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Cinismo demográfico en tiempo de catástrofes


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Recientemente hemos sobrepasado la cifra redonda de los ocho mil millones de seres humanos en el planeta, y para la mayoría de los expertos y medios de comunicación estamos lisa y llanamente ante la tan anunciada como incumplida bomba demográfica frente a la que aseguran que es urgente tomar medidas de control. Una valoración alarmista que esconde el dato de la fuerte reducción de la velocidad de crecimiento de la población mundial durante estos últimos años, con la única excepción del África subsahariana, que aunque en menor medida, también ralentiza su crecimiento. Por eso mismo, las últimas proyecciones prevén una población mundial que alcanzará los nueve mil millones en 2037, diez mil millones en 2058 y finalmente se estabilizará en diez mil trescientos millones en 2100.

Sin embargo, son los mismos medios que, ante el progresivo envejecimiento demográfico de España como de la mayor parte de las sociedades desarrolladas, tampoco dudan en calificarlo como un signo de decadencia, cuando no de desplome de nuestras sociedades, para a continuación reclamar también medidas decididas, en este caso de fomento de la natalidad. En este sentido, no es de extrañar el menosprecio de la edad en tiempos de pandemia y de emergencia climática, como ahora el intento de atribuirles el estigma de acomodados frente al abandono de las generaciones más jóvenes. Y es que curiosamente tanto en el caso de España, como de Europa y los EEUU se ignoran los aspectos positivos de la longevidad y la trascendental aportación de la inmigración al sostenimiento de la población.

Sin embargo, a tenor de estas reacciones alarmistas tendríamos que concluir que de un lado el aumento de población en los países empobrecidos supone de por sí un peligro de colapso para el futuro del planeta, mientras que su opuesto, el descenso de la natalidad, con el consiguiente envejecimiento de la población, se trataría asimismo de un lastre insoportable para el futuro de los paises más desarrollados.

Con todo ello, da la impresión de que lo que es malo y rechazable en general, sobre todo cuando se da en el tercer mundo, al parecer de natural descontrolado, pasaría sin embargo a ser un valor positivo y deseable en el caso de producirse el repunte de la natalidad, eso sí con más moderación, en los países desarrollados. Como conclusión: un ejercicio de cinismo, discriminación y de racismo totalmente inaceptables.

Esta evidente que la contradicción de defender una cosa y su contrario se puede resolver con una visión más amplia y más abierta que tome nota por una parte del proceso de desaceleración del crecimiento de la población, primero en el mundo más desarrollado, y en las últimas décadas sobre todo en los Estados más poblados como China y en La India, todo ello gracias al desarrollo económico, la liberación de la mujer y los avances de la sanidad pública y la planificación familiar. Ha sido por tanto un desarrollo humano más equilibrado el instrumento más eficaz para evitar un crecimiento descontrolado de la población.

Sin embargo, en materia demográfica se sigue aplicando a los países pobres el viejo pensamiento R. Malthus y P. Ehrlich por el que se considera que ya somos demasiados seres humanos para sostenernos con los recursos siempre limitados del planeta. Entre otros para los recursos alimenticios, y ahora sobre todo para los más compatibles con la buena conciencia y lo políticamente correcto, como son los recursos relacionados con la sostenibilidad del planeta. Sin embargo, la tan anunciada bomba demográfica anunciada para finales del siglo XX todavía no ha estallado ni se la espera a medio plazo.

En el caso de los países ricos como España estos mismos medios se olvidan del argumento de los limitados recursos alimentarios o ambientales, para fijarse ante todo en la influencia del envejecimiento poblacional sobre el ritmo del crecimiento económico y más en concreto sobre la viabilidad y la sostenibilidad del gasto público en las políticas sociales, pero muy en particular en materia de pensiones.

También late en el fondo del argumentario la vieja concepción de la influencia determinante del volumen de la población de los países centrales en la geoestrategia, por mucho que desde la segunda guerra mundial y ahora con la invasión de Ucrania los jóvenes como carne de cañón ya no sean ni mucho menos decisivos para lograr la victoria y con ello una mayor influencia. Y luego habrá quien todavía se alarme del avance del relato paranoide de la denominada 'gran sustitución' con que hace tiempo que nos amenaza la ultraderecha europea para justificar así su rechazo a los derechos de la mujer y por otra parte de los inmigrantes y maquillar así la vergüenza de su machismo y de su racismo y xenofobia. 

Como vemos, la demografía le da a las derechas y sobre todo a la ultraderecha para casi todo, desde para fomentar el alarmismo sobre el crecimiento de las poblaciones del mundo empobrecido, hasta para señalar como un problema productivo y redistributivo a las generaciones de nuestros mayores y sus modestas jubilaciones. Pero eso sí, siempre les toca lo peor a los de abajo.

Sin embargo, el verdadero quid de la cuestión no es solamente la cantidad de seres humanos en el mundo, que por otra parte es conocido que encuentra en proceso de desaceleración, sino el modelo, este sí desordenado y desigual, de desarrollo económico capitalista y la consiguiente distribución del consumo y de los recursos, en que el uno por ciento de los ocho mil millones de habitantes del planeta (ochenta millones) posee cerca del setenta por ciento de la riqueza del planeta y donde éstos y los países más desarrollados son los responsables de la mayor parte del despilfarro de recursos y de la emisión de gases de efecto invernadero. Así el diez por ciento más rico de la población emite más de la mitad del C02. Tampoco es de extrañar que los habitantes de los países más ricos tengan una esperanza de vida de hasta treinta años mayor que los pobres.

Por eso, los objetivos de la agenda 2030, junto a las recomendaciones de descarbonización del panel frente al cambio climático y más en concreto el plan de desarrollo para África y una nueva política migratoria europea, así como más en concreto en España la mejora de las condiciones laborales de los jovenes, las medidas de conciliación y las políticas sociales para todos deberían ser nuestra hoja de ruta poblacional para superar el alarmismo y las groseras manipulaciones demográficas a los que asistimos.

 

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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