Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Campo de Lesbos. Un gran negocio


Entre olivos milenarios surgen miles de tiendas de campaña. Unas, cubiertas con plásticos; otras, con huellas del barro de las últimas lluvias. Muchas, tan rasgadas que no podrán ser reparadas, pues los 90 euros que reciben mensualmente no dan para más. Son las tiendas que ya no caben dentro del campo de refugiados de Moria, que, por no tener, no tienen ni una valla protectora. Aunque de poco les serviría.

Moria. La vergüenza de Europa. El campo de refugiados más grande de Grecia y, posiblemente, de toda Europa. Concebido para un máximo de tres mil personas, hoy acoge ya a más de 14.000. Hacinamiento, violaciones, violencia, corrupción, mafias… todo ello se superpone en este dantesco lugar donde sobrevivir es una proeza cada día mayor ante la llegada de nuevos huidos.

Hay preocupación en Moria. La guerra desatada contra el Kurdistan hace prever que, en pocos días, se incrementará el número de seres humanos huyendo de las bombas que caen sin respeto. Una guerra, como todas, sin sentido para quienes las padecen. Que se ceba contra los más indefensos. El derecho a huir no es un derecho.

Moria, paraíso de la iniquidad. En el campo cercado hace años no cabe un alma más. Hubo que habilitar este nuevo espacio frente al primitivo, una cárcel abandonada rodeada por las sempiternas concertinas en medio de un hermoso olivar abandonado. Entre centenarios árboles se apelotonan las tiendas habitadas por los que van llegando noche tras noche en embarcaciones pilotadas por el más fuerte de entre ellos. Normalmente, un chaval tan joven como inexperto se ofrece a llevar al otro lado del Egeo a gentes a quienes solo une el deseo de huir y llegar pronto a la tierra prometida. Les son tan desconocidas como la ley por la que pueden condenarle a entre 44 y 90 años de cárcel o la deportación. La causa, haber cogido el timón que les trajo hasta acá.

Hay muchas familias con bebés y niños de corta edad. Las cuerdas en las que secan las ropas recién lavadas dan testimonio de la inhumana indiferencia en la que habitan.

Foto de Luz Modroño

Sobre la tierra seca o el barrizal, entre piedras -algunas coloreadas por los que después de tres años aquí han ido creciendo- o entre las ramas secas de olivos que nadie cuida, juegan los niños. No temen al visitante, han crecido entre basuras y podredumbre y no reclaman sino una sonrisa, una foto o una caricia. Y, a falta de juguetes, ramas secas, palos que rebuscan entre basuras, alguna muñeca rota.

Resuena en los oídos de quien esto escribe la Nana de la cebolla, cuna de hambre para estos niños, estas niñas que no irán a escuela alguna porque está demasiado lejos y hay demasiado miedo. Miedo en las miradas, miedo pegado a la piel. Miedo de cada día, de cada noche. Miedo que apaga el hambre.

Han cerrado el espacio donde Zaporeak repartía comida para casi mil quinientos niños y madres. No se sabe el porqué. Aunque aquí la razón, cualquier razón, nunca tuvo espacio alguno. El lunes se habían previsto alubias. No se pudieron repartir porque alguien lo decidió así. Miles de kilos que habrán de tirarse mientras miles de personas pasan hambre. De nuevo la sinrazón se impuso al hambre. Hambre de cebolla cerrada y pobre.

Entre aguas sucias, haciendo colas de dos, tres horas. A veces, más si el hambre aprieta, para recibir un pan de pita que muchas veces llega enmohecido. Cuando se termina, “un tomate o nada”. Es todo lo que hay, dice con voz tenue un refugiado. Algunos recogen aceitunas que meten en un bote de plástico cubierto de agua. Quizás unas aceitunas acallen el ruido de sus estómagos vacíos.

Están deseando contar. Mostrar con palabras o imágenes lo que pasa, lo que viven, lo que hay. Piden fotos. Señalan los kilos de basura que nadie recoge junto a las tiendas que habitan. Y piden fotos, palabras… cualquier testimonio que eleve su grito de impotencia y desolación ante donde sea.

Y quieren contar sus historias. Saben que contándolas dejan atrás el anonimato. La cara de aquel que huyó porque mataron a su padre ya no se olvidará. La de la niña que ha llegado con 18 años huyendo de su marido-tío, con quien fue obligada a casarse a los 11 años y cuyo cuerpo está surcado de cicatrices terribles producidas por la tortura que le infligió, tampoco. Ni la de la madre que, cuando por la noche se dirigía a las letrinas un poco más alejadas, ha sufrido un intento de violación. Como un cruel fantasma del pasado acude a su recuerdo la sufrida con seis años en su país y teme que, en este espacio desolado y violento, a su hija le suceda lo mismo. Ni la del afgano intérprete de alemán que, en un Afganistán en guerra, fue amenazado de muerte y, desamparado, se vio obligado a huir apresuradamente. Ni la del chico haitiano que vio asesinar a su padre por una disputa de lindes y luego los trozos esparcidos por el suelo de su hermano descuartizado… o la de la chica casi adolescente con cáncer de tiroides que intentó pasar seis veces sin darse por vencida hasta que lo logró. O la de la madre con dos hijos, uno de tres años y otra de uno, que huye porque su marido, soldado somalí, ha sido asesinado y ella está ahora amenazada. O la de la madre con 25 años y cáncer de útero que no sabe decir qué le pasa, por lo que las autoridades del campo le impiden ir a Atenas a recibir tratamiento oncológico... Son historias duras, trágicas, violentas, que parecen sacadas de novelas de terror. Son historias vivas, lacerantes. Y cotidianas. Son historias con rostro humano. Llegaron a Lesbos atravesando un camino de horror y se encontraron otro tras la frontera.

Pero es difícil que esto cambie. Los refugiados dejan mucho dinero. Directamente o indirectamente. Además de lo que se recibe de Europa está lo que se genera por el simple hecho de su existencia. 14.000 personas moviéndose diariamente por la isla más los cooperantes que trabajan para suplir lo que debería ser responsabilidad directa de la propia UE. Es el negocio a costa de las personas refugiadas. Viviendas, consumo, transporte, comida, combustible… un largo etcétera que genera muchos miles de euros a la isla. Por la comida de cada refugiado entran en Lesbos 8 euros/día. El transporte entre el centro urbano al campo cuesta 1 euro por viaje. Cada uno de ellos recibe 90 mensuales; las familias con hijos, 50 más por cada uno. Basta una simple multiplicación para hacerse una idea del dinero que se mueve en Lesbos. Aunque la más terrible de las miserias sea el pan de cada día para 14.000 seres humanos. Y a todo ello hay que sumar el que movemos nosotros mismos, esto es, los europeos y europeas que estamos junto a ellos, buscando testimonios, intentando aliviar un poco tanto sufrimiento porque nos negamos a sentirnos cómplices de políticas irresponsables y asesinas. Los que no nos resignamos.

Los refugiados son un gran negocio.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.