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La revolución y los poetas


  • Escrito por Emilio Carrere
  • Publicado en Déjà Vu

“Los hombres políticos no conceden importancia revolucionaria á la obra de los poetas. Creen más eficaces sus discursos, sus sutilezas y sus adaptaciones. Sin embargo, el poeta es indispensable á la revolución; no es posible la revolución sin los poetas; el poeta es la esencia, el impulso, el entusiasmo, el alma, en fin, de la revolución.

Las canciones de Boulanger sobreviven á tres generaciones de discursos, comicios, asambleas. El pueblo francés, que sabe esos versos de memoria, no recuerda una sola frase de los discursos de ávida política, aun de los más repletos de doctrinas y de ideas.

Las multitudes sólo se dejan guiar por la emoción. Las ideas, los proyectos, los programas sin poesía fracasan en el alma de las muchedumbres. No es preciso convencerlas; basta con conmoverlas. Yo he íisto á un público burgués, en la acepción de, más bajo positivismo—tenderos, empleados, rentistas—, aplaudir loco de entusiasmo una obra de anarquismo sentimental que destruía la base conservadora de sus vidas.

Los conductores de rebaños humanos no tienen que ser pensadores, científicos ni filósofos; basta, con que sean magnetizadores. Así, fijaos en que, á las pirotecnias de palabrería de un orador sigue una corriente magnética en el auditorio, de la que se sienten poseídos aun aquellos que no comprendieron bien el sentido de las palabras. Es que el orador ha puesto emoción, fuego poético y entusiasmo en su voz. Y eso es la poesía.

Guerra Junqueiro ha hecho más por la República portuguesa que todos los políticos de acción, incluso los que vertieron su sangre en las calles de Lisboa. Porque esto era lo circunstancial, lo momentáneo, el hecho; el impulso, la esencia estaba tal vez en los versos de Guerra Junqueiro, que habían corrido de boca en boca por el pueblo, y las rimadas rebeldías, las visiones de una vida de justicia y de amor, habían hecho latir con hondas emociones el corazón de Portugal. Por los versos del poeta el alma portuguesa estaba preparada sentimentalmente para la revolución.

La voz del poeta es voz de apóstol; la poesía es una religión, y los bardos sus sacerdotes. El poeta siembra la semilla en el corazón do las multitudes, y su palabra iluminada es como una bandera que las lleva, magnetizadas de poesía, á la revolución.

Luego vienen los luchadores, los soldados; más tarde los políticos, los economistas, los guías del nuevo Estado. La palabra inicial debe decirla el poeta.

Y cuando su pueblo sufre hambres de amor y de justicia, el poeta de corazón es siempre revolucionario, y la patria de los poetas es la Humanidad y la tierra. Por un excelso romanticismo de poeta, Byron fué á Grecia y Espronceda se batió por Polonia, la cautiva eterna, en las barricadas.

Quizás entre nosotros no existe aún ese poeta; pero tal vez surja de un momento á otro, como eíverbo de la conciencia colectiva, el hombre representativo. Preparaos entonces para saber oirle y comprenderle.

El espectáculo de la vida social de estos tiempos es harto macerante para un corazón de poeta. Verá cómo hay hartos y miserables que carecen hasta de un pedazo de tierra para morir; verá en las noches de invierno racimos humanos en los quicios de las puertas. Verá niños mendigos tatuados por el horror de vivir, ancianos abandonados por la crueldad social después de toda una vida laboriosa. Verán pandemónium horrible que le estrangulará de pena el corazón. El egoísmo, la avaricia, el mercantilismo pasarán ante sus ojos con aire de cosa legal. Se hundirá en un abismo de amargas paradojas, de viceversas crueles; tendrá la sensación de que vive en un inmenso manicomio, donde hay unos locos trágicos que se llaman jueces, verdugos, inquisidores y otros polichinelas, fríos de alma, que lanzan rebaños de hombres á crueles y absurdas epopeyas. Verá que en una sociedad cristiana hay criaturas que pueden morirse de hambre en el arroyo, sin que esto, que es horrible, produzca un alarido de dolor en la conciencia colectiva. Verá todo esto y mincho más, y su generosidad de poeta le hará gritar en versos, como fulminaciones, que la vida no debe ser así.

Y sus versos prepararán el alma española, el alma del mundo para una completa y luminosa revolución. Y este hacinamiento de humano dolor sólo pueden verlo bien en toda la grandeza de su horror los ojos de los poetas. Y no olvidéis que la palabra del poeta es la voz del futuro, iluminada y apostólica, con resplandores de ideal.”

(Vida Socialista, número, 88. 1911)

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