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EL PERIÓDICO
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La canalla


  • Escrito por Emilio Carrere
  • Publicado en Déjà Vu

Preguntad qué clase de gente es la canalla á un clérigo, á un prestamista ó á un tendero, y os señalarán el montón astroso que se apiña en los quicios ó en los bancos de los jardines públicos; á los que pasan con las ropas en andrajos, hambrientos y molidos por la vida hosca; á los comedores de musarañas; á los bebedores de agua, como los tristes y atrabiliarios héroes de Murger.

Vosotros quizá os quedaréis un poco perplejos. ¿Cómo puede ser la canalla esta gente tan pobre y tan resignada? Indudablemente los tenderos, los usureros y los curas, mixtifican en su provecho el sentido de esa palabra.

Claro es que los harapientos no han cometido ninguna gran canallada; que los que duermen en las demoliciones, no han robado nunca; que los que deliran de hambre ante los escaparates de Tournié, nunca han fabricado duros sevillanos; que los que llevan por indumento los cueros con que les favoreció la Naturaleza, la absurda madrastra, desconocen el procedimiento de estampillar. Y, sin embargo, son la canalla...

La gente mal vestida es la canalla. Es realmente peregrina esta especie de paradoja.

Sin embargo, los vampiros nacionales, los acumuladores de sueldos son, ante la opinión vulgar, gente perfectamente respetable. Jamás me he tropezado con ningún edil irregular, ¡oh, el eufemismo!, durmiendo entre los escombros de San Gil. Al ver tiritar á un vagabundo en una plaza pública, nunca he supuesto que fuera un editor ó diputado; y tampoco he visto al Padre Cucarella ó á Sor Cándida esperando el pan y los huevos tradicionales del Refugio.

Y, sin embargo, esa es la canalla, la verdadera y gran canalla.

La canalla tiene automóvil, casas bellas y confortables, pieles en el invierno, finos lienzos en verano. La canalla está en las Academias, en los Círculos, en las trastiendas, en los pulpitos. Lleva como heraldos á los alucinantes billetes de Banco, y todas las puertas se abren y los espinazos se doblan lacayunos.

La canalla nunca ha ido de quincena. Sólo para los pobres ladrones rige esa disposición gubernativa. Ninguna gaceta ha dicho en su sección de sucesos: «Ayer ingresó en la cárcel, por blasfemo, el académico de la Española Sr. X...»; ni tampoco: «Nuestro querido compañero en la Prensa don Menganito ha sido sorprendido con un picador de toros en tal menguada casa...»

La canalla es el tendero, que cobra veinte por lo que le cuesta una; la canalla es el patrono, que estruja al productor; la Empresa periodística que anula al redactor, que por un puñado de calderilla compra su conciencia y su cerebro. La canalla es el agente de negocios, el usurero—tal, Joaquín Ramos, el Cantinero, etc.—, que por cincuenta duros cobran intereses vitalicios. La canalla es el casero, el latifundiario, los empresarios de emigración, los eclesiásticos que-influyen en la voluntad de los moribundos en pro del acervo conventual.

Los pobres de espíritu, los vencidos, los fracasados, los que no comen nunca... en serio, los que duermen bajo los canalones esa es la pobre canalla digna del halo de los santos y del incienso de los mártires.

En mis fugas de anarquismo sentimental, tal vez no encuentre soluciones positivas para esta absurda constitución de la vida. Pero yo siento en mi corazón que esto es muy triste y muy trá- gico, y que en la verdadera y alta moral no debe ser...

Deben acabar los viceversas sarcásticos, las grandes injusticias, los contrasentidos sociales. Socialismo, es la aspiración al progreso colectivo.

Este absurdo de cosas es insostenible. Hay que dulcificar el trágico sentido de los versos nihilistas de un poeta de ahora:

«¡Oh, el dolor de la vida negra que gime y calla! galeotes de una eterna cadena fementida, ante los que pensamos. Y esta triste canalla, ¿por qué no tiene el gesto de quitarse la vida?»

Y la vida es la sola y luminosa afirmación.”

(Vida Socialista, nº 51, diciembre de 1910)