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Samos: de la solidaridad al disparo


Isla de Lesbos (Grecia), 11/01 / 2019.- Los refugiados abordan un vehículo militar fuera del punto de acceso en Moria, isla de Lesbos, Grecia, el 01 de noviembre de 2019, para ser transferidos por barcos de la marina a Grecia continental. Más de 1,000 solicitantes de asilo serán transferidos de las islas del Egeo NE al continente en los próximos tres días. Según fuentes que hablan con la Agencia de Noticias Atenas-Macedonia, todos los refugiados serán distribuidos de manera uniforme en la Grecia continental. Dos barcos de la armada que transportan a 800 personas desde Lesbos llegarán al puerto de Elefsina el 2 de noviembre, mientras que otros 100 serán transferidos desde Samos al puerto del Pireo el 3 de noviembre y otros 130 solicitantes de asilo llegarán al Pireo los próximos días desde las islas Chios, Kos y Leros. . (Grecia, Atenas, Pireo) BALASKAS EFE / EPA / STRATIS Isla de Lesbos (Grecia), 11/01 / 2019.- Los refugiados abordan un vehículo militar fuera del punto de acceso en Moria, isla de Lesbos, Grecia, el 01 de noviembre de 2019, para ser transferidos por barcos de la marina a Grecia continental. Más de 1,000 solicitantes de asilo serán transferidos de las islas del Egeo NE al continente en los próximos tres días. Según fuentes que hablan con la Agencia de Noticias Atenas-Macedonia, todos los refugiados serán distribuidos de manera uniforme en la Grecia continental. Dos barcos de la armada que transportan a 800 personas desde Lesbos llegarán al puerto de Elefsina el 2 de noviembre, mientras que otros 100 serán transferidos desde Samos al puerto del Pireo el 3 de noviembre y otros 130 solicitantes de asilo llegarán al Pireo los próximos días desde las islas Chios, Kos y Leros. . (Grecia, Atenas, Pireo) BALASKAS EFE / EPA / STRATIS

Se extienden hacia el infinito. El horizonte se pierde tras una auténtica maraña de tiendas rotas, basura, fuegos en los que cocinar, plásticos, barro. Nada que no se repita en otros campos. Son miles y miles de tiendas, cuyo final no se vislumbra, ocupando las laderas de la pequeña isla de Samos. Cercado por aguas fecales, aproximarse al entorno del campo es llegar a la entrada del infierno. Otro infierno más autorizado por Europa, cuyo mantenimiento paga pero que ni controla ni inspecciona.

Con capacidad para 600 personas, hoy son más de seis mil. En octubre llegaron 1.356 más en 43 barcos. Un imparable éxodo como testimonio de la cada vez mayor distancia entre países ricos y en paz y países pobres y en guerra. Los primeros, cada vez menos. Los segundos, cada vez más.

No cabe un alma más y la ciudad empieza a ver en las calles y plazas próximas al puerto mantas y cartones en el suelo. No quieren ir al campo, es preferible estar afuera aunque el frío de la noche no les deje dormir. “Nuestros hijos están en Líbano -dicen unos palestinos que han optado por ello mientras, orgullosos, muestran sus fotos-. Nosotros solo queremos salir de aquí pero no nos dejan. Venimos de Gaza. Allí no se puede vivir. Queremos ir a Holanda pero no sabemos cómo salir de aquí. Nuestros hijos nos esperan”. Las palabras salen entrecortadas de las gargantas de unos palestinos que, al ver una kufiya en el cuello de la que esto escribe, le invitan a compartir su manta. “Tenemos dinero –lo muestran sacándolo del bolsillo-, podemos pagar nuestro viaje. ¿Por qué no nos dejan? En Gaza hay guerra, nos pueden matar. No queremos que nuestros hijos mueran”. Preguntas cuya respuesta queda en el aire, porque ante la injusticia y la sinrazón no hay respuesta humana que ofrecer.

Un poco más lejos, sobre otra manta, una familia con niños de corta edad se dispone a cenar. Son cortos ya los días y, aunque el suelo sea duro, hay que intentar descansar. Se oyen toses continuas. La mayor parte de los y las niñas tienen bronquitis que en poco tiempo se transforma casi siempre en neumonía. Solo hay un médico para todo el campo. Es imposible atenderlos. Médicos sin Fronteras tiene un psicólogo, pero es uno para más de seis mil. Hace unos días –nos cuenta Anne, una voluntaria de Refugees for Refugees- una familia llevó a su hija al médico. Tenía varicela. Les dijo que no le diera el aire, que la tuvieran en casa, arropada… y la envío de vuelta al campo, a su tienda, por la que el aire y el frío de la noche es lo menos malo que puede pasar. Aquí nadie se preocupa de nada. Da igual que sea un niño, un enfermo, una mujer embarazada… “Los niños tienen muchas veces muchos problemas, han vivido experiencias muy duras, muy malas para cualquiera, imagina para ellos. Pues no hay ni un psicólogo infantil. En Samos hay un solo semáforo y un solo médico” -ironiza una voluntaria de Armonía-.

Tienen miedo. Miedo siempre pegado a la piel, como una segunda piel. Miedo en la voz, miedo en la mirada espantada como la de este niño, no más de 15 ó 16 años que pide ayuda desesperadamente porque acaban de dispararle un tiro en la mano. Sólo habla árabe. Es kurdo. Acaba de llegar a Samos huyendo de una guerra ante la que se levanta el silencio. Dos condiciones impuestas por Erdogan para no abrir las puertas de las personas refugiadas pueden explicar el silencio cómplice de Europa: no condenar el exterminio desatado contra el Kurdistan y entregar otros 3.000 millones. Europa calla. “Me ha disparado cuando salía del campo. Ha sido un griego” trata de explicar traduciendo por el móvil. Tiembla. “He ido a la policía pero me ha dicho que busque un traductor. No conozco a nadie. No me han hecho caso, solo me han curado” -cuenta enseñando su mano vendada y una radiografía-. La impotencia, la rabia, el dolor compartido… empañan estas letras.

Siempre miedo. Miedo a las ratas que por la noche se envalentonan y pasean por entre las tiendas, miedo a ir a las letrinas. Cualquiera persona puede ser violada y, para no tener que salir de la tienda, lo mejor es dormir con pañales. Miedo al hambre… Mejor vivir afuera. Pero no durarán mucho, la policía, al acecho para evitar esa visión que quizás estremeciera a alguien, pronto les echará y llevará al campo. No hay escapatoria cuando el refugio se convierte en cárcel.

El Gobierno tiene previsto desplazar en los próximos dos meses a 10.000 personas en un intento inútil de descongestionar las islas egeas. Hace un par de semanas llevaron a 1.500 de esta pequeña isla de Samos a Atenas, pero en menos de una semana la cifra de los llegados ha superado a la de los que desalojaron. La pregunta no se hace esperar: ¿Qué pasará en Atenas, donde han desmantelado los squads y las calles revientan de gente? Los campos atenienses están tan hacinados como los de las islas…

Son solo cifras. Tras cada una de ellas se esconde el drama de un ser humano. Seres humanos que seguirán llegando sin mirar el cómo ni el dónde. Cuando se ha tomado la decisión de escapar, dejando atrás raíces, familia, trabajo… solo queda mirar hacia adelante. En tanto persista el hambre, la guerra, que azotan a poblaciones enteras, este ingente éxodo humano continuará imparable. Seguir pensando que basta con levantar barreras para que esto pare es tener un desconocimiento total del ser humano o una gran indiferencia. El mar Egeo se ha convertido en la muralla de estas islas griegas convertidas en infranqueables cárceles.

Mientras Europa siga ciega, la situación no cambiará. Trasladar de un lugar a otro a estas personas que persiguen una vida digna libre de amenazas y violencia sirve de muy poco.

Se oyen golpes de martillo sobre madera. Hay que darse prisa. Se anuncian lluvias que pueden provocar una catástrofe más. Hay que preparar las tiendas lo imprescindible para evitarlo. Aunque poner unas tablas bajo unas tiendas que se agarran al suelo con piedras no es fácil. Las noches son cada vez más frías y el frío y el agua, si llueve, entrarán por los rotos de la tienda. Unos plásticos sobre ellas quizás lo eviten un poco. Habrá que conformarse, porque otra cosa no hay.

Como en Moria, aquí la comida sigue unos patrones parecidos. Escasa, repetitiva, de mala calidad y en mal estado. Lo que no quita para que la empresa encargada del catering cobre los 8 euros por persona registrada aunque no llegue a hacer ni tres mil. Total, es fácil: no hay control alguno, por lo que basta con firmar el documento de entrega para justificar las más de 6.000 comidas diarias.

Las colas para recibirla son de varias horas, lo que, unido a la baja calidad, hace que muchos prefieran buscarla por otro lado. En las primeras horas del día y al atardecer se pueden ver hombres y niños -mujeres, menos- pescando en la orilla del puerto. Para ello utilizan un hilo largo de sedal que dejan caer en vertical. Y esperan que algo pique. Entonces será una gran fiesta. Entre tiendas encienden una pequeña fogata para cocinarlo. Cuidando que no salte cualquier chispa que podría provocar una tragedia. Si el fuego se avivara por cualquier causa o el viento cambiara de dirección, pronto podría extenderse por entre ese enjambre de plásticos y lonas, como ya ocurrió hace menos de un mes. El silencio se cierne sobre lo que ocurre en un campo de refugiados controlado por el ejército y vigilado por una policía que no sale de su espacio seguro. “No hubieron víctimas pero no hemos podido saber cuántas tiendas se quemaron. Igual pudieron haber sido siete que doscientas. El silencio es total y nadie informa de nada. La prensa calla” -sostiene una voluntaria-.

Los noventa euros que perciben mensualmente los dedican a comer. Prefieren comprar a comer lo que les dan. Antes, las relaciones con el pueblo eran buenas. Samos recibió a las primeras familias dándoles la bienvenida. Un lazo fraternal parecía unir a griegos y personas refugiadas. Ya no. Con una población autóctona en Bathy, la capital de Samos, de poco más de cinco mil personas, la llegada de más de seis mil ha quebrado las relaciones. Cada día hay más establecimientos en los que no les dejan entrar, más tiendas en las que no pueden comprar. Y el grito de “go home” resuena en la calle.

El campo original, el cercado, no da para más de seiscientas personas, pero se ha hecho el mayor de los esfuerzos para meter dos mil. Mil, dentro de tiendas de campaña. Otras mil, dentro de contenedores. Fuera, alrededor del campo cercado, se han ido instalando otras. No hay vallas que cierren el espacio y caben más. Más de 4.000 que, probablemente, sigan aumentando un poco más cada noche. Todo es cuestión de seguir apretujándose. Como calles, pegajoso barrizal. Como caminos de entrada al Jungle – espacio fuera del campo cercado-, escurridizos desniveles por los que corren aguas fecales. Apenas hay duchas ni letrinas. Es fácil pensar que cualquier animal vive en mejores condiciones. Pero son seres humanos. Seres desposeídos de la categoría de humanos.

Hace un par de semanas estalló lo que podría haber sido una tragedia. Una pelea entre dos chicos terminó con un incendio que arrasó oficialmente 7 tiendas “En realidad, no sabemos cuántas fueron. El descontrol y la desinformación son totales. Igual pudieron ser siete que setenta” afirma la coordinadora de Refugees for Refugees, pequeña ONG que reparte ropa y organiza actividades lúdicas con los más pequeños.

En el fragor de la pelea se arrojaron mutuamente dos infernillos encendidos. El fuego se extendió rápidamente. Milagrosamente, no hubo muertos. Cundió el pánico y mucha gente salió aterrorizada corriendo hacia el pueblo. Aquella noche el caos se adueñó de la ciudad. Las pequeñas organizaciones que trabajan en la isla abrieron sus puertas para que pudieran cobijarse. “Dos días de caos en los que nadie sabía qué hacer. Como castigo, no se repartió comida durante esos dos días. Todo fue un auténtico caos, una total confusión. Al tercer día la policía obligó a la gente a volver al campo aunque seguían teniendo mucho miedo. Pudo haber sido terrible”.

Hasta hace año y medio las ONG trabajaban dentro del campo. ONG pequeñas que, como moscas cojoneras o como periodistas, meten las narices donde no les llaman. Mejor sacarlas fuera. Y desde entonces tienen que buscarse la vida para llevar un poco de alivio a este ejército de resignados. En Samos hay alrededor de 10 organizaciones que suplen la labor de las instituciones. Crean espacios de convivencia, les enseñan inglés, griego. Alguna, informática. Yoga otras… Cada cual hace lo que puede y sabe. Alguna, como Armonía, reparte comida a mujeres y personas especialmente vulnerables.

La relación entre ellas es muy cordial, lo que favorece la coordinación y el apoyo mutuos. “No vienen muchos. Como no nos dejan entrar en el campo, la información tiene que pasar de boca a boca. Además, se pasan horas en cola para cualquier cosa, para recibir el desayuno, la comida o la cena, para recibir el agua –una botella al día-, para ducharse, para todo. La cosa más insignificante exige horas de espera. Eso dificulta mucho que puedan realizar cualquier actividad de forma continua” -afirma la coordinadora de Armonía, una de estas organizaciones que ha montado duchas en sus instalaciones-. “Apenas hay puntos de agua en el campo ni en el Jungle y no pueden lavar ni su ropa. Creamos una lavandería hace dos años -dice una de las coordinadoras de Samos Volunters-, pero son tantos que a cada uno de los que vienen les toca cada tres meses. Pero al menos saben que cuatro veces al año podrán lavar su ropa. Cada día lavamos 75 bolsas”.

Cae la noche. El cambio de hora ha acortado el periodo de luz. Es difícil comprender esta locura y las palabras quedan una vez más suspendidas en el silencio de la sinrazón. Es difícil digerir tanta inhumanidad en el siglo XXI. Tanta indiferencia hacia tantos miles de personas al límite de la propia vida. Es difícil, muy difícil, imaginarse a una misma viviendo en estas condiciones marcadas por la ausencia de futuro y la falta de esperanza. Duele en lo más hondo del alma tanta impotencia ante la contemplación de tanta injusticia.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.