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El cementerio de chalecos de Lesbos


Unos trescientos mil chalecos pertenecientes a los refugiados que cruzaban el mar Egeo en embarcaciones desde TurquÌa, se acumulan en un vertedero improvisado en el pueblo de Mithima al norte de la isla de Lesbos (Grecia). La mayorÌa de chalecos son falsos y cuando se mojan llegan a pesar unos quince kilos y por el cual muchas personas acabaron ahog·ndose. EFE/A.Carrasco Ragel. Unos trescientos mil chalecos pertenecientes a los refugiados que cruzaban el mar Egeo en embarcaciones desde TurquÌa, se acumulan en un vertedero improvisado en el pueblo de Mithima al norte de la isla de Lesbos (Grecia). La mayorÌa de chalecos son falsos y cuando se mojan llegan a pesar unos quince kilos y por el cual muchas personas acabaron ahog·ndose. EFE/A.Carrasco Ragel.

No hay aquí cuerpo alguno bajo tierra. Entre cardos y una tierra calcinada, miles de chalecos se amontonan. Testigos mudos de un crimen colectivo.

Es el cementerio de chalecos de Lesbos. No es fácil llegar a él porque ninguna guía turística lo anuncia. Los habitantes de Molivos, en Mitilini, viven de espaldas a él y no saben donde está.

De muchos nunca aparecerán los cuerpos. No se sabe exactamente cuántos porque los que no aparecen no cuentan para la más macabra de las estadísticas. Los chalecos, las ropas, los zapatos, los peluches que alguna criatura se llevó a escondidas cuando abandonaron su casa terminan siendo abandonados en la playa o terminan flotando mientras el cuerpo del propietario se hunde. El Mediterráneo, el Egeo son inmensos cementerios.

En Molivos lleva años formándose una inmensa montaña que no para de crecer. La más triste y vergonzosa de las montañas, formada por los residuos de los cientos de miles de desesperados que un día decidieron emprender su particular viaje a Itaca. Chalecos que ni para quitar el frío de la noche ni la humedad de olas que salpican sirven. Restos de barcazas que un día fueron de recreo o de pescadores y que, ya inservibles, adquirieron las mafias para trasladar a este ingente número de seres humanos. Inocentes esqueletos que yacen junto a chalecos. El traslado de personas a las costas griegas es un negocio muy lucrativo.

Sandalias cuyo par no aparece, zapatos de mujer, jerseis, alguna faldita que cubriría el cuerpo de una niña con mirada de espanto, botitas de bebé envueltas entre mantas, pequeñas mochilas conteniendo sus últimas pertenencias… todo se amontona formando las laderas de esta montaña artificial testigo del horror.

Muchos quedaron atrapados por la inclemencia de un mar embravecido. Otros y otras -porque el número de mujeres que huyen es cada vez mayor- creerán haber llegado a su destino. Aún no saben que en Grecia, la tierra prometida, y con la complicidad de una Europa indiferente, que calla y limpia su conciencia con millones de euros, los más elementales de los derechos no existen.

Llegaron esperando encontrar un mundo anunciado en vallas publicitarias, en anuncios televisivos. Un mundo en el que despertarse sin la amenaza de una metralla que pueda segar la vida. Un mundo en el que encontrar paz y una vida digna para sí y para sus hijos.

Muchos, muchas, nunca llegaron. Sueños rotos arrebatados por un chaleco que se llenó de agua y quedó flotando. En realidad, no era más que una esponja por la que habían pagado todo lo que tenían. Un chaleco y un estrecho lugar en una barca. Hay que apretarse porque no caben todos. No es ésta una travesía de lujo. Pero frente a ese mar negro, que parece una amenaza invitando a darse media vuelta, se adivina la costa recortada de Grecia, destino soñado para empezar una nueva vida lejos de la violencia de la que huyen. No hay que volver la vista atrás aunque subir en esa barquichuela parezca tan peligroso. El camino hasta aquí ha sido duro y tardaron mucho en juntar lo que el traficante les pedía. Agarrando bien al bebé y cogiendo fuerte de la mano a los demás, saltan. Hay muchas familias en Lesbos. Muchas no están completas. Faltan los que se quedaron en el camino, como a Lilian (nombre figurado, no hemos podido saber si verdadero nombre porque no puede hablar), madre soltera que salió de Afganistán con nueve hijos y solo sobrevivieron dos.

A pesar del frío, de la oscuridad, del miedo, del grito ahogado por el movimiento de esa barca que no parece que pueda resistir el peso de tantos seres humanos, delante se adivina la costa de la felicidad, del progreso, desde donde empezar una nueva vida. Donde dicen que hay trabajo y escuelas en vez de hambre y bombas.

Para muchos será su última travesía. Su último sueño. Verdaderamente no se sabe cuántos han muerto. Sólo se computa el número de los que llegan y son registrados o el de los cuerpos que aparecen flotando, una mínima parte. Son números sin rostro. Pero cada zapato, cada chaleco, cada chaquetita, habla de vidas rotas, de seres humanos con historia.

Tampoco interesa saberlo. Las estadísticas a veces también remueven conciencias. Mejor ignorar realidades como el cuerpo de un negro que, amarillo y pudriéndose, fue rescatado por un voluntario que lleva aquí cuatro años. Aquella noche llamo a la policía. La respuesta fue “deje que se hunda”.

Un cuerpo ahogado. Uno más. Los hay de todas las edades, de hombre, de mujer. Chalecos, ropas, zapatos… que se acumulan en la montaña de Mitilini, mudos testigos de la injusticia, del desamor, de la falta de fraternidad, de la indiferencia, el desprecio a la vida humana.

Es la indignidad de una pequeña parte del mundo que explota, que expolia cuanto necesita aún a costa de la propia vida y sin mirar las consecuencias que el ansia de poder y dominación pueden acarrear. Solo importa que estos millares de personas no puedan llegar al Continente.

No tienen nombre. En el pueblo que dejaron atrás quizás esperen una noticia, una llamada esperanzada, sin saber que nunca tendrá lugar.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.