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Los cuatro pilares de la socialdemocracia del siglo XXI


(Tiempo de lectura: 7 - 14 minutos)

El Partido Socialista Obrero Español, desde su fundación (hace 143 años), recogió en sus propias siglas sus grandes pilares de referencia: los ideales emancipadores del socialismo, por un lado, y la representación y defensa de las clases obreras y trabajadoras, por otro, en su conexión mutua. Lo cual implicaba un enraizamiento bien concreto en las sociedades de aquellos momentos.

De ese enraizamiento, y de sus correspondientes éxitos y virtudes, dan cuenta los acontecimientos que lideró o coprotagonizó el PSOE en la historia de España a lo largo de muchas décadas, hasta llegar a la Transición Democrática y, muy en especial, a los logros de la primera década de los gobiernos socialdemócratas encabezados por Felipe González1. Logros a los que hay que añadir los avances que se lograron en los años y gobiernos subsiguientes. Primero por el propio Felipe González, y luego por José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, en ocasiones en momentos muy duros y difíciles. De ahí que cuando esto se escribe sea necesario resaltar que a lo largo del período de democracia completa actual –y único, excepto los seis años de la II República– que hemos alcanzando en España (46 años), el PSOE y sus gobiernos hayan tenido un protagonismo tan intenso, como extenso. El PSOE ha gobernado durante el 58,7% de este tiempo, el PP durante el 28,3% y UCD el 13%. Por eso, el PSOE debe ser considerado como el partido político más genuino y representativo de este período democrático, salvando el singular papel inicial –no solo simbólico– de Adolfo Suárez, con el apoyo decisivo de Juan Carlos I. Algo que no debería perderse de vista, no solo desde un punto de vista simbólico y/o meramente formal, sino también por respeto a la veracidad de los hechos históricos. Cuestiones que no parecen tener en cuenta los sembradores actuales de odios, vendettas y otros retorcimientos propios de intoxicadores con escaso sentido patriótico y con total falta de respeto a los hechos históricos.

Los pilares actuales de la socialdemocracia

Transcurridas catorce décadas desde su fundación, el PSOE continúa operativo, porque ha sido capaz de ajustar sus mensajes y sus propuestas programáticas a los cambios que han tenido lugar en la sociedad –no solo en los sistemas de producción– a lo largo de este intenso siglo y medio.

De esta manera, durante el último ciclo político, el PSOE ha pasado de ser el partido que representaba básicamente los intereses y necesidades de los trabajadores en su sentido amplio (no solo de los “obreros” manuales) y los propósitos del pensamiento democrático y social avanzado, como el que simbolizaron durante la II República pensadores e intelectuales vinculados a la Institución Libre de Enseñanza, como Julián Besteiro y Fernando de los Ríos, a ser un partido que defiende intereses y propuestas más amplias e incluyentes. En correspondencia con la complejización de las estructuras económicas y sociales en las sociedades avanzadas del siglo XXI.

Los partidos de la Internacional Socialista siempre han estado enraizados en la defensa de los intereses y necesidades de sectores muy concretos de las sociedades de cada momento histórico.

Desde la perspectiva de las nuevas realidades, actualmente partidos políticos como el PSOE se sustentan, y se incardinan sociológicamente, en tres grandes pilares, en relación con realidades y sectores sociales cuya defensa constituye su norte programático y la principal guía de su acción legislativa y de gobierno.

El primer pilar lo forman los sectores sociales y laborales que en las sociedades actuales tienen papeles y posiciones similares a las que tenían los obreros en los primeros momentos de las sociedades industriales clásicas del siglo XIX. Ahora, el gran referente de partidos socialdemócratas como el PSOE son las “clases medias-trabajadoras”. Es decir, un amplio bloque de ciudadanos integrado por los sectores laborales que realizan tareas útiles y necesarias para la sociedad a cambio de un salario. Lo cual comprende una gama muy variada de actividades. A lo que se añade una compleja diversidad de autónomos, trabajadores independientes y pequeños empresario cuyas actividades e intereses no se incardinan en los grandes intereses y corporaciones que componen el bloque de poder que en las sociedades actuales opera y se proyecta generalmente a nivel supranacional. Lo que tiende a que sean más poderosos y muchas veces “más intocables”.

La evolución social ha llevado a que las formaciones socialdemócratas entiendan el “obrerismo” originario –que el PSOE llevó incluso a sus siglas– de una manera más actualizada e inclusiva en relación a unas amplias clases medias y trabajadoras, cuyos intereses y necesidades son diferentes a los del bloque de los poderosos.

La multidimensionalidad de la igualdad

La evolución de la lucha por los propósitos del pensamiento progresista e igualitario, junto a la comprensión de que las conquistas de la igualdad y la libertad tienen carácter multidimensional, y no se circunscriben solo a las relaciones de trabajo, ha llevado a los partidos más avanzados a convertirse en adalides del feminismo. Algo que en el PSOE se ha hecho con rotundidad, hasta el punto que actualmente es el partido político al que votan más mujeres que hombres y que, por lo tanto, puede presentarse con legitimidad –y veracidad– no solo como el partido de las “clases medias-trabajadoras”, sino también como el “partido de las mujeres”. Lo cual supone asumir enfoques multidimensionales sobre la forma de entender –y conquistar– la libertad y la igualdad, como aspiración emancipadora de todos los seres humanos, y para todos los seres humanos.

El tercer gran pilar en el que se apoyan –y desde el que se proyectan– los partidos socialdemócratas en las sociedades actuales es el que tiene que ver con los idearios de progreso y emancipación humana. Lo que implica asumir proyectos que van más allá de la defensa de los intereses y necesidades concretas de sectores específicos de la sociedad.

En este plano, resulta evidente que algunos partidos socialdemócratas presentan actualmente debilidades y lagunas, que no debemos pasar por alto, ni desconocer.

Hasta hace no tanto tiempo resultaba relativamente fácil identificar cuáles eran los ideales que defendían los partidos de la Internacional Socialista. Lo era tanto desde la óptica interna, como desde las posiciones o intereses a los que se enfrentaban en la competencia política, entendida también como competencia ideológica.

Esta “claridad”, propia de las sociedades de hace poco tiempo, permitía delimitar con nitidez dónde se situaban los intereses y las ideas que se defendían a uno y otro lado de los alineamientos políticos. Había instituciones, organizaciones y poderes que estaban a un lado, y partidos, sindicatos y publica- ciones (pocas) que estaban al otro.

Las nuevas complejidades

Las realidades políticas se han ido complejizando notablemente, de la mano de cambios importantes en las estructuras sociales, y hasta en la propia lógica de los sistemas de producción, que entre otras cosas están evolucionando hacia modelos en los que cada vez será necesaria menos fuerza de trabajo “humano” aplicada, y en los que cada vez más labores y tareas se podrán hacer a distancia (online) y resultarán cada vez más prescindibles y acortables.

En los nuevos contextos hay instituciones, antaño muy poderosas e influyentes, cuya práctica y cuyos mensajes y seguidores están menguando a una velocidad extraordinaria. Como ha ocurrido, por ejemplo, con la misma Iglesia Católica. ¿Se parece en algo, por ejemplo, la Iglesia Católica española que propició y apoyó con entusiasmo el Golpe de Estado franquista, con la Iglesia ulterior del Con- cilio Vaticano II, con Juan XXIII, con el Papa Montini o con el Papa Francisco?

La verdad es que se parecen muy poco. De forma que actualmente solo los conspiranoicos más locos pensarían que podrían lograr apoyos numerosos para sus eventuales intentonas involucionistas de sectores procedentes de este tipo de Instituciones. Y algo parecido, pero en otro sentido, podríamos decir de bastantes sindicatos y líderes obreros que desde hace tiempo no tienen la fuerza organizativa y movilizadora que llegaron a alcanzar los antiguos sindicatos hermanados con los partidos socialistas y comunistas –aunque no solo– en base a la célebre concepción sobre las “dos piernas” del movimiento obrero: la sindical y la política.

Esta creciente complejidad teórica, política y sociológica ha venido siendo objeto de análisis y debates estratégicos en la izquierda desde hace años. Sin que hasta la fecha se hayan logrado perfilar nuevos enfoques que conciten un grado de consenso y desarrollo práctico y teórico similar al que alcanzaron los primeros postulados de la Internacional, en sus diferentes desarrollos y lecturas.

Desde finales de los años ochenta, en los países europeos –aunque no solo– se puso de moda realizar grandes debates teórico-prácticos de proyección futura, como hicimos en España con el pionero Programa 2000, al que el PSOE dedicó bastante tiempo y esfuerzo durante más de un año. Proyecto que imitaron, con los mismos enfoques y conceptos, partidos tan potentes como el SPD alemán, los socialistas franceses, los nórdicos y algunos otros.

Habría que pensar, por lo tanto, si este tercer pilar de la socialdemocracia debiera tener más es- pacio y virtualidad actualmente en los partidos socialistas europeos –aunque no solo– que aún mantienen en buena parte sus esquemas y estructuras clásicas. En este sentido, algunos postulamos nuevos enfoques que exploren las posibilidades que permiten las nuevas tecnologías de la comunicación para impulsar iniciativas verdaderamente innovadoras y que susciten el interés y la atención de muchas personas que están deseando poder participar y codecidir sobre iniciativas políticas de alcance práctico. Como ya se hizo de manera acotada con la candidatura de Pedro Sánchez de cara a las primarias de 2017.

¿Un cuarto pilar?

Junto a estas innovaciones de métodos y enfoques, a los tres grandes pilares clásicos –de apoyos y contexturas– de los partidos socialdemócratas les falta en nuestros días un cuarto pilar, que viene urgido por carencias que se detectan en la evolución de las estructuras sociales, laborales y políticas de nuestras sociedades.

Me refiero al nuevo papel y la situación en la que están quedando muchos jóvenes a causa de las nuevas formas de organizar los empleos en sociedades como la española, en la que el desempleo, la precariedad laboral, la infraposición societaria y los riesgos de involución social se están cebando especialmente con ellos. De forma que muchos jóvenes están viendo minadas sus posibilidades de tener niveles de vida y prosperidad social y económica mejores, o al menos similares, a las que tienen o tuvieron sus mayores. Lo cual está dando lugar a que las nuevas generaciones estén sufriendo los mayores procesos de movilidad social descendente intergeneracional que se conocían desde hace mucho tiempo. En sociedades cuya evolución venía propiciando una notable movilidad social ascendente de carácter paradigmático. Primero con la Revolución Francesa y su influencia, los parias de la tierra dejaron de estar encadenados de por vida a los feudos de sus señores, pudieron moverse y emigrar a las ciudades, en las que muchos padecieron inicialmente miserias y carencias, aunque ganaron en libertad y autonomía personal. Luego sus hijos trabajaron en las nuevas fábricas, al principio con salarios de miseria, pero se organizaron sindical y políticamente, mejoraron sus salarios, algunos cursaron estudios de formación profesional y fueron ascendiendo y mejorando (“The affluent workers”). Sus hijos pudieron ir a la Universidad y nutrieron las nuevas clases medias, que mejoraron sus viviendas, su nivel de vida, se compraron coches, pudieron viajar y pasar sus vacaciones en otros lugares y/o países, etc.

Las quiebras de la escala social

Después de toda esta evolución, al final muchos de los hijos de los trabajadores y empleados que prosperaron y que también fueron a la Universidad, ahora no están logrando tener trabajos decentes y bien pagados que les permitan seguir prosperando y ascendiendo en la escala social, sino que muchos de ellos se están pegando un auténtico batacazo con el bloqueo de la escala social. Y se ven condenados a vivir peor que sus padres, a retrasar el abandono de sus casas paternas (emancipación fallida), a malvivir como mileuristas o poco más, a no poder tener –ni aspirar a tener– casa propia, ni coche, ni a formar una familia con hijos, etc.2

A través de esta evolución regresiva, bastantes jóvenes quedan condenados a ser una especie de nuevo sub-proletariado del siglo XXI, con el agravante de que su situación negativa no siempre se hace explícita de manera suficientemente neta, por razones variadas. Entre otras porque sus propias familias (generalmente mejor asentadas) hacen de pantalla filtradora, evitando que sus condiciones objetivas de necesidad y/o carencia tengan los efectos que tendrían si esos jóvenes que experimentan una movilidad social descendente no tuvieran los refuerzos y apoyos que les brindan sus familias durante períodos más largos que los habituales: cama, comida, respaldos emocionales y sociales, persistencia inercial de la conciencia de estatus (heredado), modales, relaciones... En definitiva, “apariencias”.

El problema es la acumulación de carencias sociales que se está viviendo con tales procesos, y los riesgos de que se produzcan momentos de “explosión” temporal como ya está sucediendo en algunos casos y lugares. Y que, si no hay rectificaciones, darán lugar a que las tendencias exclusógenas acaben proyectándose en múltiples formas y efectos.

Los partidos socialdemócratas no deben contentarse con ser solo los partidos de las clases medias trabajadoras, de las mujeres y de los progresistas, sino que tienen que ser también los partidos de los jóvenes que sufren una precarización laboral y social.

Por eso, es necesario que en los partidos socialistas se entienda que los jóvenes precarizados y en riesgo de movilidad descendente tienen que ser un pilar básico del proyecto socialista del siglo XXI. Por lo que sus necesidades e intereses deben incorporarse de manera clara a la estructura central del proyecto. Entre otras razones porque las vivencias de muchos de ellos nos emplazan ante un nuevo elemento estructural generador de desigualdades y postergaciones sociales, más allá de circunstancias y coyunturas momentáneas.

Además, la postergación social que pa- decen muchos jóvenes choca de frente con la lógica de cualquier sis- tema económico mínimamente equilibrado y coherente, en donde el esfuerzo formativo se debe premiar y reconocer, y donde los salarios –y/o recompensas económicas– deben asegurar que todas las personas, sea cual sea su edad, sexo o condición, tengan garantizadas tanto su libertad como su igualdad, en términos de oportunidades, empleos e ingresos.

Por eso, los partidos socialdemócratas no deben contentarse con ser solo los partidos de las clases medias-trabajadoras, de las mujeres y de los progresistas, sino que tienen que ser igualmente los partidos de las nuevas generaciones que tienen dificultades para alcanzar una integración laboral, salarial y social plena. Al nivel que posibilitan los avances de las sociedades en las que viven. Para lo cual resulta clave lo que hagan los gobiernos para evitar que los jóvenes se vean sometidos a condiciones laborales y salariales abusivas e injustas. Por ejemplo, combatiendo las falsas “becarizaciones”, los “trabajos en prácticas o fraudulentos”, y muy especialmente elevando los salarios mínimos en magnitudes que sean razonables.

Desviaciones en los debates políticos

Para lograr todo esto, hay que centrar los debates políticos en las cuestiones nucleares que afectan a amplios sectores de la población. Algo que intentan evitar contumazmente los partidos o bloques de poder de la derecha –junto a los falsos “centrismos” –, con el apoyo de poderosos grupos mediáticos que solo alientan debates sobre “malestares difusos”, supuestas “soberbias” individuales o inclinaciones de determinados líderes políticos, cotilleos personales, bloqueos de órganos constitucionales, comidillas y cotilleos de baja estofa, amplificaciones de pseudo encuestas nada científicas, fatalidades económicas, etc.

A veces los “escapismos informativos” son tan llamativos y tan carentes de sustento y rigor que parece como si los “manipuladores” de la opinión hubieran llegado a la conclusión de que las audiencias de los medios fueran tan simples y tan crédulas que no merece la pena esmerarse en formatear debates desviados suficientemente bien urdidos como para lograr efectos más estables. O, quizás, lo que ocurre es que ni siquiera los que urden tales desviaciones informativas creen ni un ápice en todo aquello que se ven obligados a presentar o sostener pro domo sua. Pro domo y pro domini, claro está. Pues ya se sabe que “el que paga manda”. Y así nos va.

 

1 Vid., en este sentido, por ejemplo, Alfonso Guerra y José Félix Tezanos (eds.), La década del cambio. Diez años de gobierno socialista, Editorial Sistema, Madrid, 1992.

2 Vid., en este sentido, José Félix Tezanos y Verónica Díaz, La cuestión juvenil. ¿Una gene- ración sin futuro?, Biblioteca Nueva, Madrid, 2017.

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.

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