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La desdramatización de Meloni


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Italia estará gobernada por Giorgia Meloni tras conseguir 7,1 millones de votos en las elecciones del domingo pasado a través de su partido Fratelli d,Italia. Del mismo modo que Pedro Sánchez, cabeza de cartel del PSOE, es presidente de gobierno de España, tras su triunfo con 6,8 millones de votos, el 10 de noviembre de 2019.

Proporcionalmente, Sánchez obtuvo un 28 por ciento, frente a un 26 por ciento que cosechó Meloni. Italia y España pertenecen por derecho propio a la Unión Europea, permanecen encuadrados en la maquinaria profesionalmente engrasada que acreditan los sistemas constitucionales y, salvo la jefatura de Estado, monarquía-república, caminan por itinerarios de operativa democrática similar.

Elegido el ejemplo de España al azar, para significar la comparativa dispareja, el caso de Italia viene a distinguirse por el aumento de un drama de componente histórico de cuyo crecimiento quizá solo sea responsable un pánico traído a rastras de las sendas de interpretación política.

Los auxilios a Pedro Sánchez por parte de Unidas Podemos, fácticamente, en forma de coalición; y de los nacionalistas de diverso cuño, parlamentariamente, han sido dibujados por la oposición y sus apoyos mediáticos como la resurrección de la desestabilización de una sacrosanta nación, esquilmada en sus nervaturas y claves de bóveda, atravesada por las fuerzas del mal y necesitada del “imperativo invisible de la historia” (“Fouché, el genio tenebroso”, Stefan Zweig, Unos y Otros Ediciones), o sea una solución de fuerza capaz de resolver la anomalía que pervierte y perturba.

Ahora, en Italia, Meloni, heredera por árbol genealógico e ideológico del fascismo de ceniza pisada por el paso de la historia, implementa sus rasgos físicos a tercios entre Rita Pavone, Virna Lisi y Emma Bonino, para anunciar con estruendo su candidatura a aventar los problemas de Italia en dos chasquidos de dedos. Pues no es posible tal tentativa.

Los mecanismos del Estado producen tales obstáculos por sí mismos que los tormentosos anuncios con que son presentados unos resultados electorales pueden suavizarse de tal modo que se apaguen en poco tiempo en medio de la sentencia del sociólogo americano Richard Sennet, en “El declive del hombre público” (Anagrama, 1977), “el poder real en una ciudad es siempre una cuestión de tira y afloja”.

La manera sentenciosa de pronunciar la palabra Italia de la candidata Meloni, con estorbo de microfonía, con riqueza pulmonar y de dicción, se reconduce en pocas semanas cuando tenga que preparar el primer consejo de ministros o ya en el juramento del cargo. El peso de la púrpura se manifiesta inmediatamente de muchas formas posibles, entre las cuales está la prima de riesgo y los escenarios internacionales, máxime cuando hay declarada una guerra con quizá contornos planetarios con visibilidad de materias primas y cestas de la compra. Los condicionamientos internos con mucha causa en los externos llenarán de razón y convicción a la declaración generosa y banal, habitual en toda declaración ganadora, de “gobernaré para todos los italianos”.

“En la Tercera Guerra Mundial todo será blanco y nos arrebatarán todos nuestros brillantes colores y los emplearán en esfuerzo bélico”, anuncia Don deLillo (“Ruido de fondo”, Seix Barral, 2006), para rebajar las grandes palabras y las colisiones de ideas y pensamientos en torno a lo que suceda en un territorio, un país, donde se debate la renovación de una putrefacción de programa de gobierno y de mentalidad que se demostró fallido, errado y superado por los hechos y por las emociones.

La tercera potencia industrial de Europa se dedicará a digerir una tendencia que cuenta con un 26 por ciento de apoyo de maduración estacional, si bien es cierto que con los apoyos de movimientos encabezados por Salvini, a quien cuesta trabajo identificar entre el harén surtido de equipo de seguridad entre cuya sutileza sobrevive siempre la indigestión por el género humano, y a Berlusconi, cuya “finezza” desemboca en las palabras de Octavio Paz, “el dinero es una fastuosa geografía”.

Conviene la desdramatización, de todos modos.

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.

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