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¿Opio digital en el Gran Videojuego?


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Al parecer se demandan “arquitectos para la nube”. La realidad virtual ampliada está preparando su colonización universal. En un principio se captarán clientes a través de los videojuegos. Es muy posible que sea su primer formato. A lo peor un futuro no tan remoto nos depara toda una sorpresa. Podríamos vernos inmersos en un Gran Videojuego del que no quisiéramos evadirnos. Para qué íbamos a hacerlo, si se comerían todos nuestros anhelos de un modo muy sencillo que no requeriría esfuerzo alguno por nuestra parte.

Una vez enganchados a los dispositivos de rigor, quitarnos esas gafas podría ser una experiencia traumática, porque volveríamos a una realidad llena de problemas, con un planeta esquilmado y unas desigualdades insoportables. En cambio, en el metaverso podríamos amueblar nuestras moradas virtuales y consumir hasta el paroxismo, además de configurar nuestra imagen con arreglo a esos modelos inexistentes que no se pueden alcanzar en el mundo real.

Nada podrían resultar más ventajoso para los especuladores. La gente normal se conformaría con un pequeño zulo sin ventanas, porque después de todo se desplazaría solo por la realidad virtual. A quien le sobrará el dinero podría servir acaparando mansiones y terrenos a pesar de la superpoblación. Las mutaciones evolutivas podrían tener cierto relieve, al dejarse de utilizar la imaginación y encontrarse previamente programadas las opciones a escoger, por mucho que nos permitiera hacer viajes interestelares o incluso visitar otras épocas.

En su escrito sobre la Religión Kant nos habla de que ciertos creados religiosos tienen un efecto narcótico para nuestra conciencia, similar al del opio. La religión es el opio del pueblo, escribió también Marx entre otros. En cualquier caso, aparte de tranquilizar el alma frente al temor a la muerte y otras cuitas vitales, la religión ha solido servir como instrumento de dominación, según muestra el devenir histórico de la cultura occidental. Hoy en día intenta configurar los espacios públicos, cuando su esfera de acción debería ser nuestra ciudadela interior, haciendo honor etimológico al verbo religare.

Tengo para mi que podríamos encontrarnos con una nueva clase de opio. Ya no habría que visitar esos fumaderos de opio donde la gente rehuía sus problemas hasta quedar enganchado y requerir mayores dosis a cada vez para conseguir los efectos iniciales. El nuevo alucinógeno podría llevarnos a través de nuestros dispositivos electrónicos o practicando un entretenido e inocente videojuego. Al principio parecería que dominamos la situación y se trataría de una diversión más, con prestaciones inigualables. Pero más tarde la dependencia nos haría cambie nuestra prioridades y mutar de modo radical nuestras costumbres.

El prójimo dejaría de serlo, si no lo frecuéntanos en la realidad virtual. Los daños infligidos y sufridos parecerían menos dañinos porque adoptaríamos la superstición de resetearlo todo, como si fuera posible jugar una nueva partida tras acabar la precedente. Lo malo es que la vida no funciona igual y hay cosas irreversibles. Unas lo son de modo absoluto, como la muerte. Otras muchas lo son relativamente, como las injusticias o la banalización del mal, que van ganando intensidad con cada nuevo peldaño en esa dirección.

Entiéndase la parodia extremista de reducir una hipótesis al absurdo del mayor tremendismo imaginable. Quienes aventuran esas distopías pretenden únicamente de dar un aviso para navegantes y señalar las rutas que no deberían acometerse porque conducen al abismo. Espero que la Inteligencia Artificial con su poderío de cálculo nos brinde servicios excelentes, como ya hace al afinar los diagnósticos médicos o facilitarnos prognosis harto complejas. Con todo, antes de soñar con un mundo en que los robots nos atiendan, deberíamos evitar que se roboticen los humanos y pierdan su capacidad emocional para la empatía.

Los algoritmos podrían servir como excusa para revestir de presunta objetividad procesos que ya estarían viciados por la programación previa. El factor humano nunca debe ser eliminado de la ecuación. Hay que asumir el poder equivocarse y no abdicar de nuestra responsabilidad al delegarla en lo tabulado. La obediencia debida tiene unos límites que no cabría franquear impunemente y no puede invocarse como una patente de corso. Lo mismo sucede con las guías que se vean regidas por algoritmos. Pueden ser tenidas en cuanta de manera orientativa, pero no habría que tomarlas como verdades relevadas.

El tratamiento de los macrodatos y la urbanización de la nube ya va moldeando nuestro presente. Confiemos en que no suplante nuestra frágil e insegura personalidad que, precisamente por tener esa índole, precisa de los demás para ir tirando. Creernos los amos de mundo dentro del nicho generado por una realidad artificial donde fuéramos dueños y señores, podría convertirnos en unos paradójicos centauros que sería microdespotas macromanipulados. Todo ello gracias al opio digital de potentes alucinógenos.

Profesor de Investigación en el IFS- CSIC (GI TcP) e Historiador de las ideas Morales y Políticas. INconRES (PID2020-117219GB-I00) / RESPONTRUST (SGL2104001) / ON-TRUST CM (2019HUM5699) y PRECARITYLAB (PID2019-105803GB-I0)

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