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Reflexionando acerca del “Ser Español”


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

La excesiva abundancia de conceptos sobreentendidos lleva inevitablemente a la anfibiosis. Hace más de cincuenta años el ecólogo microbiano Theodore Rosebury acuñó el término “anfibiosis” para referirse a la situación en que dos formas de vida establecen relaciones que pueden ser simbióticas o parasitarias, dependiendo del contexto. Así, en ocasiones el microorganismo combate a los invasores. Del mismo modo, puede volverse contra el organismo o, en cualquier otro momento, hace ambas cosas simultáneamente.

Tomando distancia del universo microbiano, si entramos en la dimensión sociopolítica, se puede comprobar que la anfibiosis se manifiesta frecuentemente en la complejidad de las relaciones sociales, donde algunos sinvergüenzas pretenden conferirse una calificación que no les cuadra. La de “ser español”. Esa calificación profusamente enunciada para elogiar éxitos deportivos o describir ilusorios comportamientos mediáticos.

Si nos atenemos a los que pregonan su orgullo del “ser español”, mientras abren sociedades offshore, eludiendo sus responsabilidades fiscales con el conjunto ciudadano, entonces se establece un escenario anfibiótico. Del mismo modo, aquellos que permiten con su indolencia o complicidad, que se consumen actos reñidos con la ética en la gestión de las responsabilidades públicas e institucionales. Da igual que se trate de magistrados, cargos electos o directivos empresariales. Los comportamientos corruptos, sean desde el rol de corruptores o corrompidos, poco tienen que ver con “el ser español”.

Estas consideraciones excluyen de tal denominación a los que cultivan los privilegios por encima del derecho. A los que someten y degradan la legalidad, con el único fin de proteger personas o entidades, pese a conferirles un sesgo evidente de ilegitimidad. En tales casos, de nada sirven las puestas en escena o escenarios de dudosa moralidad construidos a tales efectos. El mundo de la post verdad es su escenario preferido.

Las acciones inmorales no pueden ocultarse tras ceremonias por muy solemnes que estas sean, máxime cuando se alude al “ser español”. El virus de la corrupción lo abarca todo y la permisividad sigue actuando como dinamizador del deterioro. De allí, las cadenas de complicidades tejen redes que vinculan a todos los niveles y actividades.

Solamente se podrían reconducir las conductas hacia lo que debe “ser español”, si la honestidad prevaleciese y la justicia actuase más allá de contubernios y colusiones. Porque no bastan las banderas, por no mencionar a un himno sin letra, metáfora precisa de la anfibiosis del sistema. Los comportamientos individuales y colectivos serán los que consoliden y afiancen ese concepto, más allá de las palabras vacías y los comportamientos contradictorios.

El desconcierto, con el desánimo consecuente, son actitudes colectivas alentadas desde los grupos que procuran inocular ideas confusas tras las que lucrarse. Esto, porque la corrupción y el “ser español” son incompatibles. De todo ello, se deriva que parece haber menos patriotas de los que se proclaman en el parlamento, en los juzgados y en la prensa.

Bueno sería preguntarnos, entonces, si ya no es tarde para reconstruir la dignidad perdida.

 

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.

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