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No incordiar al dragón laborioso


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Xi Jinping en una caricatura de DonkeyHotey vía flickr. Xi Jinping en una caricatura de DonkeyHotey vía flickr.

Se atribuye a Maquiavelo, también a Bonaparte, la frase “cuando tu enemigo se esté ahorcando, no le distraigas”. La frase actualizada sería, “si tu competidor está distraído trabajando en sus cosas, no le acoses, pues puede sentirse soliviantado e irritarse”. El olvido de esta máxima parece haber guiado los pasos respecto a Pekín de Washington, como acostumbra hacer desde que, años atrás, comenzara a tomar conciencia de su declive geopolítico mundial, iniciado en Vietnam y rematado en Afganistán.

Su afección se ha acentuado al comprobar que el fin de la Guerra Fría resolvió mucho menos de lo que Washington esperaba –la liquidación completa de Moscú del club de los grandes. Así se demuestra en el caso de Ucrania, tan precipitadamente segregada de la Unión Soviética por las prisas de Washington, vía OTAN, de copar el vecindario soviético y anotarse a toda costa una victoria que, hasta el momento, no ha sido y no parece que vaya a ser tal. Y ello porque la invasión rusa de su país vecino, también eslavo, vuelve a colocar a la Federación Rusa en el primer plano del club de las grandes potencias, para horror de Washington. Con la particularidad añadida de que China se ha alineado al respecto con su vecina Rusia.

Las cosas se plantean hoy en torno a las relaciones de Estados Unidos con China. El Estado asiático, replegado sobre sí mismo durante siglos al modo de un dragón durmiente y reacio a emprender conflictos militares, ha permanecido enfrascado las pasadas décadas en promover su desarrollo interior. Se ha transformado así en un dragón laborioso ocupado en sus cosas, con éxitos patentes: hegemonía productiva a escala planetaria; comercio exterior boyante; copiosa inversión en Investigación y Desarrollo; despliegue de una tecnología mundialmente puntera; programa espacial propio; crecimiento económico anual frisando, ocasionalmente, el 10% de su Producto Interior Bruto; compra de deuda extranjera, incluida la estadounidense…Todo ello puso a China en primera línea de la globalización, de tal manera que ha conseguido una evidente elevación de su estatura geopolítica mundial. Un desarrollo importante de su armamento, marina de guerra incluida, acompañaba tal trayectoria, avalada por el 1,9% de su presupuesto dedicado a defensa.

Celos

Pero ese proceso fulgurante despertó celos por doquier al otro lado del océano. Las líneas generales de la trayectoria geopolítica china –la secuencia paz, producción, expansión, comercio-, no habían variado sustancialmente hasta que Estados Unidos decidió llevar la nostalgia de sus afecciones hegemónicas en declive y su persistente complejo de superioridad a la región asiática. Allí decidió que se jugaba la principal partida. Contaba, a su favor, con el temor del vecindario asiático desde que en agosto de 1945, hace ahora 77 años, hiciera uso del arma nuclear sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, con un balance de entre 150.000 y 180.000 víctimas mortales instantáneas. Washington, de tal manera dijo “aquí mando yo”, por lo cual ha sentido allí su retaguardia segura. Pero el crecimiento económico y tecnológico de China, acompañado por el rearme –China pertenece al club nuclear– y el despegue de su presencia en los escenarios mundiales, comenzó a inquietarle y ha retraído oblicuamente la mirada de Washington hacia Asia. De momento, los cerebritos de Washington asociaron el nombre de Asia al del Pacífico, porque Estados Unidos es un forastero residente en la zona asiática, 11.700 kilómetros le separan de China, mientras que sí tiene una amplia fachada al Pacífico, al igual que China. Por eso la disputa geopolítica, en clave occidental, ha pasado a llamarse ahora Asia-Pacífico.

Invitado por su primo carnal británico, a principios del siglo XX, Estados Unidos empezó a meter mano en China que, desde 1839 y hasta la guerra de Corea en 1950, sufrió la injerencia extranjera en casi todos sus asuntos internos. La etapa es conocida allí como “la centuria ominosa”, con un saldo de bloqueos, boicoteos, éxodos y hambrunas con millones de muertos. Hoy, nadie con dos dedos de frente puede plantear ingerirse en la política interior –y cada vez menos en la exterior– de China. Pero en la Casa Blanca y en el Congreso de los Estados Unidos parece que sigue habiendo gentes que continúan pensando que el imperio estadounidense debe seguir aplicando, a toda costa, su misión providencial de democratizar el mundo. La alternativa acostumbra ser el binomio sumisión/cañoneras.

Esta parece ser la actitud de la líder demócrata estadounidense Nancy Pelosi, reelecta Presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, que acaba de visitar a la isla de Taiwan, antigua Formosa, colonizada por España entre 1626 y 1642. Se trata de un territorio insular de 36.197 kilómetros cuadrados –algo más que Cataluña- situado a 100 millas náuticas del litoral meridional chino y habitado por 23,3 millones de moradores. Allí se refugió en 1949 la facción encabezada por el líder militar derechista Chiang Kai ckek, tras ser derrotado por la revolución comunista capitaneada por Mao Tse tung y Chu En lai, victoriosa en el continente. China se extiende a lo largo de 9,6 millones de kilómetros cuadrados y su población llegará a 1.400 millones en el año 2050.

Sal gruesa sobre la herida

En Taiwan reside un Gobierno cuya soberanía Pekín reclama desde aquella dolorosa secesión. El viaje a la capital taiwanesa, Taipei, de Nancy Pelosi, exitosa política demócrata, californiana y abortista de origen italiano, de 82 años, ha venido a significar en términos geopolíticos, algo semejante a un vertido de sal gruesa sobre la herida, cada vez más abierta, en las hoy tensas relaciones sino-estadounidenses. Y ello porque China percibe como desaforada la presencia militar naval de Estados Unidos frente a su litoral y en la región asiática, con seis de sus 11 portaviones –buques-metáfora del expansionismo, ya que embarcan aeronaves- desplegados junto con numerosos buques más en los mares cercanos a China, que solo cuenta con dos portaviones. No obstante, su Marina costera adquiere grandes proporciones y puede disponer de varios miles de arrecifes como bases potenciales, amén de una extensa flota pesquera, susceptible de desempeñar funciones paramilitares auxiliares, en caso de intentos foráneos de invasión.

Los nexos sino-estadounidenses, competitivos primero, conflictivos hoy, se han visto encrespados a propósito de la policía regional que Estados Unidos se arroga sobre el mar de China, litoral a la zona meridional del gran país asiático. La linde marítima se halla salpicada de 200 islas y varios miles de arrecifes. Spratly y Paracelso son los dos archipiélagos más extensos y se encuentran en disputa por la soberanía completa: de China el primero, con Taiwan y Filipinas, o parcial, con Vietnam, Brunei, Malasia o Indonesia.

El mar meridional se encauza hacia el angosto Estrecho de Malaca, por donde China exporta por vía marítima casi la cuarta parte de su producción y recibe la mayor parte de sus provisiones en energéticos. Algo similar sucede con otros países ribereños. La Marina de Estados Unidos se atribuye el cometido de “velar por la seguridad marítima en la zona y garantizar la libre navegación”, axiomas considerados por muchos como sendos pretextos para aplicar, también allí, a 11.700 kilómetros de las costas norteamericanas y en el bajo vientre chino, su designio hegemónico naval, al que se propone contribuir desplazando allí hasta el 60% de la inmensa flota norteamericana. La Casa Blanca destina a su presupuesto militar el 3,3% de su PIB, estimado en unos 800.000 millones de dólares.

Como cabe comprobar, la zona es extremadamente sensible, pero la diplomacia china y cierta receptividad de sus vecinos, habían conseguido atemperar las reivindicaciones mutuas, asuntos pesqueros incluidos. Y ello hasta hace una década, concretamente 2012, en que Hilary Clinton, avalada por el presidente Barak Obama, comenzó a aplicar una nueva doctrina militar made in USA en al área denominada Pivot Act. En sustancia, consideraba por primera vez y abiertamente a China como un rival geoestratégico, concepto repercutido sobre la reciente cumbre de la OTAN en Madrid. Cabe destacar que Estados Unidos no ha suscrito la Convención de Naciones Unidas sobre Derechos del Mar, de 1982, rubricada sin embargo por China en 1996, acuerdo que ha permitido y permitiría gestionar los diferendos al respecto.

Irritación

La respuesta a la visita de Nancy Pelosi ha mostrado la irritación de China, que ha desplegado un abundante aparato naval en torno a Taiwan, con el disparo de cuatro misiles por encima de la isla secesionista. Este hecho militar, grave, pone de relieve que el dragón laborioso parece haber querido demostrar que, si percibe que se le incordia en demasía, es capaz de bramar con un bufido como éste, que inunda de temor a sus vecinos y cuyo eco espera que llegue a la Casa Blanca, con la cual ha suspendido conversaciones sobre temas medioambientales y militares.

Washington había emprendido tiempo atrás una cadena de pactos militares y diplomáticos suscritos con aliados de la zona, como Japón –que ha protestado con viveza contra la reacción militar china a la visita de Pelosi- Corea del Sur o Singapur –Filipinas abandonó ocasionalmente la nómina de sus aliados- y, señaladamente, Australia. El Gobierno de Canberra percibe con temor el impacto geopolítico del crecimiento de China, que lleva aparejado un importante proceso de rearme mutuo. No podía faltar allí el Gobierno del Reino Unido, pererejil de todas las salsas, que con sus parientes australianos y el primo norteamericano ha suscrito el AUKUS, un tratado que incluye el rearme del país oceánico, con 12 submarinos de propulsión nuclear y nuclearizables, cuya construcción le ha sido arrebatado por Estados Unidos a Francia, pese a haber firmado el contrato con Australia ahora unilateralmente rescindido. El tratado, hegemonizado por Estados Unidos y versado destacadamente hacia China, puede traer, asimismo, graves repercusiones en la escena mundial, las bélicas incluidas.

Pelosi justificó su viaje diciendo que la partida a escala mundial se juega entre “democracia y autocracia”, pero cabe preguntarse si el cornudo tiznado con pieles de bisonte que, con miles de conmilitones, algunos armados, invadió el Capitolio de Washington el 6 de enero de 2021 con el apoyo implícito del presidente saliente Donald Trump, simboliza todavía el ideal democrático que Washington dice defender y aplicar por doquier. Su ideal cuenta con entre 150 y 180 bases militares dispersas por todo el mundo, señaladamente en el contorno litoral del continente euroasiático (China solo posee una base militar foránea en Djibuti, en el Cuerno de África).

La Casa Blanca desaconsejó formalmente el viaje de Nancy Pelosi; pero, lejos de convencer a la circundancia, vino a significar la perpetua vigencia de la Two track way, la política de ida y vuelta tan cara a Washington, que le asegura una vía de llegada y otra de retorno, por si las moscas, para ocupar así todo el tablero geopolítico. Confiemos en que la sensatez regrese a sendas cancillerías y que el horizonte se despeje de otra posible pesadilla bélica como la que, con ciertas similitudes en las percepciones originales que la desencadenaron, se ha hecho triste e inquietante realidad en Ucrania.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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