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Espacios de solidaridad


Foto de Luz Modroño. Foto de Luz Modroño.

Entre la pesadilla que es Moria, algunas organizaciones tratan de hacer algo más digna la vida de los refugiados. Son pequeñas organizaciones que tratan de crear espacios de convivencia, de normalidad dentro del caos. Son insuficientes, necesitan recursos, pueden ser cerradas si así lo considera la “ autoridad”… pero son referentes para las refugiadas y los refugiados de Lesvos. No pueden entrar en el campo pero con el tiempo, quizás, entre el caos y la superpoblación, hay quien sabrá donde están y quienes son. Una pequeña válvula de escape. No es fácil la información y ésta se transmite de voz en voz.

Las iniciativas de estas organizaciones, conscientes de que esos espacios son los únicos que llenarán la vida de los que aquí sobreviven sin más actividad que dejar transcurrir los días minuto a minuto y de la pasividad y el desinterés de las instituciones públicas que no invierten ningún tipo de recursos ni materiales ni humanos en la creación de espacios semejantes, tratan de ofrecer algún alivio a las horas muertas que llenan la vida de las personas refugiadas. Algunas, llevan años aquí; otras, comenzaron en el 2015/16, cuando el tratado con Turquía produjo una crisis humanitaria sin precedente.

Una de ellas es Hope Project, creada y dirigida por una pareja, Philippa y Erik Kepson. Se trata de un pequeño centro multidisciplinar. En él se respira sosiego, una paz que convierte el espacio en un oasis dentro del caos de Moria. Poco a poco nos adentramos en este pequeño espacio privilegiado para unos cuantos refugiados, hombres y mujeres, que consiguen acceder a él. Es un número exiguo que sólo los que llevan más tiempo conocen. “Hay una gran lista de espera” nos dice quien nos acompaña, “pero no tenemos capacidad para más”. El centro está construido en unas naves industriales abandonadas que poco a poco fueron transformando en lo que hoy es.

Un pequeño gimnasio da la bienvenida a las personas que entran. En él se ejercitan mujeres y hombres en horarios diferentes. Hasta las 4 de la tarde, mujeres. De 4 a 6, hombres. La mayoría de las culturas de las que proceden no permite el compartir este espacio. Tampoco su capacidad. Se cuida la intimidad y el silencio. Se busca un espacio ordenado aunque pocos puedan disfrutarlo.

Costura y punto son otras tantas de las actividades que realizan. Intentan con ello dar una mínima formación a las mujeres que les capacite para que el día en que, por fin, consigan salir de Lesbos, puedan tener la oportunidad de ejercer una ocupación que les permita sobrevivir por sus propios medios.

Una música tenue y relajante da paso a una gran sala en la que nuevamente el silencio y la voz susurrada permite la concentración. Se trata de la sala de pintura. Hombres y mujeres trabajan calladamente. Las terribles imágenes que mientras lo hacen evocan dejan poco espacio para nada más. No importa la calidad de la obra, importa que ésta sea el vehículo que les impele a ir sacando fuera de si el sufrimiento acumulado. Las paredes están repletas de cuadros que atestiguan la desolación, en los que expresan la angustia, el miedo, la queja ante un mundo que les expulsa.

Un niño de corta edad cubre sus ojos con las manos; otra niña tapa los de su muñeca. Más allá, cuatro brazos sin rostro tratan de pasar a un bebé de en lado a otro de una valla con cuchillas. Una zapatilla abandonada en mitad de una playa ensangrentada. Entre barrotes de madera que semejan tablas del suelo de un barco, una lágrima furtiva se desliza por un rostro negro. Al lado, un doble rostro mitad blanco y feliz, mitad negro y atormentado muestra la injusticia de dos mundos incapaces de encontrarse. Barcas volcadas, gente aún con los salvavidas puestos corren… alambradas terminadas en cuchillas, madres con hijos muertos, que no llegaron a destino; abismos abiertos por los que una Europa insolidaria, cruel, les empuja negándose a recibirlos… son cientos de imágenes testigos de este horror. Imágenes vivas de abandono, desolación, deshumanización, humillación. Volcados en sus pinturas, expresados con el dolor grabado en el camino recorrido ahora por sus pinceles pero que saben a liberación. Grito silencioso plasmado en estas obras más bellas si cabe por lo que encierran y trasmiten. Un grito callado a la indiferencia y el abandono.

El reparto de ropa es otra de las actividades fundamentales. Ropa y comida son necesidades básicas que hay que cubrir. Hope Project cuenta también con un almacén de reparto. En realidad, fue la primera actividad que iniciaron aquí. Luego vendría lo demás. Hasta convertir este pequeño y privilegiado espacio, en lo que hoy es: un remanso de paz.

One Happy Family, a escasa distancia de la anterior y ambas cerca del campo de refugiados, es otro de esos espacios de oasis donde encuentran unas horas de esperanza y dignidad. Menos elitista que la anterior a la vez que más bulliciosa, One Happy Family, una organización de origen suizo, acoge un número mayor de actividades y mayor es el número de las que pueden acudir a ellas.

Su principal objetivo es ofrecer un entorno normalizado. Como el anterior, abre de 9 de mañana a 6 de tarde y en él se pueden realizar diversas actividades desde tomar un café a cortarse el pelo, jugar al ajedrez, leer -existen dos remolques convertidos en biblioteca, con un fondo notable en distintas lenguas, de los que pueden sacar libros y devolverlos a las tres semanas- charlar… Para conseguir esa normalidad, no olvidemos su origen suizo, han fabricado una especie de monedas en papel que usan como dinero virtual.

Cuentan con una escuela por la que pasan diariamente unas 400 personas. También niños y niñas. Allí les enseñan inglés, griego y matemáticas.

La diversidad y la complejidad de las actividades que se realizan son múltiples, desde un huerto a un gimnasio pasando por una sala de yoga, una clase de música, un aula de informática, una de arreglo de bicicletas con material reciclado, zonas diversas para fomentar la creatividad como pintura, escultura, cerámica… en definitiva, cualquier actividad para la que haya recursos o iniciativa. Con un único y ambicioso objetivo: lograr crear un espacio en que los y las refugiadas se sientan útiles, recuperen su valor como seres humanos que la vida en el campo les arrebata machaconamente, se sientan libres. Recuperar la esperanza. Romper el silencio, la permanente deambulación por un espacio abarrotado e indigno y la soledad que, como una pesada losa, cae sobre los que viven en las condiciones de abandono, podredumbre y miseria de los campos de concentración griegos. El centro está llevado por voluntarios refugiados que perciben una pequeña cantidad compensatoria por su trabajo.

Un letrero señala una zona especial: un lugar dedicado exclusivamente a la salud de las mujeres. Inés, una española que llegó hace tiempo, consciente de la especificidad de las necesidades de las mujeres creó este espacio que lleva ella sola e independiente. Un refugio alternativo para unas mujeres que además de sufrir como refugiadas sufren como tales. Discriminación, relaciones de desigualdad respecto a sus parejas, violencia de sus parejas que se suma a la habitual, amenazas, voz silenciada… en un mundo sin derechos, ellas tienen menos.

La creación de un espacio específico y exclusivo de encuentro entre mujeres, de autoprotección, en el que libremente puedan ir conociendo sus derechos, como luchar por ellos y defenderlos, donde puedan expresarse, conocerse, apoyarse… era una tarea pendiente que aquí se hace realidad.

Y como no existe libertad sin recursos propios también en ello, la hacemos de este espacio ha encontrado una forma de conseguirlo. Con dos viejas máquinas de coser fabrican bolsos, mochilas, carteras que fabrican con telas viejas, que reciclan teniendo así otra oportunidad de uso, que venden y exportan a España. Precio justo para un mundo injusto. Espacio de seguridad para las más vulnerables y desprotegidas en este lugar de desprotección y violencia.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.