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El botarga de albendiego


Llega con una sonrisa tan amplia y humana como todo él. Julio, el Botarga de Albendiego, nombre con el que hace honor al pueblecito de Guadalajara en el que vive y que ha convertido en su refugio particular para amigas y amigos, el fundador, junto a su mujer, de Movil Kitchen, respira humanidad por sus cuatro costados. Llegó, hace cuatro años, en busca de un lugar donde dar lo mejor de sí mismo. Y como lo mejor que sabía hacer -por algo llevaba toda su vida haciéndolo hasta que estalló la crisis en España- era cocinar, se puso a ello y a repartir comidas a las personas refugiadas en Lesbos. “Fue la mejor decisión de mi vida -afirma-. Esto engancha, te sientes útil, sientes que la vida coge sentido. Recibes mucho más de ellos de lo que les das”.

Entre pucheros, cazuelas y sartenes Julio comenzó su andadura hace cuatro años. Con una furgoneta montó su primera cocina sobre el terreno. En ella cocinaba, emplataba y repartía lo cocinado en el espacio de una organización sueca, Hope Project, que repartía ropa. “Fueron mis primeros tiempos, ya quedan lejos. Vine sin saber siquiera inglés pero con una idea fija: dar de comer”, sostiene con su sempiterna sonrisa mientras enciende otro cigarrillo. Poco a poco fue incrementando las raciones y hoy son ya 800 las que reparte. “Comida y ropa son las necesidades básicas de estas personas. La comida en el campo es insuficiente, no llega. Además, lo hace en pésimas condiciones y no se adapta para nada ni a su gusto ni a sus necesidades. Igual da que sea un chaval de veinte años que una mujer embarazada que un diabético o cualquier otro enfermo que exija una dieta especial… Aquí nada importa. No son tratados como personas”.

Para remarcar sus últimas palabras recuerda una vivencia personal: “Hace algún tiempo se encontró flotando en el agua un cadáver. Se llamó a la policía para que vinieran a recogerlo. Ésta lo primero que quiso saber era si se trataba de un blanco o un negro. Al responder que parecía un negro la respuesta fue inmediata: déjenlo que se hunda”. La muerte también distingue entre colores.

En Lesbos, además del campamento de Moria existen otros dos mucho más pequeños y mejor organizados: Kara Tepe y Pipka. Ambos reservados para familias y/o personas con reconocida vulnerabilidad. Julio comenzó a dar comidas en el primero. Con la ayuda de unos voluntarios repartía cupones que entregaban a las familias y se cambiaban por comida. Pero la picaresca pronto hizo aparición a pesar de ese intento de control con los cupones. Lejos de desanimarse, siguió adelante buscando nuevas y mejores formas de reparto. “Me metía en el campo enseñando a los guardias un papel en español. Se volvían locos buscando en el registro dicha autorización -recuerda entre risas- y no tenían más remedio que dejarme pasar. Terminaron dándose cuenta del engaño cuando ya me había hecho con ellos. Y ya entraba como si fuera mi casa”.

Hace algún tiempo se asoció a una familia griega, Nikos y Katerina. Una pareja de pequeños empresarios con más solidaridad que sangre en las venas. Tenían un restaurante y una pescadería en Mitilini. Cuando comenzaron a llegar los y las refugiadas, el hambre pintado en el rostro, la luz apagada de unos ojos perdidos les decidió a dar un cambio de rumbo a su negocio: era urgente dar de comer a quien nada tiene. Y comenzaron a preparar comida y sentar a sus antaño concurridas mesas a refugiados en busca de un plato caliente y decente. En el restaurante de Nikos y Katerina los platos que se consumen no tienen precio. En una caja situada a la entrada del restaurante cada cual echará lo que crea justo y pueda pagar. Muchos no pueden. Para ellos se creó este primer y único restaurante de comida solidaria. El espacio en el que está instalado es un remanso de paz, una inmensa vista de la bahía completa la dignidad de los platos que se sirven.

Pronto se entendió el Botarga con ellos y la asociación no tardó en llegar. Entretanto, en su Movil Kitchen, Julio había comenzado a hacer pan y creó una panadería cuya fama pronto se extendió. Tras un pequeño paréntesis en el que la arbitrariedad de una burocracia enquistada obligó a cerrar, pronto volverá a su pleno rendimiento.

Actualmente, Nikos y Katerina y El Botarga son los únicos que pueden entrar en el campo legalmente. Como organización griega, el limbo administrativo en el que navegan las foráneas no les afecta. Una situación de total legalidad administrativa, en este reino de la arbitrariedad, protege y asegura el trabajo humanitario ininterrumpido.

“Llevamos comida a los sectores 2 y 3 del campo, los que ocupan los menores no acompañados. También a las mujeres con hijos y a los enfermos”. Julio asegura que el siguiente paso ha de ser el conseguir hacer una comida adaptada a las necesidades de cada grupo. Las 1.200 calorías aconsejada por la OMS son solo un referente. Es evidente que un chaval de 20 años necesita más calorías que un niño de cinco. Y una persona diabética no puede comer lo mismo que una no diabética. Y luego están las mujeres embarazadas o lactantes. Es necesario garantizar una alimentación equilibrada y ajustada a cada cual. Es muy difícil porque aquí el control, el registro de datos o las fichas médicas no están para asegurar el cumplimiento de los mínimos requisitos de salud firmados por todo el mundo”. La inexistencia de mecanismos de control de los fondos de la Unión Europea que entran en la isla provoca que lleguen a los campos sumamente mermados, con las consecuencias que -no nos cansaremos de repetir y denunciar- para las personas refugiadas tiene.

El llamamiento a la solidaridad de la ciudadanía europea se torna imprescindible. Supone el único alivio para estas personas desesperadas, ignoradas, desposeídas de los más elementales derechos. Contenedores de ropa, de alimento no perecedero, de productos de higiene… llegan desde distintos países. También desde España. “Pero, además -una rápida sombra nubla por un instante la mirada siempre alegre de este nuevo Quijote infatigable-, hay que pagar el contenedor. Seur lo lleva gratis desde cualquier punto de España al puerto de Valencia pero desde allí tenemos que hacemos cargo de los costes. Y cada contenedor cuesta entre 3.000 y 4.000 euros”. Y para poder hacerlo, Movil Kitchen que se transforma en España en Acción Directa Sierra Norte, consciente del desprestigio que las grandes organizaciones han traído al mundo de la cooperación, dedica todos sus esfuerzos, inventos, estrategias… para sacar ese dinero que le permitirá llevar un poco de alivio a todas las personas que malviven en esta isla- cárcel. Desde un concierto a un café solidario, una comida en una fiesta de pueblo… Cualquier evento sirve para obtener los fondos de los que carecen.

Y es que también, además de lentejas, arroz o pasta, son necesarios alimentos frescos, que no se pueden traer desde España. Verduras, frutas, huevos, carne o pescado hay que comprarlos. “Todo eso cuesta mucho dinero. Esta gente se lo merece todo, pero si no llegan fondos no podemos trabajar” Y un grito sordo de ayuda queda entre sus labios.

“Nosotros somos voluntarios” –recalca-. Y deja clara la diferencia entre voluntario y cooperante. “Voluntaria es la persona que hace algo por los demás sin obtener nada a cambio salvo el placer y la satisfacción de la entrega a los demás, del trabajo en sí mismo. Cooperantes son quienes reciben remuneración por su trabajo”.

Mundo de idealistas por cuyas venas corre la solidaridad. Gentes que, a pesar del horror de estos nuevos campos de concentración, no pierden la sonrisa. Aunque a veces tengan que esconderse para llorar mientras su mirada queda suspendida en un horizonte de luz que anhelan que algún día pertenezca a todo el género humano.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.