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Quo vadis, Italia/unde enim venire


(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

El ser humano es el único viviente capaz, en apenas unos minutos, de remontarse desde el fango hasta las estrellas. La esperanzadora frase pertenece al pensador italiano Giovanni Papini. Pero, desgraciadamente, la frase es hoy de ida y vuelta. Su retorno cabe aplicarlo a la actualísima política italiana que, a tenor del resultado de las urnas, se adentra en una laberíntica senda que nadie puede prever hasta dónde conducirá. ¿Dónde vas, de dónde vienes, Italia?

Cuando éramos niños, en los guiñoles, el héroe infantil Gorgorito, provisto de una estaca, atizaba grandes estacazos a un demonio que no paraba de incordiarle. Éste caía abatido entre el aplauso de la chiquillada, que lo daba por muerto. Sin embargo, cuando el héroe Gorgorito se daba triunfalmente la vuelta en loor de multitudes, el demonio, que en realidad no había muerto, resucitaba siniestramente y atacaba al héroe por la espalda, entre gritos infantiles de horror. A este fenómeno, explotado por Steven Spielberg en algunos de sus filmes, se denomina ritornello.

Tal parece ser lo sucedido en Italia ante la última convocatoria a las urnas, este 25 de septiembre. El demonio, el fascismo mussoliniano, al que se creía difunto y triunfante sobre él la democracia, reaparece con cierto arraigo acechándola de nuevo, a la que el susodicho Duce y el emplumado régimen persiguió, humilló y escarneció. Pero lo nuevo de la situación es que la resurrección demoniaca no viene acompañada con el griterío asustado de toda la chiquillería, sino más bien con el aplauso de muchos de sus integrantes, que parecen querer que se cobre venganza contra el antes heroico demócrata que le venció.

Por sus obras

La extrema derecha puede gobernar Italia. Si, en verdad, se tratara de una fuerza política de la derecha democrática, conservadora, nada habría que objetar. El juego democrático debe ser observado rigurosamente. Pero, como dice el Evangelio, “por sus obras los conoceréis”: la democracia sólo ha interesado históricamente a la extrema derecha para encaramarse en el poder y pasar luego a desmontarla, como haría Adolf Hitler en la zozobrante Alemania de los años 30 del siglo XX. A ello siguió la fusión del Partido Nacionalsocialista con el Estado, el autoritarismo implacable, la sacralización de los führer, duces o caudillos y sus correspondientes dictaduras terroristas; más la policialización de la política, la persecución/aniquilación de la oposición -de todo tipo de oposición política, cultural o religiosa- y todo cuanto sabemos de aquella barbarie que se encaminó fatalmente hacia el genocidio contra enfermos, judíos, comunistas, socialistas, gitanos o cristianos comprometidos. En Italia pasaron cosas muy semejantes a las de Alemania, aunque de otra intensidad y alcance, pero no menos graves.

La pregunta que muchas gentes se hacen es la siguiente: ¿cabe achacar a quienes hoy sintonizan con tales regímenes, por decirse sus herederos, las aberraciones y barbaridades cometidas por aquellos? ¿Es posible que reproduzcan, hoy, conductas políticas criminales, que precipitaron al mundo entonces en un multimillonario baño de sangre sin precedentes históricos? ¿Resulta –o no- injusto o incluso posible hoy, atribuir las mismas intenciones políticas de aquellos, a quienes pueden acceder hoy al poder tras pasar por el cedazo de las urnas?

La respuesta viene dada por los hechos. En distinto grado, pero no con distinta presencia política, la extrema derecha se adscribe y acostumbra preconizar: la execración de la inmigración –que no es legal o ilegal, sino sencillamente humana-; la impugnación de la unidad europea, que no es únicamente la de los mercaderes, que también, sino el mayor espacio de libertades hoy sobre la faz planetaria; y, además, en alianza con el ultra-neoliberalismo, como vemos aquí, aplaude y estimula el desmontaje de la sanidad pública, fomenta la privatización educativa y adopta el ultranacionalismo más huero que quepa concebir como divisa, entre otras derivas cargadas de chispazos xenófobos cuando no supremacistas, anticomunistas, antisocialistas y, señaladamente, anti-demócratas. Pero parece esconder esta aviesa intencionalidad contra la democracia misma, para engatusar a votantes apáticos, que no saben, no pueden o no quieren adentrarse en la comprensión de la complejidad que implica ser ciudadano políticamente consciente, para sumirse en la cerveza frente al televisor y alardear en público, de reproducir los esquemas de la clase dominante como si fueran los suyos propios, y muy poco más.

Frente a prejuicios, temores fundados

¿Pueden considerarse estas derivas como antesala de las exacciones criminales habidas en el preludio de la Segunda Guerra Mundial que aquellas políticas presagiaban? Parece que sería mucho prejuzgar responder que sí, que las preludian. Todo hace columbrar que hoy no resultaría posible repetir aquellas experiencias inhumanas. Pero el temor queda ahí. Y paraliza pensar que pudieran ser reeditadas.

Del mismo modo, argumentan algunos, ¿es posible achacar a la izquierda de hoy, las exacciones de Stalin, purgas, gulags y todo lo que se atribuye? Vayamos a lo concreto. En España, el PCE fue el abanderado de la lucha por la conquista de las libertades democráticas, que nada tuvo que ver con el stalinismo. Y las libertades se consiguieron gracias al esfuerzo de muchos, pero la calle se guiaba bajo la dirección política y sindical de la izquierda comunista –con apoyos socialistas y de la extrema izquierda- en la denominada lucha de masas, lucha obrera, estudiantil, vecinal y profesional.

¿Qué hizo la derecha española durante la transición? Pactar con importantes sectores –no todos- de la izquierda. Gran esfuerzo, eso sí; pero sin parangón posible con el que desplegaron quienes se jugaban su futuro, arriesgaban prisión, despidos laborales, carreras académicas y, en ocasiones, hasta la vida misma, por el ideal igualitario, el más democrático de cuantos ideales se conocen, extensible al feminista, al paradigma ecologista y al de género. La derecha pactó por voluntad propia, aunque tal vez la presencia de masas en la calle le llevó a reflexionar a fondo sobre lo que le aguardaba al franquismo sin Franco. Mas, bueno es reconocerlo, su pactismo resultó operativo y contribuyó a su manera, transigiendo, al despliegue formal de la democracia.Algunas cargas de profundidad dejó en las instituciones –como hemos visto incluso en la Constitución- pero la democracia política y las libertades se abrieron paso.

Mangoneo

Volvamos a Italia. El pactismo allí ha sido una constante, mientras aquí fue siempre una excepción como la ahora explicada. Hay allí un desgaste institucional evidente, más acentuado a medida que el capitalismo financiero, tras derrocar al capitalismo industrial, se ha ido enemistando cada vez más ferozmente con la democracia. Además, Italia ha sido quizá el país europeo más mangoneado por Washington: bases militares decisivas; la VI Flota siempre allí al acecho; la Red Gladio experta en desestabilizaciones; y, sobre todo, alentando el pacto de la Mafia con poderes fácticos y partidos de derecha para impedir la llegada al Gobierno de Roma del potente Partido Comunista Italiano, héroe de la Resistencia antinazi y antifascista.

Recordemos un ejemplo significativo. Cuando, mediada la Segunda Guerra Mundial, el Ejército estadounidense se proponía desplegar un desembarco en suelo europeo, Sicilia fue elegida como trampolín idóneo. “¿Quién manda en Sicilia?”, preguntó el alto mando USA. La Mafia, respondieron los expertos. “Pactemos pues”. El desembarco norteamericano en Italia fue un éxito, merced al valeroso empuje de su ejército y, sin duda, a la ayuda logística de la Cosa Nostra, hegemónica en el Sur de la Bota itálica.

Pero, al concluir la guerra, la Mafia pasó factura a Washington por la ayuda prestada en Sicilia: “queremos el juego en Atlanta, la prostitución en Las Vegas, las apuestas de los caballos en Memphis…”. Un momento, un momento, aquí ya tenéis mucho poder; id a Cuba, se les dijo. Instalados en la isla, la convirtieron en el lupanar caribeño de Estados Unidos. Se hicieron con casi todo, propiedad compartida con Slanski y otros grupos mafiosos menores. Pero, en esto, llegó Fidel, que puso a la Mafia de patitas en la calle. Se dice que Castro sufrió hasta 600 atentados contra su vida. Los tipos de camisas negras, corbatas blancas, sombrero de fieltro y estuches de violoncellos con regalito dentro, algo tuvieron que ver, ¿en cuántos de ellos? Que se lo pregunten a los agentes de acción encubierta, cubanos anticastristas furiosos, cuyo atolondramiento generó la derrota militar del desembarco en Bahía de Cochinos, en abril de 1961, con el cual Washington, mejor dicho, la CIA, quiso derrocar a Fidel, sin conseguirlo. (El débil placet dado in extremis por John Kennedy a la operación militar en Playa Girón puede haber sido concausa de su asesinato, según aseguran algunos expertos).

Acreedores

Bien. El caso es que la organización mafiosa, expulsada de Cuba, repitió su demanda acreedora a Washington por la ayuda dada en Sicilia. “Id a Italia y pactad allí con la Democracia Cristiana para impedir que los comunistas lleguen al poder”, se les dijo. De tal modo, la política italiana fue un auténtico pitorreo de siglas, contrasiglas y formaciones-remociones gubernamentales durante décadas, salpimentada con el terrorismo, trenzándose aquella alianza “de Estado” y contra-natura, que impidió el acceso del PCI al poder, pese a su evidente ascendiente democrático. Por el camino, Aldo Moro, líder democristiano partidario del compromiso histórico con el líder comunista Enrico Berlinguer, para sacar ambos a Italia, entre otros charcos, de la injerencia estadounidense, fue secuestrado y hallado muerto en mayo de 1978 no lejos de la sede del PCI en Roma. Las Brigadas Rojas, coprotagonistas de los llamados años de plomo, se atribuyeron el crimen, políticamente tan rentable para quienes, allende el océano, se oponían furiosamente a la llegada de los comunistas al Gobierno en Roma. La extrema derecha neofascista italiana ensangrentó el país a su manera, estableciendo, por cierto, potentes lazos con el aparato de Estado policial del régimen franquista.

Dos “piezas” ante los jueces

Años después, en 1989-90-91, hace implosión la Unión Soviética. Washington ya no teme tanto al Partido Comunista Italiano –opuesto desde años atrás, en clave eurocomunista, a las directrices de Moscú- y la alianza en Italia no le conviene. Sobreviene entonces un curioso proceso doble. Son llevados ante los jueces, en 1993, Totó Riina, compare supremo de la Mafia (acusado de 150 asesinatos) y un lustro después, el dirigente democristiano de derechas, Giulio Andreotti. ¡Qué curioso, ¿verdad?! Pero el estrambote viene cuando, en 1998, el titular del Vaticano, libre ya de los nexos que le ataban a aquella Democracia Cristiana tan corrupta que pregonaba representarle, se atreve y ve posible visitar a la grey católica cubana, la Isla caribeña de donde la Mafia, aliada con la DC, habían sido expulsada por Fidel. El Papa viajará a Cuba, tanto éste que Fidel Castro se anotará entre otros triunfos en su política exterior.

El caso es que, como cabe ver, Italia ha sufrido desmesuradamente la injerencia de la Casa Blanca en su política interior, exterior y militar. Máxime, cuando el neoliberalismo, las pasadas décadas, le impuso el capitalismo financiero más exacerbado. El gigante geopolítico, entonces democrático, que un buen día liberó a Italia de la presencia parda, impidió luego la plena democratización del país al imponer el mando allí de la peligrosa amistad entre Mafia y DC. Hoy Washington parece ver con simpatía que una emuladora de Mussolini llegue a la jefatura del Gobierno en Roma. Sobre todo, si confirma las pulsiones anti-europeístas de la señora Meloni –admiradora confesa del Duce- y de los suyos: dividir Europa ha sido una de las quimeras más acariciadas por muchos de los estrategos estadounidenses (ingleses también) e Italia, siempre, siempre, será una bicoca. La cuestión hoy consiste en saber si será posible recobrar el sentido inicial de la frase de Giovanni Papini y asistir a la remontada de Italia, “desde el fango hasta las estrellas”.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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