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Lenin en Montserrat


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Se le atribuye al presidente Tarradellas una frase lapidaria cargada de mala leche y dirigida contra la clase política catalana que le jubiló: “en política se puede hacer de todo, menos el ridículo”.

Una verdad como un templo. Y es que los políticos catalanes tienen desde antiguo una inveterada tendencia a hacer el ridículo, especialmente cuando creen estar protagonizando momentos históricos sublimes y dramáticos, que en realidad casi nunca pasan de ser sainetes cómicos que suelen desembocar en patochadas vergonzosas.

Ejemplos históricos los hay a puñados. La misma jornada del 14 de abril de 1931, con Companys y Macià compitiendo por ver quién proclamaba primero lo que fuera (República Española o República Catalana), bajo qué bandera y hasta desde qué balcón (ni siquiera estaban de acuerdo en eso), es un caso meridiano. Y eso que eran del mismo partido, ERC.

Pero el ridículo mayor lo hizo la clase política catalana hace ahora cinco años, durante las presuntamente gloriosas jornadas de septiembre y octubre de 2017 (así se explican esos hechos en los medios de comunicación catalanes afines, que son casi todos, y en los centros escolares dependientes de la Generalitat de Catalunya), cuando en lo que parecía un vodevil cutre y más propio del Paralelo barcelonés de la postguerra, se jugó a enseñar la República Catalana independiente desde la escena política, pero finalmente el público tuvo que irse a casa sin haber visto lo que tapaba el sostén de la vedette. Y es que la República de los Cincuenta Segundos de duración que proclamó urbi et orbe el presidente Carles Puigdemont, en aquella especie de inenarrable coitus interruptus perpetrado el 27 de octubre de 2017, es quizá uno de los momentos más ridículos de la política europea por no decir mundial.

De todos modos, y en un ranking de situaciones políticas disparatadas, le seguiría muy de cerca la celebración del famoso pseudo referéndum del 1 de octubre anterior, con la Guardia Civil buscando durante días miles de urnas chinas por toda Catalunya (no encontraron ni una), y los Mossos d’Esquadra silbando el Virolai en las esquinas. El día de autos, las Fuerzas de Orden Público alojadas en el barco Piolín interrumpieron a porrazos el remedo de votaciones en algunos de los colegios habilitados para la ocasión por las organizaciones secesionistas, mientras apenas unos metros más allá los independentistas hacían cola en la calle para votar en otro centro sin que nadie les molestara.

Durante esas jornadas vividas supuestamente para la Historia y el mañana, ningún responsable político catalán quiso firmar documento alguno para no comprometerse tras el final de la mascarada. De hecho, la Declaración Unilateral de Independencia ni siquiera fue registrada en el Parlamento catalán.

Hubo, con todo, quienes intentaron incendiar el mundo, o sea el Paseo de Gràcia y aledaños. Señores de traje y corbata con cargo público muy bien remunerado enviaron a grupos de chavales a quemar contenedores, romper escaparates y sitiar reuniones del Consejo de ministros español en Barcelona, en el convencimiento de que las televisiones se encargarían de difundir por todo el planeta la heroica Revolución de los Catalanes (otra vez la épica de baratillo). Incluso se permitieron chalanear con enviados de los servicios secretos rusos y de la Mafia de ese país (que para el caso son la misma cosa), hasta que estos les enviaron a paseo, ocupados como estaban preparando la invasión de Ucrania y el despiece en serio de Europa. Mientras, los cócteles molotov volaban incansables por el fino Eixample barcelonés, en estricta aplicación del viejo axioma leninista: “contra peor, mejor”, hasta que los responsables del pifostio cayeron en la cuenta de que una revolución burguesa del siglo XIX en pleno siglo XXI no solo es un anacronismo insoportable, sino que acaba resultando gravemente perjudicial para los negocios (recuerden las espantás de La Caixa, Banco de Sabadell y demás). Y mandaron parar, claro.

Dicen que, desde entonces, algunos patriotas ven a Lenin pasear por Montserrat en mañanas de niebla espesa, armado con el tambor del Timbaler del Bruc y una botella de ratafía regalo del ex presidente Joaquim Torra, llamando a la resistencia contra los invasores españoles y rememorando a grito pelado una vieja canción del bardo Lluís Llach: “no era això, companys, no era aixòòò” (no era esto, compañeros, no era esto). Y que desde los lujosos chalets con piscina climatizada de Sant Cugat y desde las no menos lujosas masías restauradas de L’Empordà, le contestan: “¡Que te den!”.

 

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla. Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

En 2022 ha publicado “Una quimera burguesa. De la nación fabulada al Estado imposible” (una aproximación crítica al independentismo catalán).

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