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Zaporeak. La dignidad es parte del alimento


Pesar, cortar, pelar, picar, cocinar, distribuir… el trabajo comienza pronto para los 12 voluntarios de Zaporeak, una organización vasca que cada día da de comer a tantas personas refugiadas en Moria como puede. En ocasiones, por diferentes causas entre las que no escapa la arbitrariedad con la que funcionan los campos, pueden ser 700. Otras, pueden llegar a casi 1.500. A veces más. Dependerá de las trabas que la policía les ponga. Aunque su tope, afirma Josi, el coordinador de esta cocina solidaria, está en 2.000. A Josi le brillan los ojos de emoción cuando habla de ello.

Son jornadas agotadoras en las que apenas se toma aliento con media hora para comer. Pero más de 1.500 personas, muchas niños y mujeres, esperan su ración diaria, única comida decente que ingerirán los refugiados que, durante más de 2 horas, esperan formando cola para tener la suerte de acceder a un plato. Nunca faltan las verduras. Tampoco la fruta. Dos o tres veces por semana, carnes. Los domingos, pollo.

Josi coordina y lidera este grupo de voluntarios. Algunos son jubilados que cambiaron sus trabajos hasta entonces por éste cuyo pago es recordar la sonrisa de ese niño que la tarde pasada le miró durante el reparto, o la madre que, cogida la mano a sus dos o tres hijos pequeños, da las gracias en su lengua o en un torpe inglés que apenas aprende a chapurrear. O los ojos negros, profundos como el mar en la noche en la que llegaron a la isla. Otros, jóvenes que aprovechan sus vacaciones para aportar una ráfaga de aire fresco en este desierto de insolidaridad e injusticia. Pero a todos, jóvenes y jóvenes con canas, les une ese amor a los desheredados de la tierra, a los que sueñan con un futuro incierto mientras transcurren sus días entre la persecución y el olvido.

Zaporeak nació hace algunos años de un grupo de amigos del choco. Mientras disfrutaban de su cena decidieron que también querían compartirla con los que nada tienen. Fue el principio de esta hermosa aventura que hoy siguen sosteniendo con el entusiasmo reflejado en sus rostros. Después de mucho batallar fueron consiguiendo la colaboración de afamadas empresas de restauración. Pero no era suficiente. Y comenzaron a hacer campañas solidarias de recogida de alimentos no perecederos que hacen llegar en barco desde España. Los frescos se compran aquí.

A pesar del esfuerzo que supone trabajar más de 12 horas diarias entre fogones durante tres semanas seguidas, sin descanso de fines de semana, tiempo mínimo que cada voluntario ha de entregar a su acción solidaria, el entusiasmo no disminuye y hay tiempo para la broma, el descanso de cinco minutos entre pelar cebollas que llenan los ojos de lágrimas inocentes y que, quizás, sirven de entrenamiento para cuando lleguen las de verdad, las que produce ver tanta desolación, tanto abandono, tanto niño hambriento.

También hay que limpiar zanahorias, partir pimientos o preparar las coles que ese día acompañarán al arroz, la pasta o las legumbres. Josi coordina el equipo, cocina e indica lo que hay que hacer paso a paso. Es necesaria una buena integración. Todos saben que sacar ese número de comidas diariamente exige que no haya fallos. Y el equipo se convierte en un solo cuerpo, en un solo corazón que late y es movido por una sola idea: tener todo listo para la hora del reparto. Una inmensa fila de niños, mujeres y jóvenes esperan cada día su llegada.

Tras el único momento de descanso para su propia comida, unas cuantas raciones de la ya preparada para todos, llega la tarea más ardua. De nuevo, como una máquina bien engrasada, todos se ponen en acción. La coordinación debe ser, si cabe, mayor. Unos reparten, otros cierran, otros sellan, los de más allá cuentan las pitas y por último, otros meten todo en la furgoneta de reparto. Josi controla que todo vaya bien. Arruga el ceño si algo no está bien. “La dignidad –afirma- también forma parte del alimento”.

Cuentan con tres vehículos para llevar la comida a diferentes puntos. A las 5, si todo ha ido bien, comenzará el mayor de los repartos en un punto próximo al campo. Allí viven cuarenta familias alojadas ilegalmente tras el último incendio de Moria en el que, según cifras oficiales, murieron una madre y su hijo.

En los campos de concentración griegos todo es alegal. Ninguna organización cuenta con los permisos para realizar su trabajo, todas tienen presentados sus ‘papeles’, sus solicitudes y documentos para poder prestar ayuda. Pero se retienen los permisos. Con ello se consigue convertir la arbitrariedad en un instrumento más de coacción. La arbitrariedad, la amenaza, el miedo… es el pan de cada día en Moria.

Arbitrariamente se retiran vehículos con las más peregrinas de las razones. Se dificulta, se impide el trabajo o, directamente, se cierran las organizaciones. Nadie sabe por qué.

Actualmente, junto a Zaporeak otras dos organizaciones -una griega, Mikos y Katerina, y otra inglesa, One Happi Family- reparten comida. Otras, como Movil Kitchen, española, que hacía pan han ido siendo clausuradas. La amenaza pende machaconamente sobre ellas. Porque aquí la solidaridad es perseguida.

En unos meses quizás podrán volver a abrir. Mucho es lo que tendrán que pelear contra una administración pesada, arbitraria, burocrática. El negocio a costa de los refugiados y de los voluntarios es grande. No va a terminar. Son muchos miles de euros los que se mueven.

Por fin llega la hora. Una ingente fila de seres humanos que, a pesar de todo, se resisten a perder su dignidad, aguarda. En sus rostros, la esperanza por llegar a ser uno de los afortunados que reciba una de las raciones que hoy se reparten. También el hambre se refleja en ellos. Una mujer con dos niños pequeños recoge su bolsa. Se queda con las pitas y la manzana y deja sobre la mesa su tupper. Al insistir para que se lo lleve exclama “para otro, para otro”. Es imposible contener la emoción. Los que nada tienen comparten lo poco que les llega. Y la emoción troca en esperanza.

Pero la comida se acaba y aún quedan muchos por comer. Tras la última ración se acercan algunos niños. Aún no saben que ya no hay, que en vez de una bolsa con una manzana alguien les dirá que no queda más. No saben que, en el campo, el encargado de la alimentación regular, compuesta de productos infectos, enmohecidos e insuficientes, recibe ocho euros por cada uno de ellos.

Maru, que hoy se ha atrevido a venir, llora en silencio.

Foto de Luz Modroño

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.