultura popular. Un grupo humano al que a principios del siglo pasado se intentó categorizar científicamente como deficientes mentales o genéticamente defectuosos, como relató Nicole Rafter en White trash: the eugenic family studies, 1877-1919, aludiendo en muchos casos a factores como el de una supuesta endogamia.

Goad empatiza con las milicias armadas y los teóricos de la conspiración que comulgan con el gran reemplazo para denunciar el modo con el que las élites estadounidenses han empleado sistemáticamente las políticas identitarias –muy en particular las raciales– para ocultar las desigualdades de clase e impedir la solidaridad transversal entre todos los trabajadores empobrecidos, una tesis sostenida desde un punto de vista ideológico radicalmente distinto por Howard Zinn en La otra historia de los Estados Unidos. Hay al menos una persona que captó el mensaje de Goad y de Zinn: el hombre que ocupó la Casa Blanca entre 2017 y 2021 a la que amenaza con volver.

Al oeste de Cody, Wyoming, cuna de Búfalo Bill, un pueblo de estética kitsch en el que se forman largas filas de coches que se encaminan a Yellowstone, la US-14 trepa por una de las cadenas montañosas más hermosas y olvidadas de Estados Unidos, las montañas Big Horn que, después de un descenso vertiginoso sembrado de curvas, se abren sobre las verdes praderas del río Tongue donde se enclava Ranchester, un poblachón de unos mil habitantes que se me antoja el epítome de la confrontación entre las dos tendencias políticas dominantes en Estados Unidos.

Recepción del Western Motel en Ranchester, Wyoming.

El contraste entre las dos Américas se refleja en los dos restaurantes alineados en la US-14 que sirve de calle principal (y casi exclusiva) de un pueblo que, como su único alojamiento, el destartalado Western Motel, debió conocer tiempos mejores. En la misma calle, el Cowboy Bank parece a punto de ser asaltado por los hermanos Howard, los protagonistas de Comanchería. Enfrente, las piezas expuestas en Rahimi’s, un taxidermista local, explican muy a las claras el afán cazador de un pueblo perdido en los límites entre Wyoming y Montana, reinos del conservadurismo rural americano en los que Trump arrasó en las dos últimas elecciones presidenciales.

Ceno en el Buckshot Saloon, un nido de tipos de aspecto rudo, vestidos en algún Walmart, que, sin despojarse de sus gorras de cazadores de patos consumen a aperitivos gigantescos a base de nachos de patatas fritas con machaca de res seguidos de pantagruélicas bandejas de comida grasienta recubierta de gravy y rebosante del inevitable cheddar amarillento que trasiegan a base de ingerir enormes jarras de cerveza.

Tipos que entran y salen vestidos de camuflaje. Camisetas trumperizadas con el eslogan America first. Camisas de leñador bajo las que se adivinan bultos sospechosos. En las paredes telones de pana calandrada con estrellas blancas sobre fondo azul y barras tan rojas como la sangre. Testosterona a tope. Rollizas camareras rebosantes de lorzas, tatuadas y vestidas de negro que parecen escapadas de la coreografía de algún añejo grupo de heavy metal. En la gasolinera aneja, un enorme oso grizzly disecado sobre sus patas traseras custodia amenazante la entrada de la licorería.

Al día siguiente cambio de escenario. Desayuno en el moderno y recién estrenado Innominate. Un ambiente muy distinto. Nada de gorras. Ninguna camisa de leñador. Nada de huevos fritos; nada de beicon; nada de frituras; nada de cheddar ni de gravy. Café expreso y capuchinos; pastelillos recién horneados; yogures; fruta del día y zumos recién exprimidos. En las paredes nada de barras y estrellas: fotografías de paisajes y cuadros de artistas principiantes. Hay menús especiales para veganos y todas esas cosas que uno puede encontrar en cualquier restaurante cool de una gran ciudad europea o americana. Servicio amable, jovial y desenfadado. Endorfinas al por mayor.

Interior del Innominate Coffeehouse & Bakery en Ranchester.

Contrastes entre los cazadores del Buckshot Saloon y los birdwatchings provistos de prismáticos que desayunan en el Innominate. Dos américas irreconciliables: la de los belicosos socios de la NRA y la de los pacíficos ornitólogos de la Audubon o los ambientalistas del Sierra Club. Depredadores unos, proteccionistas otros. Unos listos para asaltar el Capitolio; otros listos para contemplar atónitos el espectáculo.

El resentimiento, la falta de ambición y una combinación letal de victimismo y pesimismo junto a una devoción por el país, una fervorosa fe en Dios y un desaforado sentido del honor han hecho que los rednecks posean una tendencia a la violencia física y verbal y sean despreciados por sus compatriotas de ambas costas del país. Su respuesta a todo ello es conocida: encumbraron a Donald Trump a la presidencia y, Dios no lo quiera, lo volverán a hacer.

 

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 

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