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Haciendo camino

El pasado sábado tuve el honor de leer el manifiesto de la organización SARE al finalizar la manifestación multitudinaria en Bilbao. Unas cien mil personas se congregaron para pedir que los presos y presas vascos fueran ubicados en los centros penitenciarios más próximos al País Vasco. Es lo que se viene llamando “acercamiento de presos”, en contra de la política de dispersión penitenciaria que lleva ya casi treinta años aplicándose.

La “política de dispersión carcelaria” no es la norma general aplicable a cualquier preso. Y sobre todo, no solamente conlleva la “dispersión” en sí misma, sino también un alejamiento respecto de sus familias y entorno socio cultural. Según nuestra Constitución, la finalidad última de las penas privativas de libertad es la reeducación y la reinserción social del reo. Siendo así, todas las normas inferiores, todos los ámbitos en los que deba tenerse en cuenta este precepto, han de regirse por él fundamentalmente. Además, es preciso señalar que la pena establecida viene determinada en la propia sentencia y en base a lo dispuesto en el Código Penal, y con ello quiero decir que si una pena son “20 años, 6 meses y 1 día” de prisión, eso es lo que ha de considerarse como tal, y no añadir otras medidas punitivas indirectas. Así es como se forja, entre otras múltiples cuestiones, el contrato social: el Estado ha de garantizar el cumplimiento de unas pautas de conducta que garanticen mi seguridad, a la par que mi libertad; la garantía de que, cumplida la condena en cada caso la justicia determine, me comprometo a respetar que me es exigible la máxima constitucional y, por ende, debo asumir que el fin del cumplimiento de la condena es el de la reinserción social. Como ciudadana e inocente, me corresponde también recorrer mi parte de camino.

La dispersión de los presos supone una pena que han de cumplir sus familiares y amigos. Porque el reo se encontrará privado de libertad igualmente en Algeciras que en Navarra. La diferencia serán los miles de kilómetros y de euros que su familia y amigos deban invertir en las visitas a las que, por ley, tienen derecho ambas partes.

Son centenares los hijos de presos vascos que se han pasado la vida recorriendo miles de kilómetros al mes para poder visitar a sus padres. Sin que la administración penitenciaria haya tenido, en muchos casos, la sensibilidad de analizar que, si los únicos días en que las visitas familiares eran jornadas laborales, estarían obligando a los menores a perder días de escuela, además del agotador viaje que supone para ellos. ¿Este castigo es justo para estos chavales y chavalas? Alguien quiere que entienda justificado el hecho de que, mientras a cualquier preso se le garantiza la mayor cercanía a su domicilio y familia, a unos en concreto – y son muchos- se les aplica una medida especial que supone un agravio para personas inocentes? ¿Qué sentido tiene, si no otro, que generar tensión en el etarra sirviéndose para ello de hijos, parejas, familia y amigos inocentes respecto a cualquier delito?

Sí, desde que ETA anunciase el cese definitivo de la violencia, es preciso hacer camino. Y entre otras cosas, este camino se recorre ampliando el horizonte. Cuantos más pasos vayamos dando, más detalles irán apareciendo en escena, y para no perdernos y llegar a nuestra meta, será preciso prestar atención a cada uno abordándolo desde la generosidad y sin perder de vista el punto final.

El camino hasta aquí recorrido tiene muchos hitos. Dependerá, por supuesto, del conocimiento e implicación de cada cual que sean más o menos. Pero sin duda, todos tenemos una idea sobre lo ocurrido en el País Vasco.

Para recorrer el camino es imprescindible hacer un ejercicio de apertura de miras: asomarse a mirar si la idea que tenemos de lo sucedido necesita ser revisada. Atreverse a preguntar, a dudar, a comprobar. Sin excesivas líneas rojas. Solamente así será posible echar a caminar.

Tomar la decisión de participar en Bilbao es una decisión sopesada. Asumiendo que se malinterpretaría, que se me atacaría. Que muchos no entenderían y otros, sabiendo de la confusión lo utilizarían. Nada sorprendente, aunque no por ello deja de ser lamentable. También es cierto que otros tantos (infinitamente más), entienden y celebran la conjura que sigue aglutinando gentes pacíficas y demócratas.

Mi primer alto en el camino fue aquélla noche, en la cena que un amigo preparó para presentarme a otros colegas suyos. Mi amigo había sido el primer Vicepresidente en el Parlamento de aquél lugar, de procedencia Tunecina. Sus colegas, diputados del Partido Socialista de Euskadi, que a su vez acudieron con otro más, diputado del Partido Popular. Estaban allí, en Bruselas, para presentar un documental sobre todas aquéllas personas que tuvieron que abandonar el País Vasco por las presiones recibidas.

Durante la cena estuvimos charlando, horas de anécdotas y risas. Hasta el momento en el que uno de ellos, Teo Uriarte, recordó anécdotas de su tiempo en la cárcel. Me sorprendió y pregunté el motivo de su encarcelamiento. Me preguntó si conocía el Juicio de Burgos, y ante mi sorpresa, me confirmó que había sido preso de ETA. Ante mi estupor, no sé si con finalidad de calmarme, me hizo saber que Javier Elorrieta, sentado a mi lado, también había sido de ETA. Empecé a temblar y se me cortó la risa y el buen ánimo. Me cerré en banda. Me mostré molesta e incómoda. Recuerdo, incluso discutir. Y antes de marcharme a mi casa, recuerdo a Teo Uriarte decirme que tenía que aprender muchas cosas, que me haría llegar su biografía para que yo pudiera entender.

El libro llegó semanas después y, aunque con recelo, comencé a leerlo. Sin duda me enseñó cosas, muchas. Aunque no cambió de mi la visión sobre ETA y sus asesinatos. Eso si, entendí que había caminos recorridos más allá y que hasta entonces no conocía, como el caso de Elorrieta y Uriarte.

Han sido más los hitos recorridos, de distinta intensidad. Reuniones, lecturas, y, entre otros, el hecho de ver algunos documentales, como el que se encuentra en Netflix titulado “ETA”, o uno más reciente, sobre los hijos de los presos y la mochila que han de cargar para acudir a visitar a sus padres.

Nunca he dejado de pensar lo mismo sobre la violencia, los asesinatos y cualquier acto de violencia o generador de miedo.

Sigo recorriendo el camino y observo los detalles. Porque construir la paz es como hacer un arco de sillares sin cemento: la estructura se mantendrá firme si cada pieza encaja y se reparte el peso entre todas. Ciertamente no todas aguantan la misma presión, pero si una cae, la estructura completa se desmorona.

Sin olvidar que la clave es la paz, ni las víctimas generadas, ni las penas de obligado cumplimiento; sin dejar de lado todos y cada uno de los puntos que deben ser escuchados; todo proceso tiene varias partes que han de comprometerse a colaborar.

Aquí no se pide borrar memoria, sino todo lo contrario. Mantenerla viva, nítida y transparente para ser conscientes del camino recorrido y de lo que se quiere dejar atrás. Porque será la única manera de tener la certeza de lo que debe ser condenado. Justamente lo contrario que en España sucede con el franquismo, donde el silencio y las cunetas jamás han permitido que se produzcan condenas y se repare (por mínimo que sea) el dolor de las víctimas.

Construir un país de paz requiere construir un país de respeto, de reconocimiento y memoria, justo en la administración de la justicia, garantizando condenas, así como su cumplimiento dentro siempre del ámbito y los parámetros de la ley. Por eso defiendo la igualdad de todos ante la ley: tanto los terroristas de ETA deben pagar por el daño causado, como todos los asesinos que regaron este país con más de 300.000 víctimas que aún no han sido sentenciados. Quiero justicia. Y por eso también quiero que nadie pague por lo que no ha hecho: y esto significa que igual que no pediré cuentas a los nietos de los fascistas por las aberraciones de sus abuelos, tampoco puedo callar ante la condena que cumplen los cientos de chavales y chavalas, así como sus familias, teniendo que trasladarse de punta a punta del país para ver a sus seres queridos. Porque aunque pueda costar entenderlo, hasta los asesinos tienen hijos, familia y amigos que les quieren; como aquéllos tuvieron hijos a los que hicimos Ministros, nietos a los que ídem de ídem, y nietos a los que hoy les condenan por corrupción y no sólo no les aplican ningún tipo de alejamiento penitenciario, sino que ni siquiera pisan la cárcel. Será que me cuesta entender ciertas cosas. Pero lo que nunca, jamás me generará ninguna duda es que siempre estaré del lado de los inocentes, de los demócratas y de quienes defiendan la paz. Con todos ellos nos queda un camino por recorrer.

Abogada.