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Argumentos para el optimismo


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Hay razones para el optimismo intramuros de España. De momento, siempre amanece. Los calores han menguado. La brisa vuelve a refrescar los atardeceres y a dulcificar las noches. Los gorriones gorjean entre los árboles, mientras los enamorados sienten de nuevo hondos picores en el corazón. Y los niños, otra vez, vuelven a sus colegios. Su griterío matinal acalla los sones siniestros de los trompeteros profesionales del Apocalipsis. Estos, que cobran por propagar la desdicha, comienzan a recibir su merecido purgante: una lluvia de datos incuestionables que demuestra que las condiciones de existencia de las mayorías sociales, en España, han mejorado objetivamente en los tres últimos años. ¿Por qué? Por múltiples motivos.

El primero de ellos, en el plano social, es la resiliencia, la capacidad de afrontar la adversidad mostrada por sectores mayoritarios de la población y ramas profesionales casi al completo: desde [email protected] y médicos, hasta bo[email protected], militares, [email protected], [email protected], [email protected], forestales, cientí[email protected], [email protected]…; componen una interminable lista en la que gran parte de la ciudadanía española más consciente figura también en primera fila, desde los hogares, los tajos y los puestos de teletrabajo. La sociedad civil responde. El patriotismo cívico de los hechos y los compromisos, no el de las meras banderas, ha sido y es un hecho evidente.

Otro de los motivos del optimismo, no menor, ha sido en el plano político la constitución, por primera vez en ochenta y tres años, de un gobierno de coalición que ha sentado en el Consejo de Ministros a socialistas, comunistas, republicanos, nacionalistas e independientes. Conjuntados, con el apoyo decisivo de los sindicatos mayoritarios, UGT y Comisiones Obreras, han sido capaces de adoptar medidas sociales, laborales y salariales valientes para defender a las mujeres, las capas obreras y medias, así como proteger a los más débiles, amagar a los más fuertes y encarar con entereza una cadena inédita de crisis -virus, nieve, fuego, odio- y que, gracias a su coordinación y consenso, ha sido domeñada de manera desenvuelta no sin admitir la existencia de disensos obvios, sorteados con habilidad y cintura. La iniciativa ha presidido las tareas políticas, proyectando una imagen de responsabilidad, flexibilidad y compromiso sensato por afrontar directamente los graves problemas surgidos en la escena española. La crítica, siempre necesaria, ha tenido lugar asimismo puertas adentro del Ejecutivo, señaladamente sobre algunas de sus decisiones hacia el exterior.

Claro que, en detrimento de la crítica parlamentaria justa y obligada, los ladridos de los de siempre no han cesado. Viven de ladrar. Es lo único que saben hacer bien. Ahora, al parecer, solo gruñen. Se han percatado de que el No permanente a todo les lleva a un callejón sin salida. Y tal vez hayan tomado conciencia de que deslegitimar a un Gobierno democrático como el actual acabará por deslegitimarles a ellos mismos, si es que vuelven a gobernar. ¿Quién les garantiza que sus decisiones serían obedecidas por más de la mitad del país, cuando han boicoteado todo tipo de salida a los enormes retos que, inesperada e involuntariamente, nos han caído a todas y todos encima? La mentira en política tiene un límite y los réditos electorales que su profusión les ha granjeado hasta ahora, más temprano que tarde, llegará a su fin. También sucumbirá la táctica de judicializar la política, tan irresponsable por parte de aquellos magistrados que se han brindado sumisamente a aceptar instrucciones de los que ladran.

Extramuros

Extramuros de España, las cosas no pintan bien. El posible ritornello italiano de los cachorros de Mussolini al Ejecutivo romano; la deriva antidemocrática de los Gobiernos de varios países del Este, desde Polonia a Hungría y Ucrania; la obsesión de la OTAN por introducirse en Georgia y Moldavia, olvidando que su propia arrogancia por adentrarse a machamartillo en Ucrania desencadenó la actual e injustificada guerra entre Kiev y Moscú, tan desastrosa para los intereses europeos; el rearme de Alemania; el vacío dejado por Ángela Merkel, trabajosamente rellenado por Scholz; la “franco-francofonía” de Emmanuel Macron; la zozobra británica tras el errático y bufonesco liderazgo del siempre despeinado Boris Johnson. El revés constitucional en Chile… Sin olvidar la persistente altanería del monarca alauí, apoyado por la tambaleante presidencia de Joe Biden, frente al acrecido ascendiente del disfórico Donald Trump en el seno del Partido Republicano; más la fijación del complejo militar-industrial estadounidense por hurgar en esa entrepierna geopolítica de China llamada Taiwan… coqueteando otras vez con la probabilidad de una nueva y catastrófica guerra.

Parece difícil vislumbrar que exista en el panorama político internacional condiciones inmediatas de solución y personalidades con suficiente ascendiente como para poner orden, democrático, claro, en medio de tanta adversidad y frente a las derivas autoritarias. Pero haberlas, haylas: Europa capital Bruselas, parece espabilar tras el aluvión de crisis que enfrenta; y anuncia, por boca de Úrsula von der Leyen, que tal vez es llegada la hora de las nacionalizaciones y de ciertas formas de planificación. La prepotencia obscena de los beneficios bancarios y de las compañías energéticas clama al cielo en situaciones de adversidad generalizada como las que se viven ahora en el continente. El dormido sentido común de muchos europeos parece despertar y percibir que tal latrocinio debe ya concluir.

Tal vez se trate de un mero pensamiento teñido de deseo (wisfull thinking), pero el hecho de que la Europa más arrogante, hegemonizada hasta anteayer mismo por el discurso ultra-liberal, se plantee seriamente la inevitabilidad de medidas de calado social como el mentado refreno de la arrogancia de bancos y energéticas, es un hito simbólico evidente. Hito con saludables precedentes, ya tangibles, en las ayudas a fondo perdido –otras a crédito- emitidas desde la cúpula europea para que los miembros de la Unión afronten el turbión de adversidades sobrevenidas.

Buen partido

España ha sabido sacar buen partido a tales ayudas, de manera que la bonanza situacional de aquí debe a la gestión del compromiso de apoyo continental una parte de su logro. Y el excepcional respeto a los justos anhelos hispano-portugueses en materia energética constituye un magnífico precedente político-económico de la flexibilidad europea y un reajuste compensado de la proclividad de las decisiones de Bruselas casi siempre versadas a satisfacer al poderoso Norte. Por el contrario, los reiterados tirones de los faldones europeos histéricamente zarandeados por Casado y Cia para que las ayudas no llegaran a España podrían pasar a inscribirse en la historia de la infamia -y de los infames- escrita por el argentino Jorge Luis Borges.

Los motivos para el optimismo renacen en el Viejo Continente. La conciencia de la necesidad de la autonomía política y militar de Europa se va abriendo paso poco a poco, porque los más afectos a las directrices de Washington han de percibir, cada día con mayor claridad, que casi todas ellas resultan dañinas para la unidad, los intereses político-económicos y, asimismo, para los valores democráticos de Europa. Washington ha dejado de ser el foco democrático del Planeta: el eco de lo sucedido en el Capitolio y su siniestro significado golpista, resuenan con fuerza en los oídos de los demócratas de todo el mundo. Europa, donde nació la democracia, ha de emprender el camino del reencuentro con su supremo valor colectivo, mediante fórmulas democráticas innovadas por las que se rijan los partidos políticos, sindicatos e instituciones estatales. Recordando al poeta francés “el placer está en la víspera”, todo ello augura una víspera gozosa.

No desesperemos, pues. Confiemos en la potencialidad continental. En su historia, su cultura, sus valores; su siempre posible prosperidad gracias a las capas trabajadoras de obreros y empleados; a sus empresarios honestos; y, sobre todo, a la configuración de Europa como un espacio de libertades, con capacidad para mantener lazos de amistad no solo los transatlánticos, sino también con nuestros vecinos eurasiáticos. Los nexos multipolares, su ascendiente civilizacional, político, diplomático y económico, otorgan a Europa un extraordinario poder de arbitraje mundial que es llegada la hora de movilizar para la causa de la paz y la amistad entre Estados. Con su fuerza arbitral le cabe perpetuar su estadía en la primera línea de la Historia mundial y, en lo inmediato, poner fin no solo a la cruel guerra en el Este, sino también a muchas otras guerras que escarnecen y avergüenzan también a toda la Humanidad. Solo así podremos dar paso a una paz duradera y gozosa de la cual todas y todos tenemos derecho a disfrutar.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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