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Irán, entre la espada y la pared


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

La espada o la pared. Este es el dilema en el que se encuentra hoy gran parte de la población iraní. Y ello pese a contar Irán con una riqueza extraordinaria: es la primera potencia mundial en reservas de gas y la cuarta en las de petróleo. Sin embargo, se ve asfixiada desde hace décadas por un oneroso sistema de sanciones económicas y financieras impuesto por Estados Unidos. Ello ha sepultado en la pobreza extrema a un tercio de la población del país mesoriental, cifrada en 86 millones de moradores. A este acoso externo se unen la restricción sistemática y la incesante represión interna de libertades civiles, casi inexistentes, por parte de las autoridades del régimen islámico.

Cuando la represión interna se acentúa y la crisis económica avanza en términos de conflictividad social, con la protesta de la gente en las calles, el régimen teocrático republicano y presidencialista, aparentemente, se debilita. Pero, comoquiera que la presión económica sancionadora estadounidense prosigue de manera incesante contra el régimen, con otros gravísimos daños sobre las clases populares, la situación acaba por dirimirse en un cierre de filas en torno a las autoridades islámicas, por temor al represor externo, disolviéndose así los recurrentes levantamientos populares en la irrelevancia, pese a la gravedad de los motivos que los causan. El último de los levantamientos populares ha ocurrido hace apenas unos días en Irán: la muerte de una joven kurda, Aisha Amini, bajo custodia policial, detenida por negarse a llevar el velo. Su muerte ha desatado un nuevo estallido social, que se ha cobrado ya decenas de muertos y centenares de heridos. Se habla de más de 70 víctimas mortales.

Exacciones

La chispa la ha desencadenado ahora la odiosa policía de costumbres, sorollah, un cuerpo policial fanatizado, que campa por doquier y a sus anchas, sobre todo contra mujeres, cometiendo todo tipo de exacciones. Tantas, sirva el ejemplo, como para ser capaz de encarcelar hace años, en la temible prisión de Evin, a la esposa de un Embajador europeo acreditado en Teherán, concretamente el de Austria, por no percatarse de que el velo obligatorio se le había deslizado y no cubría más que una parte de su cabello. La muerte a manos de los sorollah de la joven Amini, de 22 años, ha encendido la cólera, señaladamente juvenil y femenina del país, destilando un malestar avivado, además, por la aguda asfixia económica. La pregunta que surge ahora es si este nuevo estallido social será deglutido por el régimen a base de represión armada, como otros anteriores, o bien preludiará cambios drásticos demandados por la población, que culpa al régimen de corrupción y otros graves cargos.

País complejo Irán, enclavado en el corazón del Medio Oriente, con casi 6.000 kilómetros de fronteras con Turkmenistán, Afganistán, Pakistán, Irak, Turquía, Asarbayán y Armenia, no lejos de Siria; más una fachada al Pérsico, de 2.500 kilómetros, frente a Arabia Saudí, Kuwait, los Emiratos árabes del Golfo y Omán. Kurdos, turcomanos, baluchis, azeríes, armenios y árabes conforman un mosaico de nacionalidades, étnico y religioso, en el que la religión mayoritaria es el chiísmo duodecimano, que coexiste con minorías sunníes, cristianas y judías -éstas toleradas y con exigua representación parlamentaria-, y otra bahai, confesión ésta muy perseguida.

En 1979 una revolución popular progresista, dirigida por el Partido Comunista, Tudeh, la organización de los Fedayines del Pueblo, los Mujaidines Jalq y otras formaciones nacionalistas y socialdemócratas, además del partido islamista de los seguidores del imán Jomeini, logró derrocar al impopular Sha Mohamed Reza Pahlavi y su sanguinaria policía política, Savak, títeres de Estados Unidos e Inglaterra. Pahlavi sería impuesto en 1953 mediante un golpe de Estado de la CIA dirigido a derrocar al líder nacionalista Mohamad Mossadegh, que osó nacionalizar el petróleo de Irán frente a la poderosa British Petroleum.

Con el proceso descolonizador inducido a escala mundial por la Unión Soviética y por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, la presencia británica en Irán daría paso allí a la hegemonía estadounidense. Históricamente, la Rusia zarista primero y la URSS, después, habían hegemonizado el norte del país de los persas, mientras el Sur, rico en hidrocarburos, era en la práctica un feudo británico.

A partir de 1979, el germen del futuro Partido de Dios, liderado por el Gran Ayatolla Ruhollah Jomeini, se hizo con el poder absoluto, aniquilando a las direcciones de los partidos laicos e instaurando una República islámica de corte teocrático y mistérico chií, que se reivindica como legítimo heredero del linaje del Profeta en contraposición al sunnismo, religión, no obstante, con la que el chiísmo había convivido secularmente. La captura de la Embajada americana en Teherán y el secuestro de 53 de sus ocupantes durante 444 días, liberados en el ínterior del relevo presidencial de Jimmy Carter por Ronald Reagan en enero de 1981, determinó una hostilidad abierta y manifiesta entre Washington y Teherán que ha mostrado, sorprendentemente, algunas intermitencias desplegadas en el ámbito de la diplomacia secreta.

El establecimiento de la República islámica de Irán llevó consigo una cierta sofisticación de las instituciones políticas, con una jefatura suprema encarnada por el Guía de la Revolución, otrora el carismático imán Jomeini, hoy el ayatollah Alí Jamenei; este religioso, octogenario, muestra una salud quebradiza tras sufrir décadas atrás un atentado con explosivos depositados en una grabadora magnetofónica mientras dirigía una prédica en una mezquita. Pero su dominio político, con mano de hierro es, hasta hoy, evidente, acreditándole como uno de los dirigentes más veteranos de la región mesoriantal, como heredero y superviviente de los primeros días de la revolución en los que se distinguió como imán de la plegaria en Teherán, el escenario difusor más importante del jomeinismo.

La República Islámica cuenta con un Consejo de Guardianes; una Asamblea de Expertos; un Consejo de Discernimiento, con un sofisticado sistema de interacciones y controles, además de un Parlamento, Majlis, de 240 escaños y una Presidencia ejecutiva con un Gobierno, de 21 miembros. Junto con las Fuerzas Armadas convencionales, con Ejército de Tierra, Fuerza Aérea y Armada, Irán posee un Ejército plenamente islamizado, los Guardianes de la Revolución, Sepah Pasdarán, dotado asimismo de las tres armas, con artillería propia y carros de combate, más aviación y drones propios. Igualmente, dos organizaciones populares conforman potentes milicias, Basidjs y Quods. Todo el aparato militar depende del líder supremo, Alí Jamenei, y no de la Presidencia de la República.

La base social del régimen islámico la compuso, en su día, una alianza entre los bazaríes, burguesía comercial nacional, con vínculos internacionales, que componen la clase económica, y el lumpen proletariado rural instalado en las ciudades tras las migraciones, forzadas por la miseria, bajo el aparatoso reinado del sha. El régimen de Jomeini otorgó importantes parcelas del poder económico-financiero a los bazaríes y, al lumpen-proletariado, la integración y dirección de la Guardia Revolucionaria y las milicias populares; coordinaba la gestión de ambos poderes el poderosos clero chií, dividido en rangos, ayatollas, hoyatoleslams y ajunds. La peor parte la llevaron el proletariado industrial, asentado en el petróleo, y las clases medias urbanas e ilustradas, de donde parten las protestas de mayor intensidad y donde anida la más aguda precariedad. Las organizaciones sindicales y políticas obreras, pese a la represión sufrida durante cuatro décadas, persisten en su empeño por rdirigir las luchas sociales. El sistema académico registra una creciente presencia femenina que influye en algunos intentos sostenidos de cambios en las represivas costumbres, que le son impuestas policialmente.

Presencia geopolítica

La presencia geopolítica y militar iraní se percibe en toda la zona mesoriental. La Brigada Quods ha sido especialmente activa en misiones en el extranjero, señaladamente en Siria, en apoyo del régimen aliado de Bachir El Assad. Su ascendiente es notable en Irak, Líbano y en Palestina, a través de organizaciones filiales como Hezbollah o Hamás. El general Soleimaní, jefe militar de Quods y presumible heredero del régimen, fue asesinado por un dron estadounidense en una emboscada sufrida en el aeropuerto de Bagdad el pasado mes de enero.

Irán forma parte del cogollo de potencias regionales del Medio Oriente, en el que rivaliza con -y rivalizan contra Irán- Arabia Saudí, Turquía y, destacadamente Israel, que ha protagonizado recientemente asesinatos selectivos contra físicos nucleares iraníes y contra instalaciones de infraestructuras críticas. Las negociaciones emprendidas en 2015 por Irán y el presidente Barak Obama de Estados Unidos, más potencias de la Unión Europea, para detener la carrera iraní hacia la posesión de armas nucleares, se vio truncada por decisión de Donald Trump. Ahora, el presidente norteamericano Joe Biden parece interesado en proseguirlas, al igual que Irán, que sabe que ello podría contribuir a desactivar los efectos de las gravosas sanciones que sufre y que violentan el clima social interno, como el sobrevenido tras la muerte de la joven kurda Amini.

La ubicación geográfica iraní, con la llave del Estrecho de Ormuz en su mano, por donde surca una enorme cuota del petróleo kuwaití, emirí y árabe; su enclave en el bajo vientre de la Federación Rusa; su no lejana distancia a China –tan demandante de hidrocarburos como los que Irán atesora en el Sur y en el Pérsico-; su cercanía al gran avispero intra-continental de Afganistán; su potencial militar convencional y miliciano-popular; su caracterización ideológica en clave islámica; y su vertebración institucional como Estado… otorgan al país un ascendiente geopolítico de enorme importancia. Máxime, en la presente coyuntura, donde las luchas hegemónicas entre Estados Unidos, Rusia y China se activan en torno a la denominada bisagra de Eurasia, donde Irán ocupa una posición cardinal.

Veamos cómo evoluciona la actual crisis interna de Irán y a quién acompaña la suerte de su desenlace: si al régimen islámico, al cual el hostigamiento exterior acaba a la postre por fortificar, o al pueblo empobrecido, al que desde la espada exterior de las sanciones y la pared de la represión desde la espalda propia, se escarnece tanto desde hace tantos, demasiados, años.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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