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Un fardo de heno y un cubo de agua ¿De qué libertad hablamos?


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Cuando hablamos de libertad, ésta siempre se trata de partir de la concepción espontánea e inmediata que tenemos de la liberación, la del "hombre de la calle" que Sócrates podría haber cuestionado. Así, la libertad significa "hacer lo que uno quiere", parece corresponder a la omnipotencia de la voluntad de cada individuo. Espontáneamente, todo individuo se siente libre en cuanto puede realizar todos sus deseos, con todas sus ganas, en castellano sería algo como “hacer lo que me da la gana” o “hacer lo que me da la real gana” que en estos tiempos tiene más enjundia, mucha más-.

Sin embargo, la experiencia ordinaria de la vida muestra también, paradójicamente, que el ser humano está sometido a numerosas limitaciones, tanto externas (físicas, sociales, políticas) como internas (instintos, hábitos, pasiones), que pesan sobre su libertad y que le resulta difícil, si no imposible, superar completamente por iniciativa propia. Por lo tanto, ¿la sensación de libertad sería sólo ilusoria? Es importante entender la importancia de la ilusión, que procede ciertamente del error, ya que engaña al individuo, pero también procede de la mistificación. ¿Qué significa esto? Cada individuo es responsable de sus errores y tiene el poder de corregirlos. En cambio, en la ilusión, que puede ser tanto individual como colectiva, seríamos víctimas de un poder engañoso que no se puede superar. La cuestión que se plantea, pues, es la siguiente: ¿Qué tipo de deseo humano está en la raíz de una ilusión? ¿O qué necesidad busca satisfacer el hombre en la perpetuación de una ilusión?

La problematización del tema radica en que si todo individuo experimenta un sentimiento inmediato de libertad, ¿se refiere esta convicción a una creencia ilusoria o a un verdadero autoconocimiento? El objetivo será, pues, distinguir entre lo que es una libertad real e identificable y lo que es un deseo infundado de libertad, con vistas a la lucidez y la verdad.

Debemos entonces partir de la constatación de que el sentimiento común e inmediato que experimenta todo hombre es el de sentirse libre: en efecto, todo hombre puede experimentar, al menos internamente, una libertad para pensar y actuar, independientemente de cualquier coacción externa. Por lo tanto, esta convicción interior está profundamente arraigada en cada uno de nosotros. Esto debería existir en cada individuo, la práctica nos dice que no es así.

Pero ¿no es la libertad una ilusión? O dicho de otro modo, ¿no es probable que el hecho de sentirse libre se refiera sólo a una creencia ilusoria? ¿El sentimiento inmediato de nuestra libertad es verdadero, es decir, se refiere a un verdadero conocimiento de uno mismo?

En el lenguaje cotidiano, la libertad se refiere al poder de todo hombre de obedecer sólo a sí mismo, sólo a su propia voluntad, y de actuar sólo según sus deseos, independientemente de cualquier coacción o de cualquier presión externa. Por tanto, toda persona se siente espontáneamente libre, simplemente porque se cree capaz de hacer elecciones de pequeña o gran importancia, de tomar decisiones de pequeña o gran magnitud.

La cuestión es en otras palabras, que todo hombre, cuando se mira reflexivamente, se juzga espontáneamente libre, es decir, capaz de actuar simplemente según su voluntad. La mayoría de los filósofos que han hablado a favor de la libertad humana, a favor de la existencia del libre albedrío, han dado gran valor a la experiencia íntima e inmediata que tendríamos, según ellos, de nuestra libertad: "La libertad de nuestra voluntad -escribe Descartes (Principios de Filosofía, I, art. 39)- se conoce sin prueba por la mera experiencia que tenemos de ella.

La libertad correspondería, pues, a un sentimiento interior, a una experiencia inmediata en cada hombre. Pero, ¿podemos contentarnos con esta experiencia inmediata o, por utilizar la formulación de Bergson, con este "hecho inmediato de la conciencia"? En otras palabras, ¿podemos conformarnos con la sensación de nuestra libertad para deducir su existencia cierta? ¿Es posible, pues, tener una experiencia de nuestra libertad que justifique este sentimiento? ¿Podemos demostrar la existencia del libre albedrío?

Se dice que Jean Buridan, un filósofo francés del siglo XIV, ideó un experimento imaginario para demostrar la existencia del libre albedrío: la situación sería la de un animal, en este caso un burro, igualmente hambriento y sediento, que, al ser colocado a igual distancia de un fardo de heno y un cubo de agua, duda, se muestra incapaz de elegir y finalmente se deja morir. La capacidad de decidir es de las cuestiones más difíciles que el cerebro realiza.

Este "protocolo experimental metafísico" tendría así el objetivo de probar la existencia de la "libertad de indiferencia" humana. De hecho, todos hemos experimentado una situación en la que los motivos o las motivaciones para un acto u otro eran tan iguales, o tan convincentes, que nos encontramos incapaces de hacer una elección. En efecto, ¿qué ocurre cuando un individuo se enfrenta a dos posibilidades igualmente equivalentes, cuando no hay nada que determine su elección? Ahora bien, lo que permite al hombre escapar de la situación absurda del burro que se muere de hambre y sed entre un fardo de heno y un cubo de agua es que tiene esta libertad de indiferencia, es decir, esta libertad por la que nuestra voluntad tiene el poder de elegir espontáneamente y por propia iniciativa.

Esta situación de elección indiferente demuestra que el hombre está dotado de un libre albedrío, es decir, de una capacidad de elección que puede escapar a todo determinismo. Para Descartes, esta libertad de indiferencia, aunque considerada como "el grado más bajo de libertad", es al mismo tiempo la prueba de un libre albedrío puro que hace al hombre semejante a Dios (Meditación 4).

Continuará.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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