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Un cicerone en el Prado


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)
El 3 de mayo en Madrid (también conocido como Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío2​3​ o Los fusilamientos del tres de mayo1​) es un cuadro del pintor español Francisco de Goya terminado en 1814 que se conserva en el Museo del Prado (Madrid, España). El 3 de mayo en Madrid (también conocido como Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío2​3​ o Los fusilamientos del tres de mayo1​) es un cuadro del pintor español Francisco de Goya terminado en 1814 que se conserva en el Museo del Prado (Madrid, España).

Si este escribidor fuera cicerone, a los jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN que visitaban estos días del Museo del Prado les hubiera guiado frente a dos cuadros de Goya que cuelgan de sus muros: Los fusilamientos del Tres de Mayo y La carga de los mamelucos. Y, tras una breve explicación de los motivos que representan, les contaría la intrahistoria de ambos lienzos. A los mandatarios europeos, norteamericanos e invitados de otros continentes les diría que el museo que en ese momento visitaban, fue bombardeado con bombas incendiarias el 16 de noviembre de 1936 por la aviación nazifascista germano-italiana. Entonces, en Madrid gobernaba un régimen republicano elegido democráticamente en las urnas, que estaba sufriendo el acoso militar interior del golpismo franquista apoyado por los regímenes totalitarios de Alemania e Italia.

Dicen que las bombas lanzadas sobre el Prado iban dirigidas a la estación de Atocha y que “por error”, se desviaron de su objetivo; pero el caso es que fueron a dar a los tejados del Prado, así como también, a más de kilómetro y medio de distancia, sobre las cubiertas de la Biblioteca Nacional, que, por sus tesoros impresos, era y es el equivalente bibliográfico del Museo del Prado. Unos 80 aviones de la Luftwafe nazi bombardearon en esas fechas Madrid. Formaban parte de la flota de 600 aparatos Junkers y Heinkel que componían la Legión Cóndor, que operaba escoltada por cazas de combate Savoia y Fiat italianos.

Ante la posibilidad de que las joyas artísticas del Prado fueran pasto de las bombas incendiarias de la aviación invasora, la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico, a través del responsable republicano de Bellas Artes, el ilustrador comunista Josep Renau, dio la orden de embalar las obras más importantes que atesoraba el museo y llevarlas a Valencia, sede entonces del Gobierno republicano allí desplazado. El embalaje correría a cargo de la acreditada firma madrileña Macarrón, que contó con la devota entrega del personal del museo. Entre todos instalarían uno por uno los principales lienzos de Velázquez, Goya, Murillo, Ribera y otros más, hasta 361 cuadros, sobre bastidores de madera que los soportaban, para ser asentados en un convoy de más de 70 camiones. Una vez las valiosas obras de Arte llegadas a Valencia, fueron instaladas, muchas de ellas, en las Torres de Serranos de la capital valenciana.

Con el decurso de la guerra, a medida que iban cayendo los frentes militares republicanos y ante el recrudecimiento de los bombardeos facciosos sobre la ciudad del Turia, las autoridades republicanas decidieron enviar el tesoro pictórico español del Prado hacia Cataluña. El convoy partió de Valencia. Cuando la caravana cruzaba la localidad castellonense de Vinaroz, el súbito bombardeo de unos edificios contiguos a la carretera por donde el convoy transitaba en ese momento desplomó una ingente cantidad de escombros y metralla sobre uno de los camiones, precisamente el que transportaba los dos históricos lienzos de Goya sobre los fusilamientos de los patriotas y sobre la carga de la guardia egipcia de Bonaparte. Ambos lienzos recibieron cascotes y metralla que dejaron sobre ellos dos enormes cicatrices, de hasta dos metros de rasgadura horizontal en uno de ellos y otra de metro y medio vertical en el segundo, deteriorando asimismo buena parte de sus respectivas telas y motivos, horriblemente desfigurados. Empero, los cuadros, maltrechos, llegaron a la provincia de Girona. Allí, en Figueras, no lejos ya de la frontera con Francia, un restaurador los sometió a una cura de urgencia que permitió recomponer provisionalmente los martirizados lienzos.

Al concluir la guerra civil, la colección pictórica al completo, 361 procedentes del Prado, llegaría a la ciudad suiza de Ginebra, donde el Gobierno republicano, ya en el exilio, expuso públicamente una parte significativa en la sede de la Sociedad de Naciones. Tiempo después, tras negociaciones con las autoridades franquistas, el tesoro del Prado regresó a Madrid y se ocultaron cautelosamente las huellas de la aviación nazi-fascista sobre el tejado del museo, donde sendos cuadros de Goya volverían a ser exhibidos.

Así transcurrieron hasta 69 años. Nadie notó que los lienzos de Goya habían resultado salvajemente mutilados. La restauración de urgencia en Girona resultó ser, al parecer, muy eficaz. Hasta que en vísperas del año 2008, fecha en la que se conmemoraba el Bicentenario de la Guerra de la Independencia y con este motivo, las autoridades del Prado, con hermética reserva, convocaron una reducida reunión de expertos internacionales, hispanistas incluidos. Los reunidos decidieron restaurar de nuevo, pero integralmente, los dos cuadros de Goya, tarea que se acometió con todas las cautelas, para garantizar su secrecía. No hubo información pública oficial previa sobre tal decisión.

Un hallazgo fortuito

Fortuitamente, un periodista de EL PAÍS (*) que visitaba el Prado una mañana de febrero de 2008, vio abierta una de las hojas de las grandes puertas de madera clara situadas a la derecha de la planta superior del museo. Movido por su curiosidad, decidió penetrar al recinto: era una espaciosa sala donde operaban varias personas, con batas blancas, frente a grandes bastidores que soportaban dos lienzos de gran formato. La sala de restauración, que tal era el lugar, poseía grandes ventanales asomados al Paseo del Prado por donde penetraba la luz a raudales. Lo que el periodista vio allí causó en él un estremecimiento aterrador: Los fusilamientos del Tres de Mayo y La carga de los mamelucos, de Goya aparecían ante él horriblemente rasgados por grietas de varios metros de longitud y altura. No podía creerlo. Pensó en un acto de espantoso vandalismo… Al verse descubiertos, quienes oficiaban la restauración de los lienzos se volvieron con estupor al confirmar la presencia del intruso, que no daba crédito a lo que allí, atónito, contemplaba.

Un subdirector del Museo, de origen italiano, bajó inmediatamente a la sala de Restauración para darle una explicación al periodista, que se identificó como tal y que la reclamaba con contenida vehemencia, al comprobar que se había escamoteado a la opinión pública aquel terrible hecho, que afectaría de lleno a la memoria artística, política e histórica de nuestro atribulado país, dañado asimismo en su patrimonio, en la obra de uno de sus pintores más excelsos. Poco después, aquella información fue publicada en el diario de la calle de Miguel Yuste.

Además de todo lo sustantivo que ello implicaba, lo que se dirimía entonces era que los dos lienzos de Goya tenían sobre sus telas las huellas mismas de la guerra que el pintor universal quiso denunciar 120 años antes al representar sus efectos en aquellas dos obras. Revelaba, además que quienes decidieron restaurar sendas obras, hispanistas incluidos, prefirieron por su cuenta y riesgo, a espaldas del escrutinio público y sobre todo, de la memoria histórica de nuestro país, borrar todo indicio de aquellas cicatrices. Aparte de los motivos bélicos representados en su pintura, algún indicio conservado –pero arbitrariamente eliminado– podría haber dado testimonio real, directo, material y tangible, del horror que la guerra implica. Y ello si, pese a su explicable y quizá necesaria restauración, se hubiera conservado siquiera algún pequeño vestigio en las telas de aquellas heridas que diera testimonio, no solo representativo, sino también matérico, de los horrores de las guerras. Realidad y representación, bélicas, de una sola vez: ejemplo vivo.

Este escribidor, convertido en cicerone, frente a esos dos cuadros de Goya, explicaría también a los dignatarios de la OTAN visitantes del Museo del Prado, que la República española, en la Guerra Civil, fue abandonada a su suerte por las potencias denominadas democráticas, frente a la agresividad totalitaria hitleriana y mussoliniana. Ambos regímenes perpetraron, entre muchísimos otros crímenes –por los que sus Estados no pagaron a España reparación de guerra alguna, como si hicieran con otros países–, aquellos bombardeos contra el tesoro artístico nacional. Y el improvisado cicerone les recordaría –paradojas de la Historia­–, que el pueblo y el Gobierno rusos sería de los pocos que se avinieron a socorrer cívica, política y militarmente entonces al pueblo español, acosado y acogotado a la sazón por el rampante totalitarismo nazi-fascista, repicado aquí en clave propia por Francisco Franco. Mexicanos y brigadistas internacionales aportarían, también, su generoso apoyo a la causa republicana, es preciso recordarlo siempre.

Tal vez alguno de los dignatarios de la OTAN recientemente presentes en Madrid, de haber escuchado este relato, pudiera haber reflexionado y recapacitado más –y mejor– sobre el previsible alcance de las decisiones que iban a aceptar, sin rechistar como han hecho, a propósito de las guerras en presencia y por venir, de cuyas miserias y tribulaciones, Francisco de Goya y Lucientes, tan genial y clamorosamente nos alertaba desde aquellas dos excelentes, sufrientes también, pinturas.

(*) El periodista de El País era Rafael Fraguas.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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