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Un avispero en el zoco de Marrakech


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Ya con cierta perspectiva, cabe imaginar ahora cuáles han sido las supuestas razones que explican los recientes cambios en la política exterior española, concretamente los que conciernen al Sahara y al protagonismo español en el nuevo rumbo de la OTAN. Es difícil considerar que se trata de asuntos no conectados internamente. La mirada se concentra en Estados Unidos que, desde las postrimerías del mandato de Donald Trump -y su continuidad no desmentida durante el mandato de Joe Biden-, se embarcó en una apuesta atolondrada a favor de aupar a Marruecos al rango de gran potencia mediterránea, cuando nunca lo ha sido, entre otras razones, por el escaso protagonismo histórico-político de su Estado.

Una vez más, la política exterior de Washington, tan recelosa hacia la autonomía estratégica de la Europa continental, se atenía a demandas de Israel, deseoso de establecer relaciones diplomáticas oficiales con Marruecos -extraoficialmente siempre las hubo- para permitirle echar raíces en el Mediterráneo occidental. Y ello toda vez que las tiene bien trenzadas en el área oriental del mar interior euroafricano, con Libia destruida; Egipto instalado en sempiterna ambigüedad; Siria acechada siempre; Irak destrozado; Yemen en llamas; apenas algún mimbre tendido con Turquía y una serie de pactos con emiratos de Estados endebles, donde élites familiares oligarquizan el poder a costa, tan solo, de muchos petrodólares y muy poco más.

Rearme

Un rearme insólito emprendido por el complejo militar-industrial norteamericano hacia Marruecos acompañaba la decisión de Washington a favor de la abducción sahariana de Rabat. Se mostraba asimismo enfrascado en parar supuestamente los pies a una Argelia en plena quietud, gran potencia energética del Norte de África, amiga de Rusia, considerada por Israel como el único vector estatal árabe no desmantelado o neutralizado en la región contigua, ni regida por el islamismo. Allá Washington con sus negocios de armas, dada la baja cualificación de Rabat como pagador internacional. Ojalá alguien se percate de los devastadores efectos de una temible desestabilización argelina en el Mediterráneo, habida cuenta del terrible daño causado a la estabilidad de la región por el desgarro inducido de Libia, Sarkozy mediante, con la bendición de Washington.

El caso fue que, presumiblemente para atajar la súbita proclividad estadounidense, militar y política, hacia el vecino marroquí de España, o bien para placarla y demandar a cambio otras concesiones políticas o militares que se irán perfilando, no parecía preverse desde aquí otra posibilidad política que la de avalar la decisión de Washington sobre el Sahara. Y ello, ya que Alemania, abiertamente, y Francia con la boca pequeña, habían hecho lo propio, de tal manera que España se quedaba sin avales europeos para proseguir una política europea propia al respecto.

Esta medida casaba asimismo con el inédito protagonismo adquirido por España en la primera línea de las tomas de posición a favor de Ucrania y frente a Rusia, que algunos diplomáticos consideran desproporcionada por crear innecesarios agravios con el potente vecino europeo, del que nos separan muchos kilómetros. Y se hacía desde la retaguardia geográfica de la OTAN, en posiciones de vanguardia, autonomizándose de las cautelas franco-alemanas, no solo por razones energéticas, sino también militares al respecto. Washington ha sacado pecho -hasta ahora replegado en Europa- gracias a la OTAN y la reciente cumbre madrileña le ha dado pie para ello. No olvidemos que la primera fragata que viajó al Mar Negro era española; ni las declaraciones más adhesivas de la ministra Robles; ni las tomas de posición más contundentes y más alejadas de la salida diplomática del conflicto… todo eso, más zalamerías sin cuento hacia el renombrado showman de Kiev ha caracterizado la política exterior española desde el 24 de febrero, fecha de la invasión militar rusa de Ucrania.

¿Había alguna razón interna para asumir estas innovaciones en la política exterior española? ¿Era igualmente asumible el precio interno, a escala de la opinión pública española, profundamente hostil a cualquier concesión hacia a la antipática monarquía alauí? ¿Se calibró la opinión pública hispana hacia el trato habitualmente desdeñoso recibido por Madrid desde los diplomáticos de Washington? A tenor de la acordado, parece que sí la había y que ambos riesgos eran asumibles. El linchamiento incesante, desde el minuto cero de su arranque, acometido contra el Gobierno de coalición por la derecha, PP, la extrema derecha, Vox, y el centrismo-catastrofista, Ciudadanos, más sectores potentes de la patronal, más las eléctricas, la judicatura involutiva anticonstitucional, los gobiernos regionales más desnortados, incluido el “fuego amigo” de algunas vacas sagradas que dejaron de ser socialistas… recomendaban al Ejecutivo, si quería consumar la legislatura, empoderarse de alguna manera. Y se pensó, presumiblemente, en asumir el riesgo de aquellas dos decisiones, Sahara y Ucrania, del agrado del presunto aliado transatlántico. Y así se ha hecho.

Todo ello se adoptaba, claro, a sabiendas de que armar hoy una impugnación social extensa contra dos medidas impopulares de la política exterior oficial, en un país exangüe por la pandemia, harto de unos dirigentes de oposición analfabetos y carentes de sentido de Estado, en un ambiente despolitizado como el aquí vivido, carecería de eficacia. Máxime cuando el pacifismo, una tradición popular hispana, lleva adormecido en nuestro país varios años, pese a su pretérita pujanza. Solo desde un ala del propio Gobierno cabía tal impugnación, lo cual hubiera resultado suicida para la continuidad de la coalición gubernamental, embarcada en reformas internas de amplio calado social como meta prioritaria y legitimadora de su ascendiente electoral.

Qué curioso que la impugnación del PP contra Pedro Sánchez, incluso la de Vox, otrora frisando ambas la histeria con ribetes apocalíptico, hayan amainado tanto desde que se adoptaron sendas decisiones. Se nota que las terminales de Washington sobre Génova funcionan cuando el PP juega con las cosas de comer. Todo indica que, salvo sorpresas inflacionistas, la ruta hasta la culminación de la legislatura parece expedita, mientras la consolidación del pluripartidismo electoral parece un axioma ya asumido y cuando ya casi nadie, salvo algún gobernador-taifa trasnochado, apuesta por un bipartidismo a la vieja usanza. Vamos a ver cómo queda el mapa electoral tras las pruebas venideras y si la izquierda española es capaz de renunciar, por una vez, a la vivisección -esa manera de abrirse en canal ante las urnas- y opta por el acuerdo amplio.

Todo lo sucedido parece insertarse en una oleada de pragmatismo oficial, explicable para unos, erróneo para muchos otros, aunque el precio que suele pagarse cuando desde la izquierda se debilitan principios ideológicos consolidados -solidaridad, pacifismo- acostumbra ser muy elevado y, más temprano que tarde, suelen pasar gravosa factura. No cabe olvidar que las segundas marcas pesan siempre, para el empleador, menos que las marcas primeras. Aun cuando el pomposo empleador se haya metido de hoz y coz en un avispero tan intrincado como el zoco de Marrakech.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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